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 A las tres de la tarde se escuchaba en el perifoneo "el tico tico" de Ray Connif, todo se detenía por un instante, las actividades cotidianas pasaban a un segundo plano, era el momento de escuchar -casi en el mismo orden- el nombre de los actores, la historia que trataba y, al final, con un suspenso que se prolongaba en extensísimos minutos, el nombre de la película, pero si era de estreno, los dos primeros datos se repetían en varias ocasiones, dejando hasta el último, en una agobiante espera, proyectada con tal emoción que al escuchar el título, se sentía que el corazón volvía a sus latidos rutinarios.

 

Era la táctica del Chebel, el encargado de los anuncios; además, era también quien pegaba los poster-cartelones de los próximos estrenos, se encargaba del aseo de la sala, de la proyección, de vender boletos y de otros menesteres; jamás conocí a otro empleado del "Cine Lux" que no fuera Chebel. Frente al cine estaba la terminal de autobuses, con mis amigos llegábamos allí para ayudar a cargar las maletas de los viajantes, por ello nos ganábamos unos pesos que servían para ayudar con los gastos de la casa, a veces también hacíamos el aseo de los autobuses.

 

El edificio del cine tenía -como pocas casas del pueblo- una planta alta, allí trabajaba y pasaba la tarde y parte de la noche el Chebel, a veces se asomaba y lo veíamos desde la calle mientras deambulábamos por ahí, le preguntábamos qué películas iban a estrenar próximamente, "es una sorpresa", nos decía, y seguía con sus labores; en otras ocasiones, desde la ventana nos lanzaba los recortes que le hacía a las películas, nos más de diez cuadros de cinta, entonces, buscábamos botellas de plástico, las cortábamos a la mitad y hacíamos nuestro cinito personal con aquellas imágenes. "Ahí les va una especial", gritaba, caía la cinta, nos empujábamos y peleábamos por ellas, el de mayor astucia se burlaba de los otros, eran recortes de películas pornográficas.

 

En el pueblo, durante muchos años, hubo dos salas de cine, "Cine Lux" y "Hermanos Velásquez". A mediados de los años 80's del siglo pasado, entrar a ellos resultaba un lujo, había que decidir entre disfrutar de las películas o comprar comida para todo el día siguiente; el más novedoso era el "Cine Lux", donde proyectaban las películas más recientes -aunque en Oaxaca o la Ciudad de México, tuvieran varios meses de haberse proyectado-, y en el "Hermanos Velásquez", la mayoría eran en blanco y negro, películas viejas, pasadas de moda.

 

El “Cine Lux” estaba en la esquina de la Avenida Reforma y calle Amado Nervo, o mejor dicho, ahí estaba la casa del dueño, el señor Don Alfredo López-Lena, y el patio se extendía sobre la Av. Reforma, unos metros más adelante hasta las instalaciones de la sala. La mayor parte de la sala estaba descampada, sólo una pequeña parte quedaba cubierta por el techo de la planta de arriba; tenía una estancia en la entrada en donde la gente se arremolinaba para comprar los boletos, inmediatamente un gran tablón de madera corrediza la hacía de cortina antes de introducirse a la sala, estaba hecha de dos piezas, por lo que tenía una pequeña rendija desde donde, siempre con el consentimiento del Chebel, podíamos ver la película sin pagar, bueno, eso no ocurría cuando alguien de malora, por dentro y a propósito, se paraba enfrente para no dejarnos ver.

 

Había que llegar temprano para ocupar "buen lugar", bajo el techo, por si llovía o por si desde afuera alguien lanzaba cohetones, sapos o cualquier otro objeto, aunque ocurriera en raras ocasiones. Las bancas eran de concreto, había dos filas con diez o doce (ya no lo recuerdo bien) piezas de cada lado, sentados cabíamos alrededor de 200 personas. Casi todas las películas que proyectaban tenía un problema técnico, constantemente había cortes, lo que provocaba el repudio de los asistentes, algunas veces estos cortes duraban mucho, tanto que daba tiempo de salir a la calle para comprar, en la acera se vendían empanadas, naranjas peladas con sal y limón, dulces, cacahuates o cualquier otra fritura para apaciguar el hambre y el malestar producido por la proyección interrumpida.

 

Íbamos y entrábamos al “Cine Lux” cuando mis tíos llegaban de vacaciones al pueblo, ellos nos pagaban las entradas, entonces íbamos casi todos los sobrinos juntos. En algunas ocasiones entramos a la matiné, el sábado o el domingo al atardecer, veíamos películas de Pedrito Fernández, de Chabelo o las de Chanoc; en otras ocasiones nos llevaban más tarde, entonces veíamos las de los hermanos Almada, Valentín Trujillo y Rosa Gloria Chagoyan con su serie de Lola La Trailera, al día siguiente todos los primos nos correteábamos en el patio de la casa de la abuela, evocando y parodiando los episodios de las películas que veíamos, terminábamos muertos todos de tanta balacera que nos echábamos.

 

El cine “Hermanos Velásquez” estaba sobre la calle Libertad, a una cuadra del parque central. Durante un tiempo, lo vi más bonito que el “Lux”, pues tenía butacas de láminas; también estaba descampado, sentado frente a la pantalla hacia la izquierda estaba la barda perimetral junto a la calle, hacia la derecha estaba el patio de la casa, había muchos árboles de chicozapote y al fondo un establo, por ello es que cuando se proyectaban las películas, casi siempre veíamos volar a los murciélagos, o escuchar a los animales que habitaban el establo. El dueño, Don Gustavo, se lo rentaba a las escuelas del pueblo para realizar allí sus actividades culturales -Día del Niño, de la Madre, Navidad- y sus clausuras. También anunciaban las películas a proyectar, pero no tenían tanta emoción o rimbombancia como los anuncios del “Lux”.

 

La mayoría de las veces que fuimos a la matiné fue al “Hermanos Velásquez”, además de que era más barato, los adultos no decían que las películas eran más aptas para nosotros los niños. Allí vimos casi todas las películas del Santo y de otros luchadores, las de Tintan, Pedro Infante, la India María y otras películas en blanco y negro. Una vez nos llevaron a ver una película de los evangelistas, recuerdo que, en una escena en donde llovía fuertemente, anunciando el diluvio de la Biblia, comenzó a llover de verdad, la gente no se salió del cine ni dejaba salir a nadie, gritaban que Dios sólo iba a salvar a aquellos que se quedaran adentro de la sala, llegamos empapados a la casa.

 

Hubo una época, no recuerdo cuando, en la que llegó al pueblo una familia del Distrito Federal. En el perifoneo dieron a conocer que rentaban películas para verlas en casa, era la época de las videocaseteras; después aparecieron PIPE VIDEO y otros negocios más. Los anuncios de las películas en el “Lux” y en el “Hermanos Velásquez” cada vez se fueron haciendo más escasos. En 1991 migré para continuar los estudios, regresaba al pueblo solo en periodos vacacionales, por ello no me di cuenta, o no tuve conciencia, de cuándo las salas de cine cerraron definitivamente. Hoy, el “Lux” alberga un negocio de materiales para la construcción y un negocio de agroquímicos; el “Hermanos Velásquez” está cerrado, las butacas se volvieron oxidadas y desconozco qué fue de ellas. La historia, nuestras historias, el único recuerdo de la majestuosidad que tuvo el cine de Ixhuatán en otro tiempo.

El cine después del cine

A. Antonio Vásquez

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