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27/7/2016

 

En el año 2007, en su libro “El pensamiento de los binnigula’sa’: cosmovisión, religión y calendario con especial referencia a los binnizá”, Víctor de la Cruz –en relación al reclamo de plagiario que lanzó  Cruz a Henestrosa– apuntó: “Acorralado por el debate periodístico que se suscitó después de la publicación de dicho reclamo en el Tonalámatl zapoteco, Henestrosa contestó a partir de la segunda edición de su libro, hecha por la Imprenta Universitaria en 1945, agregando una nota aclaratoria donde reconocía el error y de paso hizo una confesión –que solo he conocido a partir de la edición de la obra que hizo la UNAM en 1960–, la cual es clave para el aprovechamiento de su obra  en el estudio de la cosmogonía de los binnigula’sa’” (p. 43).

 

En realidad, Henestrosa estuvo siempre atento a las críticas a su libro de 1929 y respondió a todas aquellas que consideró debía hacerlo. Así lo hizo con el poeta Bernardo Ortiz de Montellano y el escritor Ermilo Abreu Gómez. Al público istmeño que lo criticó también se dirigió a través del periódico Neza, que comenzó a editarse en junio de 1935 y donde él, como bien lo dijo, puso las manos. Pues ahí, en el número 1, entre otras cosas, escribió:

 

“Dos índoles de censuras mereció de los paisanos ‘Los hombres que dispersó la Danza’, libro escrito con una gran intención de claridad, pero que tuvo veladuras no obstante que lo dictó el amor, la primera, que su contenido era irreal. Y cuando supieron que la censura me halagaba, inventaron que era real. Sólo esto último equivale a una censura, porque la dictó un sentimiento de bajo precio. Ni lo uno ni lo otro es estrictamente exacto. La más exaltada fantasía tiene los pies sobre una realidad, por modesta que ella sea. El hombre no imagina sino lo que alguna vez podrá ser cierto. Yo recogí nos cuantos datos. Y con ellos, y un poco de fantasía, y un poco de inteligencia, y otro poco de lecturas, y un muchísimo amor a la tierra que prestó la arcilla con que fui hecho, traté, trabajé, y sufrí   por darles unidad, y sigo sufriendo porque el libro salió de mis manos sin conseguirlo. Tenía, pues, condiciones difíciles de reunir: amor a la tradición, como queda dicho, conocimiento de la sabiduría elemental zapoteca. Y como conservo la sensibilidad indígena, no obstante mis lecturas occidentales; y como han entrado en mi formación los mismos elementos con que fueron construidos mis antepasados, el producto que rindió la tarea, contenía sabores y colores zapotecas. Cuando un juchiteco sin rivalidad, sin querella, ha leído u oído las leyendas, ha dicho: xandi: es verdad”.

 

En Neza número 9 de febrero de 1936, se publicó un texto titulado “De la tradición oral”, de Héctor Pérez Martínez. En él defiende a Henestrosa de los reclamos de Cruz. Por ello deduzco que el libro de Cruz había sido publicado a fines de 1935, quizá en diciembre. Me apoyo en la nota que aparece al pie del texto de Martínez que dice: “Héctor Pérez Martínez, el valioso y valiente ensayista, publicó en El Nacional, el sábado 29 de este mes –debe suponerse enero, apunto– un artículo en torno al ardido ataque de Wilfrido C. Cruz a Andrés Henestrosa. La tesis sostenida por el articulista es la única válida; coincide unánimemente con el sentir de los paisanos. Por tal motivo la S. N. E. J. (Sociedad Nueva de Estudiantes Juchitecos, anoto) acordó reproducirlo, no por tratarse del Director de Neza. El interés colectivo de que las cosas estén en su sitio, tiene para nosotros mayor valor que el individual. La Jefatura de Redacción”.

 

Defensa que Henestrosa, en alguna medida, llegó a deplorar más tarde en su nota a la edición de 1945, cuando apuntó: “[…] el artículo de Pérez Martínez ha venido a ser una arma de dos filos: ha dado lugar a que las leyendas aquí contenidas se vuelvan a referir como tomadas de la tradición oral, en un olvido de que en su forma actual son el producto de un largo, dramático, doloroso ejercicio literario. Los zapotecas no las dejaron así”.

 

Vemos, pues, que Henestrosa se enteró pronto de lo que el espinaleño dijo de él. Este texto suyo, publicado en el número 7 de Neza, diciembre de 1935, me lo confirma. Es una respuesta a la crítica que ahí mismo le endereza el juchiteco Herminio T. Matus. Escribió Henestrosa: “No me interesó cuando escribí mi libro la verdad histórica de la leyenda, sino su verdad poética. Me valí de todos los elementos que hallé a la mano los de Wilfrido C. Cruz, entre otros cuya leyenda Binigulaza, le oí una noche en su casa de Mesones; la leyenda escrita la conocí después de escrita la mía sin emoción ni criterio erudito, sino como antecedentes para elaborar la interpretación personal, hija de mi fantasía: vini-gundáh-záh: hombres a quienes dispersó la danza. Lo demás queda perfectamente explicado, desenvuelto, en el prólogo de la edición que próximamente se hará en Santiago de Chile. Por ahora eso es todo”.

