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He seguido muy de cerca lo acontecido a los normalistas de Ayotzinapa en IgualaGuerrero. Como es lógico suponer, he pasado por variados estados de ánimo, que van desde el azoro y la incredulidad hasta el pasmo, el horror y la impotencia. Suponía que estas cosas estaban ya superadas en un país, el mío, que se ufana de ser democrático y moderno.

 

No voté por Enrique Peña Nieto para presidente, pero, una vez se dio el veredicto final de la elección, lo acepté como el presidente de los mexicanos. Deseaba fervientemente que mi opinión de él no llegara a ser cierta y que, si así fuera, tuviera la capacidad de rodearse de mentes brillantes para sacar adelante el trabajo más difícil e ingrato que cualquier mexicano puede enfrentar: conducir bien el destino histórico de una gran nación.

 

¿Qué pensaba de Peña Nieto? Primero diré que no tenía conflicto alguno porque el hombre fuera un político con escasas lecturas, así ello me diera que pensar. Asimismo, me importaba un bledo el que su guapura y pertenencia a una familia bien avenida le franqueara votos nunca razonados, a pesar de entristecerme por la gente que así votó. Y, por supuesto, no me importaba su vida íntima: muerte de su esposa, una amante con un hijo y una nueva esposa famosa; cada quien es libre de vivir como quiera, pueda o lo dejen vivir.

 

De Peña Nieto temía –por ser del PRI- su cercanía a dos personajes siniestros y sinvergüenzas, padrino y pariente suyo, respectivamente: Carlos Salinas Arturo Montiel. Desconfiaba de él porque pertenece a un grupo político muy ambicioso, donde el gurú fue Carlos Hank González, el caco por excelencia de México. Temía también que llenara de amigos ineptos su gabinete porque de lejos me parece un hombre al que le encantan las lisonjas: muy débil, pues. Lo digo por sus ademanes grotescos que me recuerdan a viejos políticos priistas de mediados del siglo XX hasta Salinas. ¡Falso! Muy parecidos a las caricaturas del genio Chaplin.

 

En el momento en que Peña Nieto arrimó a la mesa de negociación a la oposición y logró que firmaran junto con el gobierno el Pacto por México, debo reconocer que tuve la esperanza de que estuviese yo equivocado, y me dio gusto. También me pareció atrevido y audaz el que se comprometiera el gobierno a no cobrar más impuestos, una vez los impuso para el ejercicio de 2014. Y, aunque escéptico, estuve atento de los resultados finales del pacto y de la economía. Esta, hasta estos momentos, aunque no ha crecido grandemente, se mantiene positiva, así el peso sufra devaluaciones varias y diarias y el precio del petróleo esté a la baja afuera, pero no adentro, donde permanecen al alza las energías todas.

 

En cuanto a las reformas pomposamente llamadas estructurales, de esencia panista, pero emprendidas por los priistas –los que nunca apoyaron en los tiempos que gobernó el PAN, cosa que vi perverso y mezquino-, tuve esperanzas que la de telecomunicaciones por fin haría  competir a las empresas para beneficiar a la gente y al país entero. Pero esta esperanza murió en cuanto vi una vez más imponerse los poderes fácticos –muy bien apoyados por los legisladores- sobre el Estado. Al final me pareció que ya lo habían planeado así los que hicieron posible tal cosa: fingir que se quiere cambiar, pero que la oposición al cambio viene de la sociedad a la que hay que respetar. ¡Miserables!

 

De todas las reformas, la energética me pareció que era la que realmente importaba a Peña Nieto y asociados. Ello, debido a que los políticos más encumbrados de este país con el tiempo se han vuelto empresarios. No solo eso, sino que saben que invertir en energía es un supernegocio, máxime si la riqueza es de la nación y se alían con el extranjero. Al ver a Coldwell como secretario de Energía, no pude evitar pensar que es el prestanombres ideal –como dicen que lo fue Slim en tiempos de Salinas, que enflaqueció al Estado- para que Peña Nieto se hiciera de una riqueza fabulosa y, de paso, hiciera cumplir la máxima de Hank González: “Político pobre es un pobre político”. Cuando supe que el susodicho secretario era empresario petrolero y que, a pesar de ello, no renunció al cargo por conflicto de interés, me dije: “¡Vale madres, otro gobierno corrupto más!”.

 

Tengo muy buena memoria y sé que los gobiernos priistas del pasado se caracterizaron por ser corruptos y cínicos. Pero los peores, aquellos que rebasaron con creces lo esperado, para mí, fueron Miguel AlemánJosé López PortilloCarlos Salinas y, por lo que veo, eso mismo pretende ser Peña Nieto. Solo que aquellos implementaron un método que cundió por el país entero: repartir a los líderes parte de lo robado, no quedarse ellos con todo, como la actual camarilla pretende. De allí la frase que el pueblo hizo suya para calificar desde un presidente municipal a uno de la república: “No importa que roben –para eso llegan allí-, pero que hagan algo”. Gobierno y sociedad corrompidos. 

 

No solo ha sido la corrupción lo que han mostrado como modo de vida casi todos los políticos, sino también han enseñado que el influyentismo es una buena manera para vivir en México. Así, tener de amigo, conocido o pariente a un político –si es priista, mejor-, es una especie de ¡ábrete, Sésamo! Opera igual y mejor que la charola de la policía. Para nada reparan los políticos que es una manera, sí, pero para discriminar a la gente, convertirla en ciudadanos de segunda.

