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Cuando uno es apasionado de la literatura, las historias públicas que se escuchan en la cotidianidad atrapan nuestra curiosidad innata, historias que muchas veces están llenas de figuras literarias, desde sencillas metáforas, hasta retruecanos, calambures e ironías.

 

La “literatura de la calle”, como oí decir un día a la hermosa Elena Poniatowska, forma parte del folclor de muchos de nuestros pueblos mexicanos y latinoamericanos. En los discursos de sus habitantes vamos a escuchar una gran cantidad de historias, algunas verídicas, otras pertenecientes a la invención del sujeto, quien, en momentos de ocio o de inspiración, desarrolla poco a poco una facultad para producir minificciones que, con el paso del tiempo, se convierten en una falsa realidad de sí mismas, es decir, se van construyendo o inventando en su propio discurso; son la imagen de un personaje que se va volviendo habitual y que se sitúa entre los “coloridos” dentro de la sociedad, junto a “los locos” y “los teporochos”: el mentiroso.

 

En la historia de las culturas antiguas vamos a encontrar siempre a distintos personajes que utilizan la oralidad para transmitir enseñanza, para narrar historias vivenciales, relatar sucesos ocurridos en otros lugares, y a aquellos que solo se dedicaban a entretener a las audiencias, estos últimos son tan importantes como los anteriores, pues, en su quehacer, nos van presentando una parte de la realidad que los demás no hemos podido ver.

 

Estimado lector, ¿quién no ha dicho en su vida una mentira? Todos o la mayoría de los seres humanos hemos mentido alguna vez, de niños, en la adolescencia o ya de adultos; hemos mentido sin querer, con toda la intención o “piadosamente” para no generar complicaciones o problemas entre las personas a las que queremos y amamos.

 

Sin embargo, a lo largo de la historia, en los pueblos, nos hemos descubierto los mentirosos profesionales, no hablo de los políticos mexicanos de ahora, no, sino de los mentirosos que, con sus historias creativas, han hecho reír a más de uno, lo han dejado pensando o se han enojado por no saber enfrentar la picardía del primero. Este personaje, el mentiroso, que, en su afán de estar al nivel de su interlocutor o “salir al paso” para no verse derrotado, acude a su habilidad y relata historias, que en la tradición oral se van volviendo clásicos de la ironía, de la mofa, de la mentira.

 

Va el mentiroso del pueblo caminando aprisa cuando un joven lo ve, quiere sacar provecho de su fama para burlarse de él y le pregunta:

  • Oye, tío, échate una mentira, pue.

  • Hay, hijo, ahorita no puedo.

  • Aunque sea una, tío.

  • No puedo, hijito, llevo prisa

  • ¿Y a dónde va, pue?

  • Voy a ver a mis bueyes, me acaban de decir que están arriba de un palo de coco.

 

Las historias de los mentirosos a veces no tienen la intención de mofarse o afectar a nadie, son parte de un chispazo de creatividad del momento, de una epifanía que cruza por su mente y que tiene la necesidad de contarlo para no ahogarse con sus palabras.

 

Mientras estudiaba la primaria, recuerdo que el Maestro César Matus López nos leyó, de Oscar Wilde, “El hombre que contaba historias”. Cuando terminó le dije que el personaje se parecía a un tío mío; mi comentario le dio risa, de él aprendí que muchos personajes que aparecen en los cuentos y en las novelas se parecen mucho a las personas que nosotros conocemos, que son nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros vecinos o nosotros mismos nos encontramos entre los párrafos.

 

El mentiroso, este colorido personaje de nuestros pueblos, es común para la mayoría de los habitantes, tanto que en su fama, su nombre, se convierte en un adjetivo calificativo; así, cuando mentimos, alguien nos lo hace notar nombrándonos como el chismoso del pueblo. ¿Los recuerda usted, estimado lector? A veces no es necesario nombrarlos, de solo recordarlos nos da risa, nos evoca recuerdos, nos dan ganas de escuchar aunque sea una mentira, de esas, de las que nos gustan.

 

“Un primo salió un día al monte. Luego vengo, oh, le dijo a su mujer. Tomó su sombrero, machete, su mecapal y una cuerda con la que amarró al chucho para que lo acompañara. Hacía varios días que su mamá le había dicho que tenía que parar su casa para que viviera a gusto con su mujer.

 

  • ¿Onde vas, pue?

  • Voy a cortar otate y bejuco.

Salió a la calle y agarró rumbo a Rincón Juárez. Pasaron las horas y no volvió. Por la tarde, el chucho llegó a la casa, todo sediento, pero él no regresó; así pasó un día, dos, tres, una semana, un mes. Cuando ya se iban a cumplir dos meses de que no volvía, su esposa lo vio llegar, con un tercio de bejuco al hombre y jalaba otro de otate.

 

  • ¡Hombre de Dios! ¿Qué te pasó? ¿Onde es que andabas?

  • Hay, mujer. No me lo vas a creer, vas a ver, te lo voy a contá.

Hizo una pausa, aspiró un poco de aire.

 

Vas a ver, el día que me fui, corté primero los otates, los amontoné, luego dije: ‘Voy a cortar los bejucos’; ahí andaba yo buscando uno galán, que estuviera largo; luego vi uno, me subí al árbol y jalé la punta; me bajé para que en la tierra lo jalara yo con fuerza, pero, de pronto, sentí un jalón, yo jalé con fuerza y sentí otro jalón, y cada vez que yo jalaba, sentía el jalón con más fuerza; solté el bejuco y me quedé pensando: ‘Bueno, ¿quién jijo de la chingada es que está jalando este bejuco?’. Estaba yo pensando eso cuando vi que volvían a jalar el bejuco. No me quedó de otra que subirme al árbol, agarré el bejuco y me fui siguiéndolo para ver quien lo estaba jalando, y, pues, así me fui. No me vas a creer, pero llegué hasta Guatemala, y allá había un chapín jalando el mismo bejuco que yo estaba jalando aquí, por eso me tardé bastante.

 

La mentira, estimado lector, requiere de una dosis de ingenio, otra de audacia y talento para producir una explicación a algo que se quiere justificar en el momento, lo mismo que de una ausencia de juicio para no avergonzarse o sofocarse ante la actitud incrédula de quien nos escucha.

Todo, parafraseando a García Márquez, por la bendita manía de contar. En fin, no le crea nada a este guidxha, que no sabe lo que dice, o, a lo mejor, les estoy contando una mentira.

El mentiroso

A. Antonio Vásquez

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