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20/7/2016

 

Fue en la tesis doctoral “Arqueología del área huave” –de 1975–, del antropólogo Enrique Méndez Martínez (“Ingeniero Tepalcate”, me dicen que lo llamaron en Ixhuatán cuando llegó a explorar la zona), donde leí este fragmento que escribió el juchiteco Gilberto Orozco:

 

“Máándchi es un volcán apagado que se alza sobre las aguas de Tiléme, en la Laguna Superior de Santa Teresa. Dista de Juchitán 20 kilómetros al Sudeste.

 

“Mil años antes de la Conquista española se advirtió en esa laguna un fenómeno volcánico, de imponentes tumbos y truenos en medio de un vendaval, seguido de un aguacero copioso. Ese fenómeno causó enormes estragos.

 

“Todavía ahora, cuando se aproxima el periodo pluvial y se oyen tumbos y truenos que provienen del mar, se escucha una acostumbrada expresión juchiteca, repetida por tradición, que dice así: Mba cadchaa hrühi ünque guridchiaa Máándchi Tilémeca la; mba chi guiaaba niisa guie (ya se está llenando el cántaro al grito de ese Máándchi en Tiléme; ya va a llover).

 

“Máándchi quiere decir: ya es de día (viene de Má, ya, y Dchi, día). Por la gran iluminación nocturna que produjo aquella catástrofe la noche de la erupción del volcán, parecía que era de día y de ahí se formó la combinación Má dchi. Por eufonía se le intercaló una N para formar la palabra Máándchi.

 

“La palabra Tiléme se formó de: Ti, uno y Leeme, animal. Tiléme quiere, pues, decir: un animal, porque los zapotecos ancestrales creyeron que era un gran animal furioso el que vomitaba lumbre incontenible cuando Máándchi hizo erupción aquella noche, iluminando el cristal azuloso del lago, reflejando colores en el cielo y dejando ver un fantástico suceso.

 

“La lava formó al pie del volcán, dentro del mismo lago, un islote que en el tiempo de la Conquista española se llamó San Francisco. Este fue el último recinto sagrado en que los indios zapotecos celebraban su culto subrepticiamente, para escapar de la vigilancia hispana. Fueron descubiertos por un fervoroso sacerdote que les arrebató sus dioses y les dio para que adoraran, en cambio, un santo que llamaron San Francisco del Mar y que todavía es el Patrón del lugar.

 

“Quinientos años después de la erupción, el islote fue poblado por los huaves que vinieron de Nicaragua”.

 

No recuerdo haber leído los dos últimos párrafos en aquellos años 80, sino hasta apenas la semana pasada, cuando un amigo campesino de Ixhuatán puso en mis manos “Tradiciones y leyendas del Istmo de Tehuantepec”, de Orozco, publicada por primera vez en la Revista Musical Mexicana en 1946 y que, por muchos años, anduve tras su caza infructuosamente. Fue, pues, la casualidad –esa gran alcahueta de la vida– la que me dio la oportunidad de tener en mis manos las 239 páginas fotocopiadas del libro, producto de la edición de 1993, hecha por parientes del autor.

 

El  texto de Orozco repercutió en mí, ya que comprendí por qué en casa, cada vez que se oían lejanos los retumbos que anteceden a la lluvia, mi madre decía: “Ya se está llenando el cántaro”. Engarzarlo con la lectura de un libro fundamental de nuestra cultura, “Los hombres que dispersó la danza”, de Andrés Henestrosa, fue el siguiente paso, que con el tiempo habría de acompañar de la lectura de otro autor nuestro, espinaleño para mejor señas: Wilfrido C. Cruz (1898-1948).

 

En efecto, lo que Orozco me sugirió en su texto me recordó a Cruz y lo enlacé con  la primera leyenda del libro de Henestrosa, Vínih-Gundáh-Záa –que le da título–, en donde se lee: “Todos lo saben. Los niños cantan danzando, unidos en corro, con la cabeza caída y las manos anudadas atrás, un canto triste, doloroso; todo esto, casi siempre, a la orilla de la noche”.

 

Vijaja, vijaja ¡auh!

Siaba nisha, siaba guiéh,

Siaba nánda, siaba yúh;

Vijaja, vijaja ¡auh!

Máh chéh, guiráh,

Guixhi-layúh.

 

La traducción de ese canto en zapoteco Henestrosa la hizo así:

 

Coladera, coladera, ¡auh!

caerá agua, caerá piedras,

caerá frío, caerá tierra;

coladera, coladera, ¡auh!

— Ya se va, todo,

el pueblo de la tierra.

 

Henestrosa termina la leyenda –en la edición de 1929, porque a lo largo de su vida introducirá cambios– con estos últimos cuatro párrafos:

 

“Para que sea más recta la afirmación de que los viniguláaza, se dispersaron después de oír música y danzar, obsérvese esta verdad.

 

“En los matrimonios bajos, en los de la sangre metida plenamente en el alma de ayer, hay un momento en que la alegría sube a su parte más alta; ahí se toca una música sencilla, triste, y la novia, danza con el novio y recoge en el centro de la enramada, en una jícara de colores, por regla, seis centavos. Medio-Xhigah, decimos.

 

“Y todos toman un trasto y esperan, para romperlo, que la alegría se haga casi dolor; y es signo de que al separarse los desposados de la casa paterna, concluye, da una vuelta exacta, una línea de vida; y equivale a decir: Adiós.

 

“Tal es la leyenda de los viniguláaza”.

 

No es todo. Cruz –a quien Henestrosa, muy a su pesar, estará indisolublemente unido– en 1935 publicó su libro “El tonalámatl zapoteco”. En él aparece un ensayo titulado “Los Binigulaza”. En una parte de él leemos: “No sé en qué lugar del Istmo de Tehuantepec escuché de niño alguna vez, este fúnebre canto zapoteca, que un grupo de muchachos entonaba con sus manos enlazadas, en ruedo, al mismo tiempo que danzaban:

 

Pompo, capompo ¡aúh!

Siaba niza, siaba guié

Siaba nanda, siaba yú

Binigulaza mbá ché

Pompo capompo ¡aúh!

 

La traducción que hizo Cruz del canto fue esta: “El triste ruido del tambor anuncia que caerán de los cielos, agua, piedras, nieve y tierra. Los Binigulaza se van!”.

 

Ahí mismo, al referirse Cruz a la desaparición de los binnigula´sa´, escribió: “Lo más probable es que la desaparición de los Binigulaza se relacione con alguno de esos cataclismos que los nahoas llamaron soles. Atonatiuh, Ehecatonatiuh, Tletanotiuh, sol de agua, de aire y de fuego, respectivamente, (El Tlatonatiuh, o sol de tierra parece no haber sido catastrófico)”.

 

Quede para próxima ocasión, lector, no solo las vicisitudes del vocablo binnigula’sa, sino la acusación de plagiario que Cruz le endilgó a Henestrosa en 1935, al publicar su libro. En efecto, al pie de su ensayo citado, Cruz escribió: “Esta tradición fue leída por su autor en sesión solemne celebrada en 16 de octubre de 1926 en la ciudad de Oaxaca de Juárez […] Años después el señor Andrés Henestrosa, en su libro “Los hombres que dispersó la danza” bordó sobre ella su trabajo literario, transcribiéndola casi toda literalmente sin hacer referencia al autor”.

 

Ah, también tengo algo más de Orozco que estoy cierto le sorprenderá y gustará sobremanera. Vale.

Binnigula'sa'

Juan Henestroza Zárate

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