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Además de lo hermoso que resultó el primer encuentro con mis compañeros y compañera de Panóptico Ixhuateco en la tierra que los vio brotar al sol, me traje de Ixhuatán la imagen de un gallo que paseaba indiferente y presumido por el patio de la casa en la que una familia muy amablemente me compartió de sus alimentos.

 

Con el temor de que ese ser emplumado sospechara que en ese mismo momento en que él hacía la ronda previa al atardecer, yo disfrutaba descaradamente del segundo plato de caldo de… ya saben, (pollo), no dejé seguirlo con la mirada hasta que me retiré del sitio. Precaución simple.

 

Durante el viaje de retorno a mi ciudad de origen, mi compañero de viaje y yo mantuvimos una plática muy amena más que por ganas, con la intención de mantenernos alertas durante el camino. En más de dos ocasiones evidencié que no le estaba prestando atención tras expirar algunas frases incongruentes con la conversación.

 

Le expliqué a manera de disculpa que si hay ruido ambiental me distraigo de la plática –es cierto-, lo que no le confesé es que venía pensando en el gallo esponjoso y altanero que me dio una clase de cómo intimidar a través de la hermosura y el desdén, y claro, también venía pensando en mi hija, que estaba con fiebre cuando la dejé muy temprano en casa de su abuela para poder asistir a la ansiada reunión.

 

Al día siguiente, ya en mi casa, les conté a mi hijo y a mi hija sobre el gallo. Les describí el brillo de las plumas y los colores tornasolados que lo hacían parecer una pintura viviente: “Deberían verlo caminar, tan erguido y seguro, sin bajar la mirada, a momentos creo que volteaba a verme y yo quería esconder mi plato y lavarme las manos y la boca con detergente para dejar de oler a… (pollo)”, les detallé mientras los dos reían meneando la cabeza con algo de pena ajena y desaprobación.

 

Pero a esos dos pequeños nos les bastó que les describiera al gallo, me preguntaron sobre el encuentro y mis compañeros de trabajo, así como respecto al pueblo, sus calles, las casas, a qué olía, si había perros durmiendo en las calles, agotados de sol y aprovechando la sombra de los árboles; si fui al mar, si vi estrellas en la carretera, el color de la banca donde me senté y una amplia justificación de por qué no tomé fotografías de nada.

 

Eso es algo que hacen las niñas y los niños: absorberlo todo, imaginarlo, convertirlo en algo propio, reconstruirlo y transmitirlo. Dos días después, mi hijo me mostró unos dibujos, me compartió emocionado que tenía una historia sobre el gallo y la escribimos, algo surrealista, como todo lo que emana de él, pero quedó plasmada en unas hojitas de una vieja agenda del 2011.

 

Lo anterior me llevó a replantearme la idea de que es indispensable fomentar la lectura desde la primera infancia. Por supuesto que sigo convencida de que la lectura proporciona muchas herramientas para el autodescubrimiento de nuestra función personal y social en la vida, pero ahora considero prioritario el fomentar el registro de historias, emociones y pensamientos del entorno a través del lenguaje escrito y/o visual.

 

En el encuentro de Panóptico Ixhuateco, uno de los puntos en los que más se ahondó fue el de preservar y transmitir la riqueza de nuestro pueblo, surgieron valiosas propuestas, pero se nos olvidó poner la mirada en quienes poseen la sensibilidad, el interés y la perspectiva para recopilar, recrear, documentar y transmitir lo que es el cosmos istmeño llamado Ixhuatán: las niñas y los niños.

 

No se trata de una tarea fácil, pero sí algo que todas y todo podemos hacer, ya sea proporcionándoles información sobre el municipio, contándoles las leyendas, los relatos locales, hablándoles de las tradiciones y costumbres, de lo que creemos que debe legarse y de lo que no, dejándolos correr y experimentar libremente cada rincón natural del pueblo, vivir los festejos, participar en las tareas ciudadanas y familiares y, después de todo eso, pedirles que lo escriban.

 

Sin importar ortografía, gramática, manejo de tiempos, nada de eso les importa a las y los pequeños, solo necesitan hojas, tal vez los cuadernos reciclados del ciclo escolar anterior, qué tal una pared que resista ejércitos de garabatos, lápices, colores, pinturas, y mucha paciencia.

 

Pueden ser dibujos, pequeñas frases, párrafos cortos; les encanta, por ejemplo, inventar códigos que solo ellos y quienes sean cómplices en su grupo creativo entiendan; lo importante es que, además del amor por la lectura, crezcan con la necesidad de escribir sobre todo lo que les rodea e interesa.

 

En menos de 10 años, tendremos a una generación de probables escritoras y escritores, historiadores, periodistas, investigadoras, antropólogas, pintores, profesores, conservacionistas, médicos, que, estimulados por su entorno natural, social y cultural, tengan como hábito y actividad preferida el registro de sus huellas y las de sus antecesores.

 

Ixhuatán está hecho de historias, está en una etapa en la que comenzará a tejer nuevos acontecimientos a la red que sostiene su origen y que se extiende cada noche sobre su mar y sus patios arbolados, no descartemos a los niños y niñas como los guías que necesitamos para que este poblado recupere su magia o rehaga sus narraciones poéticas y míticas.

 

Promover la lectura y la pasión por escribir es una tarea ciudadana de todas y todos los ixhuatecos, sin importar el sitio en el que nos encontremos, siempre late en el estómago ese tumbo marino por volver y mirar si todo sigue igual de sorprendente a como lo era en nuestra niñez. Es indispensable contar con un acervo tangible, iniciarlo y formar a los más jóvenes en esa misión.

Escribir sobre Ixhuatán, el oficio idóneo para niños y niñas

Cinthya Vasconcelos Moctezuma

Tomada del sitio www.thekingsoftheblog.com

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