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Mucho se ha comentado recientemente, principalmente en las redes sociales, del legado del fallecido comediante Roberto Gómez Bolaños hacia la sociedad mexicana con su programas populares, como Chespirito y El Chavo del Ocho. En ese debate hay dos versiones encontradas: una que muestra un agradecimiento al personaje creado por Gómez Bolaños por las sonrisas generadas a los niños que crecieron viendo todas las noches este programa en los años 80 y 90 y otra que reclaman el legado de mediocridad que le dejó al pueblo mexicano y al conformismo que proyectó en sus personales al hacerle creer a la sociedad que se puede vivir feliz en la miseria.

 

En ese orden de idas quiero hacer referencia a la infancia que viví en Ixhuatán durante los años 90, cuando todavía podíamos ver a las personas sacar una silla a orilla de la calle y sentarse en ella para saludar a todos los que pasaban por ahí. Me tocó vivir una época donde no todas las personas tenían una televisión en su casa, donde se podían contar con el dedo las personas que tenían una antena parabólica  y donde todavía no aparecían el Sky, DirecTv o el sistema de cable. En ese tiempo, recuerdo que los vecinos se reunían por las noches para ver el programa de Chespirito y regresaban a sus casas con una sonrisa después de un día pesado de trabajo.

 

Hoy, tristemente, a pesar de que la tecnología ha avanzado y de que más personas tienen la posibilidad de tener una televisión en casa y acceso al sistema de cable e internet, no he vuelto a ver en Ixhuatán que los vecinos se reúnan para ver un programa de televisión o, simplemente, para convivir como vecinos. Son pocas las personas que sacan su silla por la tarde y se sientan en ella para saludar a la gente que pasa. Han quedado atrás esos tiempos quizás porque hemos perdido la tranquilidad, quizás por falta de seguridad en el pueblo o también puede ser que hemos seguido el camino del individualismo, alejándonos del sentido de la colectividad.

 

No sé cual de las dos versiones tenga la razón, lo único que puedo decir es que no podemos culpar a Chespirito de las desgracias de nuestra sociedad ni de criticar a aquellos que expresen su disgusto hacia el personaje, cada quien tiene derecho a elegir qué es lo que quiere ver. Al final de cuentas, programas divertidos o mediocres, como los quieran llamar, existen en todo el mundo: desde Top Gear en Inglaterra y Jerry Springer en los Estados Unidos hasta las telenovelas mexicanas producidas por Televisa y Televisión Azteca. El gran problema de este asunto es la falta de opciones del televidente. No podemos exigirle al individuo que vea otros programas cuando lo único que puede ver en televisión es lo que produce el duopolio de las televisoras mencionadas, en la inteligencia de que la mayoría de las personas solo tienen acceso, si bien les va, a la televisión abierta.

 

Lo que sí puedo decir que queda como legado de Chespirito es la discusión que estamos generando en este momento, donde al menos se ha despertado la conciencia de lo que hemos visto en televisión y de lo que queremos que nuestros hijos vean en el futuro. Hoy somos más los que decimos que queremos más libros y menos televisión. Habrá que concretar esta idea con nuestra propia congruencia: apagar la televisión y comenzar a leer un libro. Si lo logramos hacer todas las noches, nuestros hijos harán lo mismo.

El legado de Chespirito

Florentino Cabrera García

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