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Chimalapa

Manuel Eugenio Liljehult Pérez

28/10/2016

 

Tal parece que el futuro ya nos alcanzó. Se esperaba. No somos inmunes a la ambición desmedida de políticas impositivas.

 

Seguirá brillando la vida o vienen épocas de sombras como las que hemos vivido siempre a causa de nuestra ceguera, de no saber que la magia se acabará totalmente. Esta ceguera progresiva de una región que nunca alcanzó a ver la realidad de la destrucción que nosotros mismos iniciamos: la contaminación y destrucción de nuestro entorno ecológico, donde creímos que iba a ser eterno.

 

Hoy el agua, esencia de la vida por su distribución municipal y particular, tiene un valor monetario para consumo humano y uso domestico. Hay que dar gracias a la conservación todavía del río Ostuta, que le ha dado vida a varias poblaciones de la región del Istmo en los rubros de la pesca, agricultura y ganadería.

 

Predomina la carencia de conciencia virtualmente ajena a nuestra cultura, con una modernidad que es más fuerte y dañina que nuestro pasado. Cada vez que regresábamos a nuestro pueblo lo hacíamos para encontrarnos y revivir y alimentar nuestro espíritu avasallado por la tortura de las grandes urbes contaminadas y agitadas, donde tal sacrificio tenía un alto precio por pagar.

 

No soy un depredador de la moral ni del buen juicio, animado a pretender hacer conciencias, solo pretendo el razonamiento de vivir en paz con el entorno que adquirimos y nos fue legado y del cual emanamos, pero no contradiciendo las leyes naturales que nos rigen, independiente de nuestros credos.

 

Hoy se está viendo amenazado este paraíso regional lleno de cultura y se encuentra vulnerable ante el poder político y económico por el exterminio de las pocas reservas de áreas naturales protegidas al sustentar en el poder del dinero más que de la vida. Estos pueblos que han conservado sus tradiciones hoy tienen una prueba más para su conservación cultural.

 

Hay concesiones lucrativas para que empresas transnacionales exploten la minería en la región de Los Chimalapas, un pueblo que tiene conciencia de su historia y que sabe que estamos asentados sobre una riqueza ambicionada. Tarde o temprano alguien trataría de explotar estos recursos con las consecuencias obvias en el medio ambiente. Entre  las superficies concesionadas se encuentra el nacimiento de los ríos Ostuta, Zanatepec y Novillero, que corren grave peligro para la economía local.

 

El río Ostuta nace en las faldas de la Sierra Atravesada en Los Chimalapas, en el Cerro Picacho Prieto, cerca de la Congregación de San Miguel Chimalapa, conocido como La Cristalina, también denominado 5 de Noviembre. Este importante río desemboca en la Laguna Inferior y pasa por los municipios de Zanatepec, Reforma de Pineda, San Francisco Ixhuatán y San Francisco del Mar.

 

Los Chimalapas se encuentran en el corazón del Istmo de Tehuantepec, al sureste de México, dentro de la porción oriente del estado de Oaxaca. Sus dos municipios, Santa María y San Miguel, abarcan 600 mil hectáreas, cuentan con una riqueza natural y la mayor diversidad biológica de México y Mesoamérica. El territorio es propiedad ancestral del pueblo indígena zoque, descendiente directo de la cultura olmeca. Este alberga gran cantidad especies de mamíferos, reptiles y anfibios, aves y mariposas, muchas de ellas endémicas que se verían afectadas ante el impacto ambiental que el problema implica.

 

Esta región es propiedad ancestral del pueblo indígena zoque chimalapa, descendiente de la cultura olmeca. Conformados por dos comunidades agrarias, Santa María (460 mil has) y San Miguel (134 mil has), Los Chimalapas durante siglos han desarrollado una valiente y tenaz lucha pacífica por la defensa de su territorio comunal y de sus invaluables bienes naturales comunes, mismos que durante más de medio siglo han sido invadidos y depredados de forma impune por talamontes y ganaderos provenientes principalmente desde el vecino estado de Chiapas.

 

Las montañas de Los Chimalapas también dan vida a la cuenca de los ríos Espíritu Santo, Niltepec y Tapanetepec, que alimentan la Laguna Superior, la Laguna Inferior y el mar muerto; desembocan al océano Pacífico y a la vez nutren los sistemas lagunares que mantienen gran cantidad de especies de flora y fauna acuática.

