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Jacobo Zabludovsky murió justo en la fecha en que se cumplieron 100 años de haberlo hecho Porfirio Díaz. Ese día el politólogo José Merino envió este tuit: “La reputación o leyenda de J. Zabludovsky está repleta de aplausos y vituperios”. De inmediato llamó mi atención al pensar que la definición describía fielmente al periodista fallecido y, al recordar la efeméride de Díaz, también pensé que muy bien podría adjudicársele –guardada la enorme distancia, por supuesto– porque si para unos él es el tipo de personaje que México requiere para que deje de confrontarse eternamente, para otros es el villano por antonomasia, el que nadie desea volver a padecer en nuestra patria.

 

De un tiempo a esta parte se escuchan voces –como la del historiador Enrique Krauze– que claman porque ya sea hora de perdonar a Díaz. Su centenario luctuoso sirvió para ello y de pretexto para repensar al personaje y a su gobierno. Durante días cada analista hizo resaltar aquello que hace ver a Díaz como villano o modernizador, esto es, lo que cada uno creyó conveniente mostrar para mantenerlo en el infierno o en el purgatorio de la historia. Una historia que cada día hacemos de manera distinta pero que a ratos parece que nos obstináramos en repetir los pasajes más oscuros de ella.

 

Al Porfiriato se le estudia dividiéndolo en porfirismo (antes de 1910), antiporfirismo (1910-1990) y neoporfirismo (1990 a la fecha). En todo este lapso Díaz transitó de héroe a villano, para finalmente quedar ubicado como el constructor del siglo XX mexicano en cuanto a infraestructura, industria y comercio se refiere (Krauze). También se le ha calificado como dictador liberal (Álvaro Matute) o como un autócrata reformador o tirano honrado (Margarita Carbó). ¡Miel sobre hojuelas!

 

Quizá los historiadores han hecho suya la petición que el mismo Díaz les hizo a los diputados, contenida en el último párrafo de su renuncia del 25 de mayo de 1911, renuncia escrita pensando en el juicio de la historia que intuía adversa. En ella expresó: “El Pueblo mexicano, ese pueblo que tan generosamente me ha colmado de honores, que me proclamó su caudillo durante la guerra de Intervención, que me secundó patrióticamente en todas las obras emprendidas para impulsar la industria y el comercio de la República, ese pueblo, señores diputados, se ha insurreccionado en bandas milenarias armadas, manifestando que mi presencia en el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo, es causa de su insurrección.

 

“No conozco hecho alguno imputable a mí que motivara ese fenómeno social; pero permitiendo, sin conceder, que pueda ser culpable inconsciente, esa posibilidad hace de mi persona la menos a propósito para raciocinar y decir sobre mi propia culpabilidad.

 

“En tal concepto, respetando, como siempre he respetado la voluntad del pueblo, y de conformidad con el artículo 82 de la Constitución Federal vengo ante la Suprema Representación de la Nación a dimitir sin reserva el encargo de Presidente Constitucional de la República, con que me honró el pueblo nacional; y lo hago con tanta más razón, cuanto que para retenerlo sería necesario seguir derramando sangre mexicana, abatiendo el crédito de la Nación, derrochando sus riquezas, segando sus fuentes y exponiendo su política a conflictos internacionales.

 

“Espero, señores diputados, que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional, un juicio correcto que me permita morir, llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas. Con todo respeto. Porfirio Díaz”.

 

En efecto, Díaz fue llamado “El caudillo de la democracia” al derrotar a los lerdistas en 1876, cuando aún pocos sabían de sus aviesas intenciones de traicionar sus propias palabras que dijo al insurreccionarse contra Juárez en 1871 –quien también en este año traicionó la Constitución vigente de 1857, la cual no permitía la reelección inmediata–: “Que ningún hombre se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder y esta será la última revolución”. Y sí lo fue, solo que del siglo XIX mexicano.

 

Lo que se ha mantenido invariable del general Díaz son sus méritos militares invaluables prestados a la nación, su patriotismo y republicanismo, así en la práctica haya revertido el federalismo en centralismo. Por eso uno de los primeros honores que le hicieron en Francia fue conocer la tumba de Napoleón y que empuñara la espada de este, lo que Díaz hizo muy emocionado argumentando que no merecía tan alto honor, a lo que de inmediato el general Gustave Noix replicó: “No podía ser puesta en mejores manos” (Carlos Tello Díaz).

