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19/5/2016

 

Afortunadamente llegó la penicilina en el año 1928 al mundo. A Ixhuatán arribó cuando más había casos de infecciones de picaduras de talajes o garrapatas, que con el tiempo y la falta de aseo personal esto se convirtió en un foco de infección que debió de haber llevado a la tumba a varios paisanos en el pueblo.

 

De este hecho en adelante, los paisanos trataban de solucionar diferentes problemas que se les presentaban. A unos se les ocurría invocar a espíritus del mas allá para lograrlo; otros, quizás más sabios, acudieron a la corteza de plantas, así como a sus hojas para ir descubriendo con el ensayo y error o acierto las posibles curas a padecimientos clínicos que se les atravesaban. De este hecho les puedo contar algunos remedios caseros que los Ixhuatecos iban descubriendo:

 

Para cicatrizar o lavar una herida estaba la cáscara de carbón de herrero; la hoja de alacrán hervida en agua de tiempo se usaba para desinflamar un golpe; para la diarrea usaron las hojitas tiernas de la guayaba; la sabia de la mora, para calmar fuertes dolores de muela, entre muchos otros remedios. Y no faltó algún curioso que se dio un machetazo en el pie, quien para calmar el torrente de sangre vertió sobre la herida una buena cantidad de café y se colocó sobre él un buen bonche de cabello. Así sucesivamente les puedo contar algunas cosas que los abuelos practicaron para solucionar imprevistos.

 

En el pueblo fue muy mentada aquella persona que perdía peso de repente y de pronto se ponía flaca. A este mal le llamaron dxiibiguidxa. En muchos casos lo asociaron con que el enfermo de este mal del siglo había tenido la fortuna de haberse topado de pronto con dos impropios haciendo el amor por ahí, y el susto que esta impresión causaba en el ser humano que tenía esa suerte era lo que le provocaba dxiibiguidxa.

 

Pero algo todavía más grande les traigo en esta narrativa. Un mal sorprendente, que a ver de muchos en estos tiempos se tirarían a carcajadas. Me refiero, ¡cómo no!, al padecimiento del siglo, mucho más grande que la dxiibiguidxa: sí, hablo de la enfermedad que presenta una persona por tener demasiado contacto sexual ya sea con su pareja o con varias.

 

–O de plano la mujer de este le salió muy caliente. ¡Mira cómo lo está secando –escuchaba decir a los vecinos o familiares del enfermo cuando lo llevaban a santiguar o al doctor.

 

Para sorpresa de muchos y agradecimiento de los familiares del enfermo, había una salida para curar a esta persona. Sí, no faltó curandera alguna o persona de mal cálculo que se atrevió a inventar un remedio para este padecimiento. Así es, amigos, se había descubierto nada más y nada menos que la cura también del siglo en Ixhuatán: se trataba de poner en un recipiente la clara y yema de doce huevos de gallina de rancho y pedirle al enfermizo que se sentara sobre estos por un tiempo; con ello, el ano del enfermo se encargaría se succionar aquella pócima que le devolvería la vitalidad al moribundo. ¡Vaya cura, señores! De seguro habrás escuchado sobre este tema aquí en nuestro bello Guidxiyaza.

¡Con doce huevos de gallina revive ese pobre!

Clemente Vargas Vásquez

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