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Toda nación, estado o comunidad que quiera mantener firme su identidad ante la incontenible vorágine de la vida contemporánea debe ocuparse en educar con las mismas oportunidades a la totalidad de sus ciudadanos, pero, sobre todo, a sus ciudadanas, que son las que se mantienen en las estadísticas del rezago y la desigualdad.

 

No existe otra forma de hacerle frente a los abismos existentes entre los grupos poblacionales de cualquier territorio más que dotar de educación. Ni el asistencialismo ni la inversión pública y/o privada a los sectores productivos ni construir viviendas por centenares o replicar los proyectos productivos tipo “changarro” al sector informal van a lograr el anhelado desarrollo, mucho menos preservar la identidad.

 

La gran mayoría de los gobiernos y gobernados de nuestro país mantiene desde el siglo pasado –herencia de la Revolución Mexicana- una relación obsesiva por el crecimiento económico y el desarrollo social colectivo pero con  repercusiones particulares, es decir, para sus propios bolsillos.

 

Es por eso que ni los programas de gobierno ni el esfuerzo ciudadano han repercutido de manera impactante en la economía nacional; por el contrario, la pobreza extrema rebasa el 40 por ciento del total de habitantes de México, porcentaje concentrado casi totalmente en el sur y sureste del país.

 

Además de este incipiente desarrollo social y económico en el territorio mexicano, se agregan otros factores como la incontenible migración de hombres y mujeres a los Estados Unidos, la “aparición” de cada vez más células del crimen organizado, la corrupción que ahoga al sistema político y, por supuesto, la inequidad de género.

 

Por si todo lo anterior fuera poco para vivir en estado de pánico, nos topamos con el hecho de que poblaciones enteras están perdiendo su identidad cultural, olvidando sus raíces para ir en busca de una mejor vida, enterrando sus lenguas indígenas para estancarse en el español y sobrevivir entre la marea de gente buscando oportunidades en las grandes ciudades.

 

Las actuales generaciones viven cada vez más dentro de un individualismo egoísta que obstaculiza el rescate y preservación de la identidad de su cultura, pero no es solo culpa de estos. Las madres y los padres los expulsamos de nuestras comunidades a perseguir una suerte que nosotros no hallamos dentro de nuestra tierra.

 

Pero todo esto esconde hasta el fondo de la tinaja una problemática que recién se ha puesto sobre la mesa de planteamientos pendientes en el ámbito institucional, al menos en nuestro estado: la desigualdad de género, misma que de ser atendida y erradicada con la misma urgencia que la pobreza extrema o la inseguridad.

 

La desigualdad de género se manifiesta en todas las áreas en las que se desarrolla una mujer; obviamente, aunque hablamos de género, las tasas negativas recaen en las mujeres.

 

Esta inequidad es la principal causa de la violencia hacia las mujeres, así como de que persistan las altas tasas de mortalidad materna en nuestra entidad, así como de los escasos espacios representados por una mujer, ya sea en la política, en el servicio público, iniciativa privada, incluso en la investigación científica o cualquier área de la cultura.

 

Sin embargo, la mejor forma de lograr esta equidad es empezando por la educación. Oaxaca ocupar el tercer lugar a nivel nacional en analfabetismo, es decir, que, por cada 100 habitantes mayores de 15 años, 16 no saben leer ni escribir, mientras que del total de personas analfabetas que hay en Oaxaca, el 65 por ciento son mujeres, según el último Censo General de Población.

 

Es aquí en donde se encuentra la inequidad de género más grave. Las mujeres registramos un mayor rezago en el sector educativo a nivel nacional y en el estado, así como en cada una de las ocho regiones.

En la región del Istmo, por ejemplo, la segunda en el estado con mayor tasa de participación económica, las cifras oficiales muestran que, en rubros como el comercio, servicios y el sector agropecuario, de las 218 mil 182 personas económicamente activas, 154 mil 802 son hombres, el resto, 63 mil 380, son mujeres. He ahí otra inequidad más.

 

Volviendo a la desigualdad de género en materia educativa, en todos los municipios del Istmo de Tehuantepec, el último censo poblacional registró que 63 mil 485 personas mayores de 15 años no saben leer ni escribir, de las cuales el 35 por ciento son hombres, y el 65 por ciento, mujeres.

 

Incluso uno de los dos municipios con mayor índice de mujeres analfabetas en el estado se encuentra en la región del Istmo: San Juan Guichicovi. Ahí, el 50.2 por ciento de sus habitantes mujeres son analfabetas e indígenas.

 

Este dato que representa al Istmo de Tehuantepec y a todos los municipios que lo conforman se contrapone con la imagen internacional que nos regaló a principios del siglo pasado el director de cine Serguéi Eisenstein, cuando, en sus documentales plasmados en celuloide, mostraba a las hermosas mujeres ataviadas con sus trajes de gala aterciopelados bordados de flores coloridas, garbosas y altivas, encabezando lo mismo festividades religiosas que alguna celebración familiar u organizando el comercio los días de mercado.

 

El famoso matriarcado que hizo famosos a los pueblos istmeños llenos de cultura y tradición, pero cuyo verdadero funcionamiento solo conocen las familias de cada población, así como de una actividad comercial y cultural importante dentro del estado.

 

Pero es ahí en donde las cifras no cuadran. Si de verdad el Istmo tiene esta fama de mujeres empoderadas y activas en la vida social, económica y política de la región, ¿por qué los beneficios no se reflejan con esta misma ventaja a su favor, sino en su contra?

 

La respuesta es la misma para esta y cada una de las regiones en que se organizan todos los estados del país: la inequidad de género, que no es más que la existencia de ventajas y beneficios considerables y fácilmente medibles para uno de los géneros: el de los hombres.

 

De nada nos sirve como etnia, cultura o civilización estar plagadas de riqueza cultural, tradiciones, desarrollo económico y participación política y ciudadana con bases democráticas si nuestras mujeres y hombres no se encuentran en igualdad de condiciones para poder transmitir y preservar esa identidad.

 

Esta desigualdad no solo es educativa, en todos los sectores y ámbitos de desarrollo y empoderamiento personal las mujeres apenas y aparecen en las estadísticas, mientras que, en estudios sobre violencia, marginación y pobreza, las mujeres las encabezan, en Oaxaca y en la mayoría de las entidades mexicanas.

 

Pero insisto en que la única forma de hacerle batalla a esta desigualdad es empezando por garantizar la educación a todas las mujeres de nuestro entorno porque, aunque es tarea del gobierno cumplir con lo establecido en el Artículo 3º constitucional, la responsabilidad ciudadana tiene más fuerza y resultados más tangibles.

 

Adoptemos el compromiso social de contribuir a erradicar la desigualdad educativa: enseñando a leer a las mujeres, apoyando de alguna forma la continuación de sus estudios, promoviendo entre nuestros paisanos, parientes y conocidos el derecho de las mujeres a la educación, en fin, que vías de coadyuvancia sobran.

 

El día que logremos la paridad educativa en nuestro estado habremos garantizado la preservación de nuestra identidad como oaxaqueños, tan repleta de diversidad y color, porque hacen falta escritoras, investigadoras, historiadoras, maestras, directoras de orquestas, cocineras tradicionales, artistas plásticas, coreógrafas, promotoras culturales, periodistas y cualquier profesión u oficio que podamos desempeñar las mujeres con el mismo éxito que lo han venido los hombres de esta región, ahora en el ámbito público, con preparación y garantías de respeto a nuestros derechos.

La equidad educativa como vía para preservar nuestra identidad

Cinthya Lorena Vasconcelos Moctezuma

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