 

También se mantiene vigente la  traición de Díaz a la Constitución de 1857, a la que juró respetar y no solo no lo hizo, sino que la modificó para satisfacer sus ambiciones desmesuradas de poder (quizá igual o mayores que las de Juárez, quien también se sintió imprescindible y el artífice de la República Restaurada, 1867-1876). Las demás oscuridades de Díaz: echar reversa en los logros obtenidos con las Leyes de Reforma y su Guerra de Tres Años, así como haber abjurado de la Constitución para conseguir que lo casaran por la Iglesia con su agonizante esposa Delfina, se comprende y hasta cierto grado se justifica. Ello, además, no fue raro porque Díaz –a diferencia de Juárez, que nunca dejó de ser liberal consecuente– se hizo conservador y fue católico, apostólico y romano, aunque jamás permitió un comodato con el Vaticano. Y, a pesar de que siempre dijo ser un liberal, Díaz vivió como un conservador. ¿Habrá sido porque el poder y las riquezas se aclimatan y prosperan mejor en el conservadurismo?

 

Aún no hay consenso en cómo calificar al Porfiriato. En todos estos años posrevolucionarios este transitó de ser una dictadura despiadada a un régimen liberal a ultranza. A mi parecer fue un régimen que llevó muy bien a la práctica los dictados de la economía impuesta por el mundo desarrollado de la época, similar a lo que hemos presenciado en los gobiernos de los últimos 30 años, en que los tecnócratas cuidan la macroeconomía para que se cumplan con los compromisos de deuda externa sin importarles mayor cosa la microeconomía y la suerte de la mayoría de la población (Grecia es un ejemplo vivo y actual). En otras palabras: privatizar las ganancias y globalizar las pérdidas, estas siempre pagadas con deuda pública y atraso.

 

Justo Sierra, funcionario porfirista, dijo que el Porfiriato era una monarquía con ropajes republicanos. También expresó que era una dictadura social o cesarismo espontáneo. Algo similar hizo Carlos Salinas para justificar su gobierno neoliberal (1988-1994) al llamar liberalismo social a la ideología priista del momento.

 

Francisco Bulnes por su parte, escritor porfirista, llamó al Porfiriato régimen autoritario y paternalista que gobernó al país “con un mínimo de terror y un máximo de benevolencia”. Otro escritor y político –quien fuera representante en Canadá del usurpador Victoriano Huerta–, Emilio Rabasa, lo calificó como la dictadura benévola. Ambos coincidieron en afirmar que la benevolencia de Díaz era única y merecedora de ser prolongada. No lo dijeron por casualidad, todos ellos pertenecían a la élite intelectual y a la aristocracia.

 

La pléyade de intelectuales y artistas del Porfiriato –a la que por cierto poco se le critica– rara vez dijo: “Esta boca es mía” debido a que fueron callados con premios y cargos públicos (algunos en la diplomacia). Fue por eso que en ese tiempo florecieron las artes y las ciencias, porque quienes lo hicieron posible se dedicaron a lo suyo. No fueron apartidistas, sino porfiristas obedientes y silenciosos. La prensa fue amordazada por Díaz al impedir la libre circulación del pensamiento crítico en un pueblo sumido en la miseria, el analfabetismo y la insalubridad. Honrosas excepciones fueron el periódico “El Hijo del Ahuizote” y los hermanos Jesús, Ricardo y Enrique Flores Magón, oaxaqueños –“para que la cuña apriete…”– que trabajaron por la democracia, casi siempre  en la clandestinidad y hostigados por el poder del régimen, que los obligó a exiliarse.

