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(Tobi)

 

No cabe duda de que, en la sociedad en la que vivimos hoy, los medios de comunicación se han vuelto herramientas fundamentales de uso cotidiano, que va desde la búsqueda y uso de la información hasta el desarrollo de la cultura del ocio, considerando la cada vez más necesaria  apropiación de conocimientos sobre el uso de los nuevos medios digitales.

 

Por lo anterior, la brecha generacional es más visible en la medida en que los adultos mayores de 50 años se resisten al aprendizaje del lenguaje digital que le proporcionan los nuevos medios, a interactuar en los nuevos procesos de relación social que se crean y configuran a partir de la aparición de las cada vez más eficaces redes sociales; por el contrario de los jóvenes y niños, que desde muy temprana edad comienzan a interactuar con su espacio que los rodea, los medios forman parte de su alfabetización del mundo, por lo que en el aprendizaje de los procesos cognitivos para comunicarse con los otros seres humanos está implícito el conocimiento del lenguaje de los medios de comunicación, por ello es fácil ver a los niños de hoy utilizar con suma facilidad los teléfonos celulares, e incluso provoca incredulidad entre los adultos, mientras que la incertidumbre y la duda se apoderan de los “viejos” por hacer uso de los modernos aparatos. “No se vaya a descomponer”, me decía un amigo cuando sus hijos le obsequiaron el más reciente iPhone 6.

 

(Chupa)

 

“El fin es el medio”, dijo en su momento Marshall McLuhan, y lo cierto es que los seres humanos aprendemos a usar los medios de comunicación y, con ellos, a partir de nuestras necesidades sociales, nos apropiamos y dependemos de los medios, que en su momento están al alcance de las posibilidades que tenemos por comunicarnos. Parafraseando a Borges, los medios están para ser la extensión de nuestro espacio físico, espacio virtual lo llaman ahora algunos teóricos. Ellos nos permiten estar y no estar en distancias y tiempos impensables hasta apenas algunos años.

 

Todavía recuerdo dos episodios trascendentales en mi vida con respecto al uso de los medios de comunicación, momentos que ahora, mientras escribo, tengo la posibilidad de que, en horas, la información sobre ellos pueda estar disponible en esta majestuosa red mundial de información, la internet, que lo mismo puede consultar mi vecino que alguien que se encuentre en la estratósfera, alguno de los habitantes de la estación espacial internacional.

 

- Cursaba el quinto año de primaria en la extinta Pablo L. sidar, en Ixhuatán. Un día, mi maestra Marina Morales López llegó con un paquete de cartas que otros niños del mismo grado de primaria en la Ciudad Ixtepec habían escrito para ser repartidos entre los miembros de mi grupo. Fue la primera vez que recibía una carta, todavía eficiente medio de comunicación a principio de los años 80.

 

Me tocó la de otro niño de mi misma edad, con los años se me olvidó su nombre. Emocionados, mis condiscípulos y yo redactamos, con la ayuda de mi mentora, la respuesta a aquellos mensajes que habíamos recibimos; fue el primer acercamiento que tuvimos, la mayoría de aquellos pequeños en Ixhuatán, a un medio de comunicación a distancia. Aunque los interlocutores éramos anónimos y desconocidos, la respuesta a la primera carta generó en algunos una retroalimentación continua que duró algún tiempo y que, por la lentitud de la misma, se fue desvaneciendo poco a poco.

 

Sin duda, este primer intercambio de mensajes a distancia generó en mí un interés por la comunicación. Me volví una especie de adicto a las misivas, aprendí a escribirlas. A mis parientes que vivían en otras poblaciones, a las personas que escribían y dejaban sus datos en las revistas Sentimental y Semanal -revistas que leía en la peluquería de “Nayo”, a pesar de que estas personas escribían a la redacción de estos medios con el fin de encontrar parejas sentimentales- yo les escribía para que me contaran sobre ellas, sobre el lugar en donde vivían, entre otras cosas. Algunas veces me respondieron, y brinqué de felicidad cuando las cartas llegaban a mis manos, no sin antes ser interceptadas y leídas por mis tías mayores.

 

Me iba al río Ostuta y leía las cartas. Recuerdo que más de uno me regañaba por enviarles mensajes. A mi edad, me decían, solo debería de pensar en estudiar. Otras cumplían con mi deseo: me hablaban de ellas, de su soledad, de lo que eran a la distancia, personajes que ahora, algunas veces, aparecen en los textos que acostumbro redactar. Las cartas también se volvieron habituales en la secundaria, sobre todo cuando mis amigos me pedían que las escribiera para alguna chica a la que querían enamorar. Siempre dieron resultado para ellos; para mí, nunca.

 

- Mi segundo encuentro con otro medio de comunicación fue en la época en la que vivía en la casa de mi tía na Beatriz Cabrera. Ella, de oficio panadera, siempre albergaba en su casa a aquellos niños y niñas que deseaban aprender el oficio o simplemente apoyar en los quehaceres de la casa a cambio de estancia y alimentación.

 

Un día llegó el mensajero para avisar que una de sus hijas hablaba por teléfono desde la Ciudad de México. Como mi tía recién había comenzado a hornear el pan, me gritó hasta donde yo barría el patio: “Anda, ña”, me dijo, “anda. Ve a contestarle a tu tía Amalia. Pregúntale qué quiere. Dile que ya comencé a hornerar”, y otras tantas indicaciones que me recetó para el camino. Tomé la bicicleta para los mandados que había en la casa y salí a la calle. Después me apersoné en la casa del señor Ciro Fuentes, que era donde estaba la caseta de teléfonos, a una cuadra de la presidencia municipal. Tembloroso, dejé caer la bicicleta, que, sin más, quedó tirada casi a media calle. Me asomé a la casa. En la entrada me recibió una señorita a quien le llamaban “la telefonista”. En la salita de espera estaban otras personas esperando llamar a algún familiar o en espera de que ellos les hablaran. 

