top of page

13/9/2016

 

De pintoresco y extravagante calificó el presidente de Estados Unidos a su homólogo de Filipinas después de que fuera insultado públicamente por este. Y agregó: “Lo que he hecho es pedir a mi equipo que hable con la parte filipina para ver si se trata de un momento en el que podemos mantener conversaciones constructivas" (RPP Noticias). Por su parte, el líder filipino, una vez dimensionó su proceder, expresó en un comunicado: "Lamentamos que (los comentarios) se hayan entendido como un ataque personal hacia el presidente de EE.UU. Nuestra intención principal es trazar una política exterior independiente a la vez que promocionamos lazos más estrechos con todas las naciones, especialmente EE.UU., con quien hemos tenido una relación duradera". Un ejemplo clásico de que el miedo no anda en burro. O la típica pose del avestruz cuando entierra su cabeza.

 

Este tipo de incidentes vergonzosos por desgracia no son nuevos en las relaciones internacionales. En mi memoria conservo los exabruptos de Fidel Castro a todos los presidentes norteamericanos de los años 60 a la fecha, conducta que hizo escuela en jefes de estados iberoamericanos, entre los que destacaron los de Nicaragua y Venezuela, aunque Bolivia y Ecuador son fuertes aspirantes a suplantarlos. Quién no recuerda la verborrea folclórica de Hugo Chávez, a quien por cierto exhibió el exrey de España Juan Carlos. Ni qué decir de las amenazas –veladas o directas en los diversos foros internacionales– lanzadas al imperialismo yanqui por los gobiernos  comunistas o socialistas una vez terminó la Segunda Guerra Mundial y fue construido el Muro de Berlín. Recientemente, el dictador de Corea del Norte la emprende contra EE.UU un día sí y el otro también. Pues todos ellos, sin excepción, le han hecho a Estados Unidos lo que dicen le hizo el viento a Juárez: ladearle el sombrero. Mucho ruido y pocas nueces de quienes se sienten inferiores y acomplejados por equis, ye o zeta razones, válidas o no.  

 

En México no cantamos mal las rancheras en cuanto a lanzar vituperios a los EE.UU; hasta una expedición armada –la de Pancho Villa a Columbus– tuvimos en 1916. Exceptuando a los oaxaqueños hermanos Flores Magón, comunistas, ha habido animadversión hacia aquel país en distintos personajes y en varios momentos de nuestra historia. Uno de los primeros, creo yo, fue el mismísimo Porfirio Díaz, a quien se atribuye la célebre frase memorable –así digan que no es suya– que nos gusta creer define la relación entre ambos países: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Patriota por los cuatro costados, Díaz desconfiaba de USA, aunque por otra parte creía en el capitalismo liberal, ya que se arrimó a la sombra de Gran Bretaña y Francia. Distinta conducta a la de Benito Juárez, quien admiraba a la nación norteamericana y en un tris estuvo a punto de comprometer gravemente nuestra soberanía –a cambio de un préstamo de dos millones de dólares– con la firma del Tratado McLane-Ocampo, que para fortuna nuestra no fue ratificado por el Senado de EE.UU.

 

De todos los presidentes mexicanos, sin duda, quien tuvo el discurso más virulento contra Estados Unidos fue Luis Echeverría. Ni Lázaro Cárdenas, el presidente cuasi socialista que tuvimos, tuvo la imprudencia política que caracterizó a Echeverría. Consumido por su ego, que le hacía creer ganaría el Premio Nobel de la Paz al convertirse en adalid del tercer mundo, Echeverría consumió gran parte de su energía en batallas quijotescas perdidas de antemano. Así, en lugar de enfrentar los graves problemas nacionales, distrajo su atención en los asuntos internacionales. Y, cuando él despertó –diría, parafraseando a Augusto Monterroso–, el imperialismo yanqui seguía ahí, más robusto, más depredador.

 

Con Carlos Salinas de Gortari se intentó voltear la página, dejar en el pasado el supuesto rencor histórico que los mexicanos sentíamos hacia los gringos después de que Antonio López de Santa Anna – el prototipo de traidor a la patria que aún nos queda– dejara en manos gringas la mitad de nuestro territorio. Desaguisado que tuvo como ingredientes no solo el ego hipertrofiado del 6 veces presidente de México, sino la colaboración de un pueblo que creía en los predestinados. Y qué mejor manera de olvidar el pasado que nos laceraba que suprimir en los libros de texto de historia de educación básica los capítulos que nos hablaban de ella. Fue en tiempos de Salinas cuando se dijo que la hazaña de los llamados Niños Héroes no había sido más que un mito, si no es que una vil patraña. Ah, de paso, como quien no quiere la cosa, se intentó dar un perfil favorable a figuras presidenciales que los mexicanos de aquel momento detestaban, de los que Gustavo Díaz Ordaz fue uno de ellos al decir que lo de Tlatelolco no había sido más que una simple escaramuza. Aunque se retiraron los libros, la semilla cultivada germinó, y más tarde los dos sexenios panistas abonaron a su crecimiento. Uno de los personajes que se opuso en aquellos años, Gilberto Guevara Niebla –que entre sus cartas credenciales destaca su participación en el movimiento estudiantil de 1968–, es hoy consejero del INEE y partidario de la reforma educativa.