 

Se cree que con el historiador Daniel Cosío Villegas el enfoque hacia Díaz y el Porfiriato comenzó a cambiar: dejó de ser el villano de nuestra historia patria –pintado así por la Revolución- para presentarlo con otra cara: la del modernizador. A Cosío se le endilga la revaloración del Porfiriato al afirmar que Díaz es el punto culminante de la historia moderna de México. Después de él, otros han seguido sus pasos llamando la atención que Díaz fundó instituciones que han llegado hasta nuestros días. A  Krauze se le atribuye haber definido al Porfiriato, en 1990, como una dictablanda, para contraponerlo a la dictadura, definición con la que está de acuerdo Paul Garner, uno de los especialistas sobre el Porfiriato. Ellos lo ven así  porque durante el régimen porfirista hubo elecciones –hasta un opositor cómico-loco tuvo Díaz en sus reelecciones: Nicolás Zúñiga y Miranda–; estuvo vigente la Constitución de 1857 –de la que en su promulgación casi todos los actores políticos dijeron que no podría llevarse a la práctica, lo que derivó en la Guerra de Reforma– por lo que Díaz gobernó una república representativa, democrática, laica y liberal, así ello no fuera del todo cierto.

 

Así, pues, los historiadores neoporfiristas resaltan la infraestructura, la riqueza material del Porfiriato, y no la inmaterial, la humana, aquella que la historia nos restriega a la cara diciéndonos que en la era de Díaz se reforzaron las bases para que México siguiera siendo un país desigual, racista, clasista, con una política de simulación y la instauración de un presidencialismo desorbitado y trasnochado, el cual trascendió la Revolución y vino a desembocar, remasterizado diríamos ahora, en el PRI, por lo menos desde Lázaro Cárdenas (1934-1940). A propósito, para Arnaldo Córdova, el PRI es un porfirismo refinado, por lo que terminó siendo –digo yo– “La dictadura perfecta” que dijo Vargas Llosa del priismo, así hoy día ya no esté muy convencido de su definición.

 

Ciertamente, la historia la padecen unos y la escriben los vencedores o aquellos que no sufrieron las consecuencias desastrosas de esa historia, sino que, por el contrario, fueron sus beneficiarios. Asimismo, todo régimen para arraigarse echa mano de la manipulación ideológica, y el Porfiriato no podía ser la excepción. Justo Sierra, encargado de la educación nacional durante el Porfiriato, suplantó la historia que se venía inculcando –la cual tenía como villanos a los españoles– e introdujo en su lugar loas al triunfo de los liberales en la Intervención para recalcar la afrenta a la patria por parte de Francia, Maximiliano y los conservadores,  quienes no solo perdieron la guerra de Reforma, sino que se les acusó de traidores.

 

No obstante ello, cabe resaltar que Sierra y muchos otros que sirvieron a Díaz, como Los Científicos (todos ellos imbuidos del positivismo) –encabezados por José Y. Limantour, su ministro de Hacienda, y el juchiteco Rosendo Pineda, entre otros-, no eran liberales, sino conservadores, gente que al final se supo acomodar a los nuevos tiempos políticos, como ahora mismo ocurre. Mérito este –el de conciliar– que atribuyen a Díaz, ya que integró a su gabinete todas las tendencias políticas, incluso a sus enemigos, a diferencia de Juárez –“dictador de bronce”, lo llamó Sierra, dice José Crespo-, quien nunca perdonó la deslealtad política. Afirman que no pudo hacerlo porque Juárez era indio de cepa pura, no ladino como Díaz. Yo pienso que, más que eso, el hombre era desconfiado y sin la capacidad para olvidar fácilmente las traiciones, amén que no fue para nada lisonjero. La clave: su honradez, en la que llevó siempre ventaja a Díaz, quizá porque fue menos mundano que este, así ambos hubiesen sido masones, aunque de distintas logias.

 

Así como Díaz llegó a decir una de sus frases más nombradas: “Pobre México: tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, así yo digo, parafraseándolo: “Pobre Díaz, tan cerca de la aristocracia y tan lejos de los pobres”. No pudo librarse de su dependencia a vivir en la cima del poder rodeado de riquezas y de lisonjas. Y, aunque se dice que al salir al exilio dejó en las arcas nacionales 40 millones de pesos oro y cero pesos de deuda, lo cierto es que también dejó a un país en guerra civil que arrojaría casi un millón de muertos. Ah, y una historia negra de represión: encarcelamientos, fusilamientos o linchamientos con la temida ley de fugas, la misma que Victoriano Huerta mandó aplicar a Francisco I. Madero y a José María Pino Suárez, en los muros del Palacio de Lecumberri, que esa noche del 22 de febrero de 1913 vio acrecentarse su negra fama.

