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Siempre, casi siempre, platicaba con ella, al igual que con mis demás hermanos, más aun el Benjamín de la familia (Saget), como también con todos mis primos. Recuerdo que ese día me invitó al río para que la acompañara porque iba a lavar su ropa. Muy contento aproveché la ocasión para pedirle un favor: que me lavara dos mudas de las que ella llamaba “cuero de diablo”, como se refería a los pantalones de mezclilla que muy amablemente me obsequiaban los hijos de la doctora Graciela.

 

Recuerdo que a mi corta edad era muy travieso, como casi todos los niños de nuestro pueblo. En curso al río, nos topamos con una manada de vacas que iban dejando una estela de estiércol acabadito de fabricar. Saltando “pastelitos de ganado”, contento acompañaba a mi abuelita na Marce, que, les confieso, ya casi llegando a la playa del río, estaba refunfuñando por tan desagradable experiencia con el rebaño de ganado. Ya instalada su batea, labrada en ese entonces por don Paulino Castillo, sobre un tronco de sauce caído, acomodaba su instrumento para trabajar mientras contemplaba cómo las hojas de aquel sauce danzaban al ritmo de la corriente que los invitaba a que se desprendieran para emprender su viaje río abajo. Aproveché la ocasión en que mi abuela estaba realizando su faena para zambullirme; en ese entonces, recuerdo que uno abría los ojos y podíamos contemplar a las sardinas, dormilones, algún camaroncito que buscaba un orificio dentro de la rama del sauce caído en el agua para esconderse. Todo era divertido. Con una botella de vidrio y masa del nixtamal que muy temprano había ido a pedirle a mi gran amigo Emilio, el reformeño, la ponía dentro de ella y atrapaba a un sinfín de sardinas.

 

- “Cleme, no te hagas sonso y apúrate. Ayúdame a tender la ropa que para eso te traje, ¿na?”. Eso de tender ropa no me gustaba porque me daba pena ver los choninos de mi abuela, o sea, era “inocente”. Se podían contemplar piedras multicolores que adornaban aquella playa. Todo se miraba realmente hermoso.

 

Después de que la ropa se había secado, era el turno de bañarnos; para ello, mi abuela me pedía de favor que le ayudara a recolectar chintul, que después machacaba dentro de su jícara de morro y me lo untaba en el cabello, así como en el cuerpo, acompañado de un poco de arenilla fina que tomaba de puño del río. Realmente olíamos rico. Después, nos regresamos por la tarde a casa. Mi abuelita na Marce cargando su batea repleta de ropa limpia y olorosa porque la había lavado con su jabón preferido, las famosas “bolitas”, y yo muy contento la acompañaba con una “ensarta” de sardinas y dormilones.

 

Todo pasa y cambia con el tiempo, pero es realmente necesario e importante cuidar nuestras tradiciones y costumbres, así como nuestro río, sus mares y playas porque son el sustento diario de las familias ixhuatecas. Por cierto, llegará un día en que algún paisano o paisana Ixhuateco se interese en las propiedades del chintul y elabore con ellas los más sofisticados jabones y shampoo’s, con lo que ayudará a la economía de nuestros hermanos del pueblo. Es cuestión de que se animen.

El día que acompañé a mi abuela Marcelina al río

Clemente Vargas Vásquez

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