 

En realidad, si existe defecto en el conocimiento de nuestra historia, ello se debe a esos mismos que desde el poder la han difundido del modo que han querido para provecho personal. Así ocurre en todas partes, tampoco hay por qué extrañarse de ello, solo consignarlo. Todas las naciones cuentan con historia, mito y leyenda propios que les sirve para cimentar el nacionalismo o patriotismo. Así, el vecino, cercano o lejano, muchas veces es usado como “extraño enemigo” –dice nuestro himno nacional– o chivo expiatorio. Por supuesto que en el malestar de los mexicanos, cubanos, venezolanos, nicaragüenses, bolivianos o ecuatorianos contra la nación norteamericana puede haber motivos que justifiquen en parte dicho enojo. Pero de ahí a achacarle a aquella nación todos los males propios del presente dista mucho. Ello, creo, se ha ido comprendiendo poco a poco no solo en nuestro país, sino en el mundo entero. En otras palabras, cada nación sabe hoy día que, si bien es cierto los brazos del gigante del norte son enormes y tienen el poder y los recursos para esculcar cualquier nación, la mejor defensa será trabajar unidos para engrandecer la propia patria y poder vivir en libertad y sana interdependencia con el resto del mundo.

 

Ello viene a cuento a raíz de lo ocurrido entre el presidente de México y uno de los dos candidatos a la presidencia de los EE.UU, Donald Trump. A esta hora casi todo el mundo ya expresó lo que piensa de dicha visita, y, unos más, otros menos, la han desaprobado; a esas opiniones remito a los interesados en el tema. Hay, incluso, quienes hablan de traición a la patria, a todas luces una exageración. Otros se han metido a averiguar de quién fue la idea de invitar a Trump, como si ello, a toro pasado, importara más que los resultados que saltan a la vista. El mismo presidente mexicano, a esta hora, parece que ya se dio cuenta que sus justificaciones solo enredan más el asunto; lástima que conforme acaba su sexenio se verá impelido a hablar más de la cuenta. La gente quiere sangre, llevar al presidente y a su gobierno a la piedra de los sacrificios y, una vez se les arranque el corazón ahí, emprender otra guerra florida que caracterizó a los mexicas en tiempos de paz. Guerra florida que por lo demás el mundo entero practica para reactivar su economía y de paso su estado de ánimo.  

 

Es cierto, “el horno no está para bollos”, lo acaba de decir el exdirector de TV UNAM, Nicolás Alvarado, quien se dijo sorprendido de las respuestas airadas contra su persona en redes sociales una vez dijera lo que dijo de Juan Gabriel. Al parecer vivimos en un país minado que cualquier paso en falso nos puede dañar. La sociedad vive crispada no solo por la violencia e inseguridad que se han enseñoreado de nuestra geografía, sino principalmente por la falta de oportunidades que provean a las familias de los recursos necesarios para subsistir. Esta lucha por la sobrevivencia es la que provoca que cualquier error, olvido u omisión por parte de las autoridades se sobredimensione y suscite ataques viscerales hasta de los propios amigos y aliados. Caldo de cultivo este donde todos los actores políticos de la hora lanzan sus anzuelos y pescan lo que creen son buenos peces. No se engañe nadie, los linchamientos mediáticos tienen cada vez más efectos contrarios a los que se busca con ellos; esto es, el odio. Con mucha frecuencia terminan siendo memes, burla, escarnio. No cambian la realidad en la medida que se pretende, pues. El cansancio, tarde o temprano, cae sobre ellos. A menos que el barco en donde vamos todos, México, encalle en la crisis económica que, aunque parezca un tanto lejana, sabemos se halla en el camino que transitamos.

 

Así, pues, no vale la pena quemar la pólvora en infiernitos, como dice otro dicho. Querer influir positivamente en la animadversión de Trump –real o mercadotécnica– hacia los mexicanos o, peor, incidir a nuestro favor en los resultados de las elecciones gringas son deseos de perder el tiempo si no es que franca paranoia. Si ganara Trump la presidencia de EE.UU, faltaría ver de qué es capaz y hasta dónde los intereses económicos de su país y del mundo se lo van a permitir. En ese contexto el tema del muro en la frontera –que no entiendo por qué a muchos asusta, ya que si lo vemos bien es una oportunidad de transformarnos a nosotros mismos– quedaría expuesto como lo que es: un tema de campaña para atraer votos. Como quien dice asustar con el petate del muerto.

 

Lo que debe importar al gobierno mexicano es evitar la catástrofe económica incentivando la economía y no estar haciendo cálculos para volver a ganar en 2018. Las matemáticas son precisas: de no cuadrarnos las cuentas, todos pagaremos las consecuencias. De ahí que sea mal signo el miedo que nuestro presidente demostró al invitar a Trump. Miedo, digo yo, que dejó al descubierto en muchos mexicanos, aquellos mismos que más airados respondieron al hecho. ¿Por qué no mejor alinearse a la visión de la señora Clinton, quien dijo que su coterráneo creó con su visita a México un incidente diplomático? ¿O a lo que el presidente de USA dijo en mayo pasado?: "En la política y en la vida, la ignorancia no es una virtud”. ¡Y vaya que Enrique Peña Nieto y Trump están bien dotados de este defecto! Ambos, por ello, son un peligro para sus naciones. Los mexicanos ya no podemos remediarlo, no conviene remediarlo, quizá un tanto por lo que dice el dicho: “Más vale malo por conocido que bueno por conocer”. Los norteamericanos, en cambio, sí van a evitarlo, de ello estoy seguro. Entonces Peña Nieto y su funcionarios que hoy la gran mayoría le han dado la espalda, sonrientes, dirán que hicieron bien en invitar a Trump. Ya veremos. Vale.

Guerras floridas

Juan Henestroza Zárate

bottom of page