 

Algo muy importante: “Los diversos ecosistemas de Los Chimalapas, operan como reguladores del clima, de una importante porción del sur y sureste del país, y son una de las principales fuentes de oxígeno para nuestra atmósfera, por su alta capacidad de fotosíntesis. Estos ecosistemas, estabilizan la precipitación pluvial a lo largo del año y mantienen la humedad de la atmósfera, evitando sequías prolongadas a lo largo del Istmo de Tehuantepec”, explica un informe oficial para demostrar la importancia de la zona selvática.

 

“La minería a cielo abierto es una seria amenaza que enfrentamos los pueblos y comunidades indígenas en todo el país. Las consecuencias de este tipo de explotación de minerales implican una afectación muy grave para la supervivencia de los pueblos, a su medio ambiente, su cultura y, en general, a su modo de vida. En México, según datos de la Dirección General de Minas, se calcula que los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón concesionaron 52 millones de hectáreas a empresas mineras; esto equivale al 26 % del territorio nacional.

 

“Se piensa solo en sacar un mineral de un territorio sin advertir los costos ambientales, económicos, ecológicos, sociales y culturales. No se toma en cuenta el tiempo para que lo que se extrae se reproduzca ni se considera su agotamiento y el daño irreversible que genera al medio ambiente. No considera las consecuencias a largo plazo: concentra tierras, destruye territorios y expulsa a los pueblos. Sus intereses están por encima de los derechos humanos. Solo hasta que se haya talado el último árbol, contaminado el último mar y muerto el último pez, el hombre entenderá que el dinero no se puede comer.

“En el sistema capitalista y bajo su modelo extractivo minero, la minería es actualmente la actividad humana más insustentable y depredadora, de mayor impacto ambiental, territorial, social, político, económico, cultural y sobre los bienes comunes naturales. La extracción minera se convirtió en una actividad que concentra grandes extensiones de tierra y despoja de sus territorios a muchos pueblos originarios. A veces con consultas falsas o firmas inventadas cuando los comisariados se dejan comprar.

 

“Es importante hacer hincapié en la fase de producción está caracterizada por varios procesos como la dinamitación, la excavación de rocas, así como su transporte a molinos situados cerca de la mina para la trituración primaria. Usando mucha agua y productos químicos separan los minerales de la roca molida usando una técnica llamada flotación. La mezcla hace que los químicos atraigan los minerales deseados, los cuales flotan a la superficie y son recolectados. El resto se hunde en el fondo del túnel. Si es una mina de oro se usa una técnica llamada de lixiviación. Vierte un químico muy venenoso como el cianuro sobre los montones de mineral. El cianuro se pega al oro, lo que permite separarlo” (Comité Ixtepecano en Defensa de la Vida y el Territorio).

 

El lema de “vida sí, no a la minería” tiene un sustento idealista que emerge de una lucha y la diversidad de un todo que magnifica la unidad para crear una resistencia comunitaria para la sobrevivencia de nuestro entorno y la vida misma del ser humano. La explotación a cielo abierto implicaría además una desforestación a las principales fuentes de oxígeno para nuestra atmósfera por su alta capacidad de fotosíntesis.

 

Si esto se toma desde el punto de vista protagonista y de interes individual, el rumbo de nuestros pueblos estará sentenciado por la traición de quienes quieran sacar ventaja personal y negociar vendiendo la resistencia de quienes realmente se oponen a esta devastación ecológica.

 

Mi elogio para quienes ostentan el rumbo de esta resistencia que se traduzca en beneficio general. Con este escrito no pretendo aconsejar ni influir en decisiones ni mucho menos busco protagonismo, intento solo comentar desde mi perspectiva la destrucción no nada más de estas concesiones a futuro, sino la destrucción sistemática e irracional de que ha sido objeto nuestra nación y región del Istmo. Se ha venido haciendo advertencias de las consecuencias, y ya estamos pagando las consecuencias con playas y ríos contaminados con desechos no biodegradables.

 

Dentro de las obras municipales de nuestra región se requieren obras sanitarias como plantas de tratamientos de aguas residuales que eviten la contaminación de mantos acuíferos y ríos por desechos de uso humanos.

 

Sabemos que para esto los políticos no tienen recursos. Una población enferma es presa fácil por la vulnerabilidad en que se encuentra: servicios a cambio de votos o despensas, cuando nuestros pueblos deberían ser autosustentables en ese rubro primario, pero todo está planeado para controlar y mantener oprimidas las conciencias. El hambre y las religiones nos han quitado la esencia.

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