 

Un país desigual, injusto, con profunda discriminación, eso somos, así la publicidad intente engañarnos que somos distintos. Un ejemplo nos lo acaba de dar la SCJN al cancelar la consulta sobre el salario mínimo, que, como todos saben, es una miseria que contrasta con los sueldos millonarios de los ministros y funcionarios. Por eso cualquier tipo de delincuencia –y ni se diga la organizada- halla excelente tierra de cultivo en la sociedad. La corrupción e impunidad de la llamada clase política –acompañada muy bien por el poder judicial- han lastimado por décadas a una población cada vez más desesperada por falta de oportunidades. En México se accede a los cargos y puestos no con exámenes de eficiencia y conocimientos, sino por palanca, compadrazgo, amiguismo. Mientras que una clase privilegiada se lleva la riqueza nacional, la mayoría ve impávido cómo ello ocurre como la cosa más natural. Y, para cerrar la pinza o ahorcar al jodido, la SCJN desechó la consulta popular como método democrático para la toma de decisiones de la sociedad. Ah, pero pregonan que somos un país democrático, cuando, en realidad, lo único que nuestros funcionarios, magistrados y políticos saben hacer es homologar a México con EEUU, solo en cuanto a la obediencia de las leyes del más fuerte y del sobreviviente ídem.

 

A Enrique Peña Nieto le ha estallado la crisis política más seria de cuantas ha tenido México. No es una crisis que se gestó el 26 de septiembre de este año allá en Iguala, Guerrero. Tampoco por haberse descubierto las tranzas suyas y de su esposa. No. La crisis que Peña Nieto tiene en sus manos es producto de la corrupción, impunidad y delincuencia descarada a lo largo y ancho del país en muchas décadas. Es producto de aplicar políticas que solo benefician a unos pocos y perjudican a muchos. Es consecuencia de habernos convertido –en virtud de esas políticas- en ciudadanos de segunda o, en el peor de los casos, en menesterosos conformistas con programas de beneficencia como Prospera o la Cruzada contra el Hambre.

 

Me pregunto: ¿estarán Peña Nieto y socios capacitados para encarar la crisis del Estado? Y cuando digo crisis del Estado me estoy refiriendo a sus instituciones, incluyendo el poder judicial y los partidos políticos, que están hechos un desastre, permeados por la delincuencia organizada y no. Partidos políticos al servicio de los medios de comunicación. Hasta el INE, que arrancó prometedor, ha ido reculando en su proyecto original gracias a los partidos políticos, un lastre oneroso tal y como ahora se encuentran.

 

Como mexicano que ama a su patria, deseo que el gobierno de la república sí esté capacitado para resolver con la sociedad lo que hoy nos exige la historia. Dudo, sí, que quieran llevar a cabo la verdadera reforma del Estado: una nueva Constitución con mejores leyes que salvaguarde no solo el orden y garantice la paz, sino que preserve la vida de la gente que más necesita protección.

 

Tampoco creo que la gente que hoy protesta y no está contenta por muchas razones con el gobierno quiera ir más allá. Lo más probable es que el gobierno dé una vez más atole con el dedo: sofoque a los líderes –que, por el momento, no son visibles, así como tampoco hay un programa de acción, que es imprescindible para saber a qué puerto nos dirigimos- bien con dinero o represión, quite a uno que otro funcionario, ponga a otros nuevos de la “sociedad civil” y prometa mucho, pero mucho más que nunca, con hacer cambios graduales “en bien de la república”. Como quien dice, una maquillada, una manita de gato o la puesta de un curita –apósito-  en una herida que necesita buenas y profundas suturas.

 

Si Peña Nieto y su gobierno apuestan a hacer lo que Zedillo y Fox hicieron con el EZLN –enviando al estado de Chiapas mucho dinero y al ostracismo a los zapatistas, respectivamente- , lo único que lograrán hacer es extender la crisis y México seguirá siendo un país sin crecimiento. Si se me permite el símil, la nación vive lo que los zapatistas vivían en Chiapas: un atraso secular. Solo que ahora no habrá dinero que alcance, y el ostracismo en tiempos de redes sociales es imposible.

 

Por otra parte, me alarma ver que los actores políticos que hasta antes del 26 de septiembre los mirábamos hasta el cansancio hoy estén escondidos y callados, quizá esperando actuar para llevar agua a su molino partidista. Dos han comenzado a volar cual aves de rapiña: René Bejarano y Cuauhtémoc Cárdenas. Ni el uno ni el otro son de fiar: el primero por sinvergüenza y el segundo porque tuvo en sus manos la oportunidad que este país cambiara en 1988 y fue timorato, por decir lo menos. Al PRD, que ambos defienden, no lo salva ni el Dios de sus milagros. Ya no es hora de caudillos, por lo que Andrés Manuel López Obrador y seguidores no deben frotarse las manos creyendo que la oportunidad de subir al poder la tienen más cerca que nunca. Es hora de resolver una crisis entre todos, sin banderías, sino con buenas ideas y acciones consecuentes.

 

Ojalá todos nos pongamos las pilas y aprovechemos esta crisis para reflexionar qué queremos para vivir en paz y con lo necesario. Es hora de entregarle a México lo mejor de nosotros, cada quien en el ámbito en que se desenvuelve. Si apostamos por la división, correremos el riesgo de la guerra civil, y eso a nadie conviene.

Crisis del Estado mexicano

Juan Henestroza Zárate

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