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30/8/2016

 

Caminé vacilante tras las huellas de los recuerdos en el vacío impune del tiempo; con la melancolía de compañera, que empaña los recuerdos de los fugaces amores eternos; los amores eternos que caminan a nuestro lado, que dejan hondas cicatrices. Transgresor que deja la vida marcada para siempre, cCCccmmaminé vacilante ante el recuerdo del amor más grande de mi vida: el futbol.

 

En esa nube de recuerdos y polvo me vi corriendo tras un balón de futbol –más bien, uno de basquetbol, ya que en el pueblo no conocíamos un balón del deporte de las patadas–. En aquellos años de los 70 vimos uno en una película que se exhibió en el cine de Ixhuatán; con entusiasmo conocimos un deporte lejano a los jóvenes de la época. Las Chivas Rayadas nos impactaron a tal grado que al siguiente día andábamos corriendo tras un balón de básquet. Las Chivas de la época de Chava Reyes, Isidoro Díaz, “Tigre” Sepúlveda y demás estrellas a las que se les rendía tributo por pertenecer al equipo más popular.

 

A partir de entonces, una epidemia se apoderó de aquellos estudiantes de la secundaria Unión y Progreso, a quienes recordaré con mucho cariño; a mis entrañables compañeros, con los que jugaba en el campo colindante al río sin reglas y entre el monte; sin conocer las técnicas, todo era natural e instintivo. Recuerdo a mis amigos: el hoy maestro “Gasparín” Toledo, Tito Matus, Moisés o Cheché, Sebastián Salinas, Rodolfo Liljehult, y los que vinieron después de esa embestida futbolera para dar inicio a este deporte en nuestros pueblos y que posteriormente hiciera olvidar un poco la afición por el beisbol, deporte que han practicado grandes istmeños.

 

Reforma e Ixhuatán sostuvieron una rivalidad que a la postre adquirió fama por quienes nos fuimos a estudiar al DF, pues fuimos reconocidos por los chilangos, quienes observaron una notoriedad técnica que fue comentada. ¿De qué escuela surgió este futbol si no había ni televisión en la que viéramos las técnicas de los que se consideraban profesionales en aquel entonces?

 

Hubo quienes tuvimos la oportunidad de enrolarnos en el futbol profesional, pero para nuestros padres era un tabú cambiarlo por los estudios; pero hoy los frutos se han dado, ya que nuestros pueblos han surgido personajes como David Toledo y, en especial, Javier Aquino –este último que ha destacado con buen futbol y del cual debe sentirse orgulloso el pueblo de Ixhuatán–.

 

Es loable y admirable que nuestros futbolistas salieron del llano, del lodo, del polvo; se aferraron al balón. Así nacen los grandes: por el amor de jugarlo, no con fines materiales. Quienes han tenido la suerte y han sabido luchar han marcado la diferencia entre ellos y futbolistas mediocres producto de recomendaciones o mercadotecnia, a los que les queda grande donde pisan y al poco tiempo se ahogan en el ego de su mediocridad, que al final los hace caer por el fanatismo ciego de no ver la realidad.

 

Es notorio cómo unos cuantos futbolistas marcaron un parteaguas en el futbol mexicano. Hay que reconocer a quienes llegaron por sus facultades. Muchos ya están retirados. Hoy nos conformaremos con ver en los clubes mexicanos a más extranjeros que futbolistas locales; mercenarios que hacen a un lado a nuestros jóvenes; valores que se perderán en el anonimato.

Futbol, encuentro con el pasado

Manuel Eugenio Liljehult Pérez

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