 

Qué paradoja: México en 1910 era el país más industrializado de América Latina y, sin embargo, en él tuvo lugar la primera revolución del siglo XX. ¿Qué sucedió? Lo de siempre: desigualdad social, pobreza extrema, pérdida de las libertades, represión, desempleo, devaluación de la moneda, descontento generalizado, desaliento económico en los ricos al ver menguar sus privilegios y la ineficiencia del gobierno al ver variar los apoyos de quienes dependía: oligarquía local, capitales golondrinos y potencias extranjeras. Todo ello, sin que Díaz se hubiese percatado –eso nos hace pensar al leer su renuncia–, lo que nos habla no solo de su decrepitud, sino de cómo Los Científicos lo tenían aislado, engañándolo, manejando a su antojo al país, corrompiendo la vida pública.

 

Cercado por las turbas, a Díaz no le quedó más salida que el exilio, así haya mentido al decir que abandonó el país voluntariamente. Tuvo la virtud de darse cuenta de que sus tropas esta vez no podrían ganar la guerra contra todo un pueblo insurrecto, por lo que quedarse significaba ser asesinado. Él lo sabía, no en balde había visto a muchos antes de él correr esa suerte por mucho menos.

 

Viejo y enfermo –a decir de Limantour, desde el 23 de mayo le aquejaba un terrible dolor por una pésima extracción de un molar por un dentista gringo (periostitis aguda, dice la doctora Martha Kuri Díaz)– lio sus bártulos (incluidos ocho baúles con sus archivos) y liquidó a su numerosa servidumbre –que lloró su partida–, pagándoles en pesos oro.

 

Los generales Joaquín Chicharro y Victoriano Huerta escoltaron la comitiva de Díaz –que viajó en tren– al puerto de Veracruz, donde un asalto en el camino puso en peligro los bienes y la vida de la otrora “Familia real”, percance que resolvieron favorablemente ambos militares, quienes poco después estuvieron involucrados directamente en la muerte del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez (Carlos Tello Díaz); cargo este, el de vicepresidente, que Díaz introdujo en 1904 pensando que podría morirse en el poder y el país sacudirse violentamente.

 

Huerta, hombre siniestro y borracho consuetudinario, nunca dejó de ser fiel a Díaz, quien, ya en Europa, se congratuló del cuartelazo al gobierno de Madero al decir que al fin había vuelto el país a la normalidad. A pesar de que no se acusa a Díaz de ser el autor intelectual de la Decena Trágica, que culminó con la muerte de Madero y Pino Suárez, yo considero que es muy probable que haya tenido algo que ver en él siendo como era, un ladino que engañó a todo el mundo cuantas veces quiso, y porque tenía motivos para ordenar la revuelta: odiaba a quienes lo derrocaron. Si a ello agregamos que el ejército que él dejó fue el autor material de la usurpación –comandado por Huerta y apoyado por Félix Díaz, sobrino de don Porfirio–, hay bases para sospecharlo.

 

Ya en el buque alemán Ypiranga con toda su familia, el 31 de mayo de 1911, en el puerto de Veracruz y antes de partir al destierro, el patriarca don Porfirio habrá echado un último vistazo a la patria que metió en cintura, convencido de que lo había hecho muy bien, sorprendido, eso sí, de que a pesar de todo su esfuerzo y entrega no le estuvieran agradecidos los mexicanos, sino, por el contrario, lo odiaran al grado de expulsarlo de manera perentoria. No creo que haya recordado el 16 de septiembre de 1897, cuando Arnulfo Arroyo atentó contra su vida sin lograr matarlo. Tampoco se habrá detenido en las ocasiones que estuvo a punto de perder la vida en las decenas de batallas que libró. Ni creo que haya sentido remordimiento alguno –por ser anciano de 80 años y militar de alto rango– por tanta sangre derramada durante su gobierno. Es posible que solo pensara en sus logros obtenidos durante toda su vida, esta, siempre en riesgo de perderse. Quizá pensó en todos sus muertos, comenzando con sus padres enterrados en su tierra natal –su Oaxaca, tan amada por él– y que entonces recordara el vals “Dios nunca muere” (1868), del oaxaqueño Macedonio Alcalá (1831-1869), el que tantas veces escuchó y bailó en Palacio Nacional, en el Castillo de Chapultepec o en las fiestas ofrecidas por la aristocracia, en donde él y su esposa Carmen fueron siempre los invitados de honor (https://www.youtube.com/watch?v=FtsXHpgjt6E).

