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Generalmente, las personas adultas suelen llamarlos traviesos: "Ya se va a componer cuando sea grande", "Es propio de su edad", y así una serie de calificativos a las actitudes irracionales en algunos menores.

 

No soy médico, por lo que no pretendo entrar en el análisis clínico y psicológico del comportamiento de los menores con estas actitudes. Te hablo desde la perspectiva de padre. Tengo un niño así, quien hoy tiene 13 años de edad.

 

Rafael, desde que empezó a caminar, en su primer año de vida, me daba muestra de su energía incansable, capaz de solo dormir tres o cuatro horas en el día y no disminuir su actividad; tenía escasos 2 años cuando, mientras yo reposaba en el sofá, tomó mis lentes y, con una de las patitas de mis anteojos, perforó el tímpano de mi oído del lado derecho.

 

Estas y otras actitudes me llamaban la atención: su poco afecto a las reglas, su escasa capacidad para hablar, que iban en discordancia con su capacidad física. Fue así como, a los casi 4 años de su vida, llegamos por primera vez con una neuropediatra, la doctora Minerva, con la recomendación de un amigo.

 

La doctora lo valoró y nos invitó a hacerle una prueba que consistía en ver las frecuencias eléctricas de su cerebro, estudio para lo cual debería pasar un día sin dormir. Para Rafael no fue eso un castigo, y sin problema llegamos ese día. Lo acostaron en un sillón y le colocaron una especie de casco; el resultado fue que en nuestra vida estaba un niño con TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad).

 

Ante tal situación, de inmediato vinieron las recomendaciones, actividades manuales, deportivas, entre otras cosas, así como aplicaciones más estrictas de las reglas en casa. Aún no pasábamos de entender el TDAH cuando, unos meses después, la doctora dijo que al trastorno había que agregarle impulsividad, problemas de lenguaje, y, posteriormente, el ortopedista incluyó un problema de los huesos de sus pies.

 

Entonces empezó la aventura con Rafael, en la cual hemos ido todos sus familiares descubriendo cosas que puede hacer y sufriendo otras; por ejemplo, hasta que Rafael cumplió los 8 años, era imposible salir con él a un restaurant o ir al cine: tiraba todo lo que había sobre la mesa, se salía corriendo, se atravesaba en la calle a los carros, en fin, una vigilancia constante.

En esa edad maravillosa también descubrimos que nuestros miedos eran mayores, su limitante más grande en esos años maravillosos. Rafael empezó a practicar entonces tae kwon do, llegó a ser cinta verde, practicó a aikido y natación, aprendió a nadar, algo que yo de plano nunca pude hacer.

 

Nos llamaba la atención que nunca tenía un amigo en la escuela. Era doloroso, y, sin embargo, en sus actividades extraescolares tenía mucha gente que lo apreciaba y que lo amaba sin conocerlo a fondo.

 

Cuando fue al kínder descubrió la plastilina, y, vaya sorpresa, su padre, un fraude para el dibujo y las manualidades, tenía a su hijo con un talento inimaginable. Todavía nos hemos encontrado a sus maestras de esa época, y le dicen: “Rafael, nadie te ha superado con las figuras de plastilina en la escuela”. Él solo permanece serio, sigue siendo poco expresivo.

 

En ese tiempo como hasta hoy, Rafael siempre ha tomado una pastilla para poder relajarse y concentrarse en el día, algo a lo que, en un momento, me opuse pensando en los problemas que le podía ocasionar a futuro, y sin embargo, sé que es necesario, razón por la que hay que practicarle por lo menos una vez al año estudios de sangre y del hígado.

 

Rafael fue creciendo, se controla un poco más; sin embargo, sigue siendo explosivo, depresivo e hiperactivo; dejó el tae kwon do y la natación, entró a clases de pintura y, después, ingresó a una escuela de atletismo, llegó a correr distancias de hasta 10 kilómetros, algunas veces esta última actividad la hicimos juntos.

 

Actualmente, está en primer año de secundaria, asiste a clases de inglés en la Unach, y la lucha sigue. Tiene pocos amigos en la escuela, pero más fuera de ella. Es una persona sumamente sensible, que utiliza palabras muy correctas, casi impropias de los niños de su edad, y el reto sigue por delante. Por momentos, en este tiempo han dado ganas de tirar la toalla y salirse del constante tratamiento.

 

Pero nos detiene tanto, y es que, según lo que hemos leído y lo que hemos hablado con neuropediatras y psicólogos, estos niños sin un tratamiento integral generalmente son susceptibles de caer en las drogas o practicar actos delincuenciales.

 

Por ello seguimos aquí, buscando muchas veces información nueva o medicamentos menos agresivos; incluso, hoy en día, la Unicach está haciendo estudios nuevos a su comportamiento cerebral como parte de un proyecto estudiantil.

 

Tiene 13 años, y su biografía es tan amplia, pero, sobre todo, me llama mucho la sensibilidad y empatía con los adultos mayores y niños, extraños muchas veces, con quienes no le unen lazos familiares, a quienes abraza sin razón alguna.

 

Sobre esto, quisiera cerrar mi catarsis con una anécdota que me dejó muy marcado: Rafael tenía 7 años, y sobre la cuadra donde vivimos habitaba una señora de por lo menos 70 años que todos los días permanecía sentada en la puerta de su casa. Todos los días, Rafael pasaba, la saludaba y le decía: "Adiós, señora", hasta que un día se paró, la abrazo, y le dijo: “Ya no estés triste. Ya vas a descansar”. Le dio otro abrazo y nos fuimos a casa. Una semana después, la señora falleció.

Mi hijo me sorprende cada día. Su límite, estoy seguro, será su creatividad incansable.

 

Te amo, Rafael.

Catorcena

Bersaín Hernández Castillejos

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