 

Junto al escritorio de la telefonista había una gran máquina que estaba pegada a la pared, tenía en el frente muchos hoyos y, junto a ellos, igual número de cables que colgaban. Para hacer las llamas, la señorita jalaba los cables que terminaban en puntas metálicas y las clavaba en distintos agujeros. Al fondo había dos casetitas con aparatos telefónicos que solo había visto en la casa del maestro Alberto Delgado, en la de don Aarón Toledo y en la de don Aurelio Matus. Era una cajita de plástico color beige, solo que aquí no tenía atado el tercio de baterías, por cierto que eran enormes, las ataba a la corriente eléctrica. Estas casetas servían para que las personas hablaran cuando su llamada estaba lista.

 

Me senté en una de las sillas plegables que estaba desocupada. Todo me temblaba. Mi esquelética y pequeña figura infantil sudaba tanto que parecía recién me había bañado. Tenía un montón de miedo de acercarme a la máquina que, cuando entró una llamada y la  telefonista contestó, antes de indicarme a qué caseta debía acercarme, entre risa me dijo que me calmara, que solo descolgara el auricular y lo pegara a mi oreja para que escuchara bien.

 

Fue mi primera conexión comunicativa con otra persona a varios kilómetros de distancia en el mismo momento. Escuché su voz y tomé a información que debía transportar y entregar a su destinatario final. Cuando hube terminado, salí feliz por la experiencia. Tomé y manejé la bicicleta hasta la casa de mi tía, después entregué el mensaje; por la tarde, presumí ante mis compañeros de habitación aquella experiencia que pocos niños de mi edad podíamos vivir.

 

El medio es el masaje dice también McLuhan. La experiencia de la comunicación es tan necesaria para los seres humanos que debemos aprenderla para vivir con ella, debemos usarla para convivir con ella, pero, fundamentalmente, debemos interpretarla para satisfacer las necesidades sociales a las que solemos enfrentar en el mundo que nos toca vivir.

 

En los tiempos en que las redes sociales y la información digital se ha vuelto parte de nuestra cotidianidad, la comunicación y la información se han vuelto públicas, o deben de volverse públicas para consolidar los estados democráticos, para velar por una sociedad en donde la transparencia de la información sea el pan de cada día, sobre todo para aquellos que ocupen cargos públicos.

 

La importancia y trascendencia de quienes escribimos el Panóptico es precisamente en esta perspectiva: exponer, analizar, discutir y debatir los asuntos públicos de nuestro municipio sin otro interés que el de contribuir a que la información esté dispuesta para todos, para convivir en armonía, para proponer y lograr mejores resultados de quienes somos o de quienes viven en esta maravillosa tierra.

 

(Chonna)

 

Hace unos días, mientras limpiaba la bandeja de entrada de mis correos electrónicos, había uno que me llamó la atención: tenía el título de uno de mis textos que he publicado en el Panóptico Ixhuateco. La mayoría de las veces, cuando desconozco el remitente, tengo la mala costumbre de eliminar los archivos sin leerlos; sin embargo, esta vez no lo hice. Abrí el archivo y pude leer, a pesar de mi poco entendimiento del inglés, lengua en la que está escrito el mensaje, que se trataba de una persona que me contactaba para hacerme saber que le había gustado mi texto “Las pasiones: sincretismo religioso en desaparición”.

 

Ian Gundersen es el nombre del remitente, originario, según me cuenta, de Notodden, Noruega, pero que actualmente vive en Varsovia, en Polonia. Me hace saber que, buscando información sobre Michel Foucault, se encontró con nuestro Panóptico, leyó algunos textos al azar y, cuando leyó el que cito, le llamó la atención debido a que sus abuelos son de un pueblo de origen celta, en donde se realizan algunas festividades muy parecidas a las que yo relato.

 

No sé, por algunos datos que nos presentó recientemente nuestro editor, si Gundersen nos leyó exactamente en Varsovia, lo que sí sé es que nuestra información, nuestro trabajo de todos los días, las historias sobre Ixhuatán, el mismo pueblo de Ixhuatán forman parte de una realidad social, que, aunque virtual, es posible sea conocida por cada uno de los habitantes de este planeta, se encuentre donde se encuentre.

 

Por ello, sin duda, en esta era de la información, las relaciones humanas han tejido un entramado social virtual que nos maravilla a cada rato, puesto que podemos leernos en un sistema global que permite conocer y reconocernos como parte de momentos históricos comunes, además de que con ello comprendemos que el origen de la humanidad está en un punto desde el cual partieron todas las culturas. A saber de Manuel Castells y de McLuhan, parece ser que nuestra dirección está situada en un punto muy parecido al del principio.

 

LA ÑAPA

 

Me gusta el mundo de los “locos”. Me interesa el mundo de los “locos”. No uso el término en el sentido despectivo que quizás les parezca porque, como dice el refrán: “De músico, poeta y loco todos tenemos un poco”, sino en el sentido que me lleva a admirar a aquellos personajes que, por alguna u otra razón, padecen algún tipo de discapacidad mental. Soy hermano de uno de ellos, y mi admiración y adoración siempre ha sido porque el mundo en el que viven y construyen de manera cotidiana es más hermoso todavía que aquel mundo en que viven aquellos quienes se consideran “cuerdos”.

El fin es el Panóptico (o cuando los medios conspiran a nuestro favor)

A. Antonio Vásquez

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