 

Desconozco del paradero de dicha edición chilena –si la hubo–, pero en la nota –que no prólogo– de 1945 Henestrosa terminó de enderezar el entuerto de este modo: “Debo una explicación a Wilfrido C. Cruz, quien, junto con Esteban Maqueo Castellanos, es mi antecesor en este afán de dar categoría literaria a la tradición oral zapoteca. Mi versión de los Binigulaza debe a Cruz su inspiración. A él oí, cinco años antes de que escribiera este libro un trabajo en torno al mismo tema. Por eso, y porque de todos los mitos zapotecas éste es el que mayor unidad conserva y el más extendido, mi versión tiene una gran semejanza con la que le oí”.

 

No fue, pues, en la ciudad de Oaxaca en 1926, como dijo Cruz (quien con su texto Binigulaza ganó el primer lugar en un concurso de leyendas), sino en la Ciudad de México cuando Henestrosa –llegado allí el 28 de diciembre de 1922– se impuso devorar libros en lengua castellana por cinco años (1923-1927), y asistía a cuantos eventos culturales había en la ciudad (véase “Henestrosa, nombre y renombre”, de Adán Cruz Bencomo, 2001). Ello, pues, pudo ser en 1923 o 1924, bien se considere que Henestrosa terminó de escribir su libro en 1928 o 1929. A eso se refirió De la Cruz cuando dijo que Henestrosa hizo una confesión. Por otra parte, Henestrosa escribió que conoció Oaxaca hasta 1935. No así a sus escritores y poetas.

 

Llama mi atención que Cruz, una vez publicó su reclamo, nunca más se ocupó del asunto ni mucho menos aclaró si hubo la charla en la calle de Mesones. Tiempo tuvo; espacios en dónde hacerlo, también; ni se diga poder, ya que, al igual que Henestrosa, fue político al servicio del gobierno de aquel tiempo. O quizá por eso mismo. El caso es que cada uno de estos binnigula’sa’ hizo su propio camino, aunque Henestrosa, en 1945, tomó otro préstamo de Cruz para aderezar su leyenda titulada “Confusión”, la cual integró a su libro partir de la segunda edición de ese año. En ella, por cierto, introduce el nombre de Ixhuatán por primera vez, y lo volvió a hacer hasta 1997.

 

En esta segunda vez Henestrosa no ignoró al espinaleño, sino, por el contrario, hizo mucho énfasis en él –cierto que con dosis de ambivalencia– al  escribir: “Han sido muchos los que han trabajado sobre el folklor zapoteca, apoyándose en los relatos de los cronistas […] Entre éstos me place señalar a Esteban Maqueo Castellanos, hijo adoptivo del Istmo, y a Wilfrido C. Cruz, zapoteca de la mejor cepa. Y como siempre se tiene antecesores, éstos son los míos. Yo lo soy de otros… Palabras suyas, palabras de todos los historiadores  y de todos los otros libros que yo haya leído, se encuentran en este libro. Quien pueda, que las advierta. Yo no las indico porque, como ya lo dije, trabajé esta porción de mi cultura nativa sin emoción erudita. Pero esta bueno decir desde luego, para que los maliciosos estén en paz, que tanto el relato de los Binigundazaa, como este de la Confusión, han sido narrados –este último solo en cierto modo- antes por Wilfrido C. Cruz en su leyenda Binigulaza”.

 

Llamó mi atención la enorme similitud que tienen entre sí ambos textos  que los dos autores reconocen. Y, si bien el texto largo y salpicado de conocimientos diversos de Cruz a ratos cansa, no deja de interesar. Las veces que lo he leído pienso que, si su autor hubiera sido poeta, lo hubiese depurado y hecho con él un texto parecido al de Henestrosa, este sí un poeta. También me pregunto: ¿era tan prodigiosa la memoria de Henestrosa que bastó con oír a Cruz una sola vez para escribir su leyenda cinco años después? ¿O es que el texto de Cruz fue impreso por la institución que lo premió en 1926 y de ese modo llegó a manos de Henestrosa? Este dijo que se animó a escribir su libro cuando en 1925 leyó “La tierra del faisán y el venado”, de Antonio Mediz Bolio, quien la publicó en 1922, año en que él llegó a la Ciudad de México. Dijo más: que lo hizo aleccionado por el prólogo que al libro escribió Alfonso Reyes.

 

Desconozco si Henestrosa ignoró que los maliciosos no conocen la paz, que a él debía importarle menos que la suya. ¿La habrá alcanzado? Si nos guiamos por la última edición de su libro, la de 1997, a la que  tituló “definitiva”, parece que sí. Y, si no, por lo menos olvidó. ¿Por qué lo digo? Porque en él ya no aparece la extensa nota que le hizo a la leyenda que tituló Binigundaza para corregir su omisión a Cruz. No en balde Henestrosa sobrevivió a Cruz por cincuenta años.

 

Ni modo, lector, lo prometido ayer no lo cumplí hoy, y espero me comprendan y disculpen. En mi descargo diré que en achaques zapotecas hay mucha tela de dónde cortar. Vale.

Binnigula'sa' [II]

Juan Henestroza Zárate

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