 

Para mí, el perdón a Porfirio Díaz ya no importa tanto, se le puede otorgar con facilidad siempre y cuando no se olvide la era de terror que instauró en México durante su gobierno, ello para que no se vuelva a repetir ni se tolere si se llegara a presentar. Bienvenidos sean a México sus restos –si es que aún están en Francia y no los han saqueado– con los honores militares que creo se merece, ya que fue un patriota cabal y nunca traicionó a México, como sí lo hizo Santa Anna, y Juárez estuvo en un tris de hacerlo.

 

El general Porfirio Díaz fue para mí un déspota y ejerció un patriarcado a la usanza de los patriarcas bíblicos. Por eso vio a todos los mexicanos como a hijos menores de edad que no estaban capacitados para la democracia. Nunca se dio cuenta de que ellos crecieron y se hicieron adultos y que como tales exigentes de sus derechos más elementales. Ello fue así porque Díaz los creyó eternamente sujetos a su férula autoritaria. Se creyó no solo necesario, sino indispensable e insustituible y, si me apuran, único, el mejor de todos, merecedor de ser servido.

 

Por otra parte, no creo que el error de Díaz haya sido no haberse retirado del poder a tiempo o no haberse muerto antes de su última reelección, el 26 de junio de 1910, reelección que alargó a seis años el mandato presidencial, como hasta hoy sigue siéndolo. Tampoco creo que decidió reelegirse –no obstante haberle dicho a J. Creelman que ya no lo haría porque México estaba preparado para la democracia– solo para que le tocara celebrar el Centenario de la Independencia (festejo al que le cambió la fecha del 16 al 15 de septiembre, día de su cumpleaños). En alguien como él, todo ello era punto menos que imposible; su ambición enfermiza de ser un monarca en un país tropical como México lo dominó siempre por encima de otras razones, por lo que estirar la cuerda hasta reventarla era su sino.

 

Así, pues, para mí, México no califica para ser llamado un país moderno durante el Porfiriato. Si lo fue, solo una élite supo de ello y lo disfrutó dentro y fuera del país, mientras que la plebe trabajaba de sol a sol para sostener el tren de gastos. Por el contrario, México fue bárbaro y salvaje –quizá un poco menos que en tiempos de los tlatoanis aztecas–, tal y como en muchos pasajes lo llegó a pintar en su ensayo “México Bárbaro”, de 1911, el escritor norteamericano John Kenneth Turner, testigo ocular desde 1908 de algunos hechos que narra, cierto que a ratos de manera parcial y propagandística.

 

Para finalizar, debo consignar que el gobierno del estado de Oaxaca, el ayuntamiento de esa ciudad, el Congreso Local y descendientes del general Porfirio Díaz realizaron un acto solemne –con asistencia de los tres poderes del estado– para rememorar el centenario de la muerte del también llamado “Soldado de la patria”. También solicitaron de manera oficial que sean repatriados sus restos mortuorios de Francia. Asimismo, la LXII Legislatura del Estado de Oaxaca declaró al año 2015 “Año del centenario de la Canción Mixteca” (su letra, porque su música fue compuesta en 1912), melodía del mixteco José López Alavés (1889-1974), quien no pudo grabarla en disco, por lo que se perdió la oportunidad de que la escuchara Díaz –otro mixteco– en el fonógrafo que le mandó a regalar su inventor, Thomas Alva Edison, a quien conoció en Nueva York en 1883. Tampoco pudo saber de la letra, la cual, si uno la analiza, parece que fue escrita para Díaz en su exilio, un exilio del que algún día regresará, y ciertamente que lo hará por el oriente (https://www.youtube.com/watch?v=qFSpgjmfCIs).

El patriarca Don Porfirio (IV)

Juan Henestroza Zárate

Tomada de www.planoinformativo.com

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