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No confundas el amor

con las ganas de coger.

Deyanira Aquino

 

Uno

 

Se casó con un hombre viudo. Guapo y alegre, como son los de su especie cuando se saben que la vida les regala todo, ta Gorio no compartió de su alegría con na Paula. Fue remendando su vida con apenas unos trozos de aquí y de allá. Tuvo tres hijos, uno de los cuales fue mujer.

 

Morena, adusta, de cara seria, carácter afable y tranquila, pasó sus días de casada entre la cocina y los hijos. Otra cosa no podrían hacer las mujeres de su época. Ni siquiera votaban, menos eran elegidas.

 

Tenía el tino de la cocina y fue llamada a la casa de los ricos para hacer las viandas ajenas que su marido no pudo regalar para sí. Él se gastaba a manos llenas el dinero en mujeres y cantinas. A caballo lo bajaron para morir enfermo y pobre. Solo le heredó el apellido de hacendado porfirista que lo emparentó con Laureano Pineda, su tío.

 

Cantaba a escondidas y fumaba empedernidamente, vicio que tiró cuando, una tarde, se llevó a su nieto, un ramo de crucíferos rojos y unos guiee’chachis hasta el altar de la Candelaria. Ahí dejó sus Baronet mentolados, que tanto amó, junto a las flores y una promesa de nunca más darle el golpe.

 

Murió a los 94 años como un pájaro. Un infarto fulminante la derrumbó cuando ya amanecía. Se quedó en el sueño y regaló sus atoles, sus moles, sus guisos -por los que tanto le amaron los suyos y por los que, aún a 20 años de desaparecida, la recuerdan-. Tenía unos apellidos rimbombantes: Pérez De la Rosa.

 

Dos

 

Robusta, de tez blanca heredada de su padre, carácter duro y afable, con esa determinación y cargando a cinco hijos y un marido que le salió mejor contador de historias que buen pescador. Tuvo el tino de emprender cuanto negocio pudo para darles de comer a los suyos. No descansaba na Chica Pineda.

 

Le encantaba la fiesta y el baile, tanto que a sus hijas se les perdió el gusto por ellos. Nunca pasó en la cama más allá de las 5:00 de la mañana. Sus pies regordetes tomaban camino para poner su negocio o salir a vender. Era su vida, y de ahí dependía la vida de los suyos. Recordaba en las tardes sus viajes en carreta para ir a los bailes hasta Juchitán, a un día de camino en ese entonces.

 

De sus manos salieron guisos. Hartó a sus hijos de pescado, esos mismos que hoy anhelan. Amiguera y jovial, se paseaba y, harto generosa, mandaba a sus nietos a dar el atole, el pite, el mole y la veintena de dulces que se sabía en diciembre a repartir con la numerosa lista de amistades que sembró en su vida. Ella se repetía con la frase: “Si Dios da, hay que dar”. La cocina fue uno de sus fuertes talentos y su mole ganó la fama; ella solo lo compartía con los que amaba. Esa cocina fue unas de las tantas cosas que heredó a sus hijas. Hoy siguen perdurando sus recetas.

 

Un derrame la sorprendió mientras se bañaba. De pronto, las ganas de vivir se le quitaron y se dejó marchitar hasta que lo logró. En recompensa, legó su alegría y de repente a sus hijas les dio por amar la fiesta.

 

Tres

 

No caminó hasta los 4 años. Un pozo cavado en la tierra fue su cuna y su andadera hasta que aprendió para salir a enamorarse locamente de un poblano que llegó a poner la luz en su pueblo. Sus fotos de esa época hablan de una mujer atractiva y dulce.

 

Cuando ponían la enramada donde se haría su boda, cayó una parte de esta, y su bisabuela pronosticó infortunio en su futuro. Atinó con la claridad meridiana de una fórmula estadística. Solo pasó dos años en pareja; de ahí salió con dos hijos. Pero vivió enamorada de él toda su vida. Hoy lo sigue negando.

 

No volvió a amar a nadie más. Como Penélope, tejió y destejió sus días mientras salía a enfrentar la vida. Tuvo mil oficios para ganarse el sustento; poco podrían sus estudios de primaria con ella que darle. No se marchitó, pero su cara de pronto tuvo poca alegría y se conformó con ser madre, no más.

 

El éxito la alcanzó ya grande, y hoy se descubre viuda, becada por la justicia -que al fin le alcanzó a ella- y ha recuperado su alegría por la fiesta, el café y la preocupación por su más grande tesoro: su hijo menor.

 

Nada le hace más feliz que romper el baile y lucir sus trajes nuevos. Nada le gusta más que alimentar esa nueva vanidad de saberse dueña de sí misma y de su futuro. Duerme como adolescente despreocupada y se gana la vida entre la cocina y sus días de mujer viuda y feliz. Ni siquiera se llama Malvi, pero así le gusta que le digan.

 

Cuatro

 

De joven, y aún hoy en día, levantaba polvo y suspiros cuando caminaba. La recuerdan bella, y así le gusta andar por el mundo. De sus enamorados, a uno le orinó el perro en sus pies cuando ella se alejó de su vida. Escogió la soltería contestatariamente, y la vida no pudo más que regalarle alegrías y darle el mundo para que ella se diera fama. Y logró todo lo que se propuso y hasta lo que no se pensó.

 

Hoy se pasa entre la cocina y las cámaras, se ha vuelto una celebridad y anda tan quitada de la pena que, cuando le pregunto sobre el amor, apenas y busca un hueco en su agenda para darle entrada.

 

La lente se enamora de ella y, coqueta, la enamora mientras discursea, se deja entrevistar, va a la cocina y se deja consentir. No sabe hoy hacer otra cosa que verse en esa vida. Una cosa sí tiene cierta: mantiene con mano firme a una familia que no sabe andar sin ella, y a ella le preocupa dejar a tanto huérfano sin haber tenido hijos.

 

Luce los trajes regionales más sencillos y les regala de su elegancia. Su guapura, heredada de su abuelo, la tiene sin las preocupaciones que al otro tampoco le tuvieron. Sus enamorados son tan disímbolos, aunque amó con locura a uno. Pero la clase social y su pobreza de ese entonces fueron barreras que no se rompieron. Pero está a gusto, y ese capítulo corresponde a una etapa de su vida.

 

Nada ama más que las flores, las plantas, gusto heredado desde sus días de niña. De la mano de su abuela, caminó entre Cerritos e Ixhuatán. Deyanira es un nombre que le gusta, pero no es el suyo.

 

Ha pedido que, cuando muera, no lloren sobre su tumba. Quiere que le bailen un son, “La Paulina”. Quiere ser enterrada como las princesas zapotecas y sabe que, si se lo propone, lo logra.

 

Ha ido de Nueva York y al Vaticano a dejar sus guisos y de ahí ha vuelto cada día para regalar a este mundo su talento en la cocina – lo que le ha dado fama,- su alegría y su belleza. Es la mayor de todas las hijas y la madre de una veintena de sobrinos.

De cuando las abuelas

no fueron desalmadas

(Cuatro microhistorias de madres)

Joselito Luna Aquino

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