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Cuentan los más viejos de los abuelos, los que fueron abuelos de nuestros abuelos, que cuando recién se hizo la tierra una mujer vieja dio su cuerpo para empezarla, y los hombres y mujeres fueron amarrados a ella por su cordón umbilical. Los dioses, contentos de que los hombres y mujeres tomaran iniciativa para hacer un lugar para todos, premiaron a los seres humanos por su trabajo.

 

El premio que dieron a los primeros hombres y mujeres fue que se iban a hacer inmortales. Pero esta inmortalidad no mero es que nunca dejaran de vivir, porque ellos ya de por sí sabían que el cuerpo no es permanente, sino que se acaba. Ya sabían que al nacer somos un pequeño cuerpo y con los años se hace de otra medida, pero que después se va desgastando hasta que ya no es posible vivir en el cuerpo.

 

Entonces, los hombres y mujeres, siguiendo el ejemplo de la primera abuela, ofrecen su cuerpo a la madre tierra para que se vuelva tierra también como ofrenda y como agradecimiento por haber dado de comer tantos años.

 

Entonces, cuentan los abuelos que los dioses no sabían cómo hacer la inmortalidad. Se rascaban la cabeza nomás y el pensamiento no venía su cabeza. Y mientras más hombres y mujeres estaban ofreciendo su cuerpo, que ya no era posible cargar.

 

–Ta bueno –dijo Xhunaxhido–, que tengan un ser profundo, que sea, el que siga viviendo.

 

–De acuerdo, de acuerdo –exclamó la asamblea.

 

Pero la asamblea no mero le puso nombre a esa vida permanente; entonces cada pueblo lo fue poniendo nombre. Así fue que a ese ser interior, el ser profundo, el yo interno, le pusieron como nombre alma; otros le llamaron psiqué; otros más le pusieron espíritu; también le pusieron mente; otros le dicen el ser, la esencia, la persona, aliento, voluntad, substancia, rhuá, pí, y otros nombres más.

 

Ya que la inmortalidad tenía nombre, los dioses no mero saben dónde va a vivir el alma. En un solo lugar le fueron poniendo mientras decidían, pero, como más gente iba ofreciendo su cuerpo, pues más se iban rejuntando hasta que las almas de los hombres y mujeres no podían esperar más, y entonces ellos y ellas decidieron.

 

–Pues vamo' regresar a la tierra. Hay tanta y es tan nuestra que mejor vamo' pa' allá.

 

–Pero se van a espantar –indicaban unos.

 

–No mero fantasma vamo' ser –explicó una mujer–: podemo' vivir allí, y no mero les vamo' hablar como ellos hablan.

 

–No mero que se espanten –dijo otro, que ya aquella plática habían convertido en asamblea de las almas.

 

–Vamo' ser como al principio: no mero vamo' vivir en un solo lugar, vamo' volar como las nubes.

 

–Ta bueno –se escuchó–, así podemos recorrer toda la tierra y cada uno va a ir visitando el lugar donde viven sus hijos e hijas y pueden cuidar de lo que a ellos les pasa.

 

–Ta bueno. ¡Síiiii! –gritaban las almas de los hombres y mujeres.

 

–Pero, un momento –intervinieron los dioses–, ¿cómo van regresar a la tierra ustedes si ya no son de la tierra?

 

–Pero la tierra la hicimos nosotros –decía la multitud–. Ahí sembramos nuestro ombligo, así que la tierra es de quien la trabaja.

 

Los dioses se vieron entre ellos como para pensar aquella propuesta, como haciendo consulta popular pa' que no se equivoque nomás uno, sino que se reparte la responsabilidad de la solución y así puede haber otra luz que ayude a resolver la situación.

 

–Ta bueno –aceptaron–, ta bueno, pero ustedes ahora necesitan un guía que viva en la tierra pa' que no mero anden sin rumbo, pa' que los lleve y los traigan por los caminos.

 

–Ta bueno –aceptó la asamblea–, pero este guía no va a manejar nuestra velocidad. Ni va a poner sus caprichos: va indicar el rumbo y nos va dejar pasar.

 

–Y también va a dejar hablar con la gente cuando sea necesario; así cuando la gente oiga nuestro paso entre los árboles y nuestro susurro sabrá que anunciamos que algo va a pasar y cómo debe cuidarse, porque mero nuestros hijos e hijas son.

 

–Ta bueno, pues –accedieron los dioses.

 

Entonces las almas empezaron a recorrer la tierra, y con tanta prisa recorren que entonces se deja sentir un viento fuerte que atraviesa el Istmo de Tehuantepec. Así fue que empezó a haber viento que pasa de un lado al otro de la tierra. Y sabemos que este viento empieza a ser fuerte en el mes de octubre, que es cuando se ve la luna grande que ilumina a conejo para indicar el rumbo de las almas que andan buscando a sus hijos e hijas para cuidarlos y que se dice que en el mes de noviembre bajan a la tierra y así siguen viajando hasta el mes de marzo. Por eso es que hacemos altares a finales de octubre y principios de noviembre y luego devolvemos la visita al panteón en la primera Luna llena de primavera.

 

Y cada vez que un hombre, una mujer, un alguien deja su cuerpo, pasa un vientecito fresco que anuncia que el viento del Istmo se engrandece.

 

Así fue como conejo vino a vivir a la tierra para que fuera el cuidador de las almas. Y fue que coyote se convirtió en perseguidor de conejo y le anda poniendo ventiladores a las almas: para ver que las despedaza.

 

Por eso es que nuestros padres dicen que la tierra no se vende, que el viento, el aire, es nuestro porque la tierra son sus cuerpos y el viento es su alma de nuestros abuelos.

 

Y desde ese entonces, cuando el viento suena entre los árboles, debemos escuchar a los más grandes de nuestros abuelos: pa’ saber qué se anuncia. Cuando el viento del sur viene hay que escuchar qué están diciendo las almas de nuestros abuelos.

 

También se sabe que cuando la liebre del Istmo, que ya solamente vive en el rumbo de San Dionisio, se acabe, las almas de nuestros abuelos no encontrarán el rumbo y estaremos perdidos ellos y nosotros para siempre.

 

También anuncian nuestros abuelos a su paso, así lo oyeron los más viejos, que si los ventiladores que están poniendo siguen despedazando a las aves y a las almas de nuestros abuelos, ya no tendremos futuro, ya no habrá vida para siempre en el Istmo. Se va a acabar todo porque las aspas de los ventiladores están matando nuestra raíz, a nuestros abuelos y abuelas que crearon este Istmo de Tehuantepec.

Tomada de www.culturacolectiva.com

Conejo cuidador del alma

Manuel Antonio Ruiz

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