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Originalmente, este texto iba a titularlo “La hamaca”; ello, porque, desde hace dos noches, a la hora de dormir en una de dos que tengo colgadas en el corredor de la casa, pensé que ella tenía algo que ver en los dolores de padezco en mis extremidades inferiores. Dolores que vengo sufriendo desde hace cinco años, aunque en el último año han sido casi permanentes. Malestar que, como suele ocurrir, en un principio no le presté la debida atención, o bien diagnostiqué erróneamente (colitis crónica, prostatitis, pies semiplanos, ciática, fascitis plantar, probable cáncer de colon, etc.), olvidando que un médico no debe curarse, aunque pueda, a sí mismo.

 

Yo, además, he vivido con una creencia que, como toda creencia, no tiene ninguna base científica: que, el día que padezca una enfermedad seria, me daré cuenta de inmediato. Así que, mientras ella llega, todos aquellos malestares que no entren en tal categoría debo soportarlos estoicamente, con el mínimo de quejas y de medicamentos, siempre y cuando dichas dolencias, claro, no me incapaciten y postren. Porque, cuando esto ha llegado a ocurrir con padecimientos irrisorios como gripes, ¡qué mal paciente soy! Tal es el caso de mi dolor que me causa intolerancia, aunque no me impide laborar de ninguna manera porque su intensidad es soportable. Me irrita sentirlo a la hora que reposo y que, para ahuyentarlo de mi mente, lo distraigo viendo el televisor, entrando a internet y a las redes sociales, entablando una conversación con alguien que me visita, etc. Tampoco me impide descansar por la noche, es más, cuando el dolor es más intenso, ya aprendí que debo dormirme ipso facto si quiero despertar con él en mínimos niveles. Aun así,  yo ya no quiero padecerlo, quiero estar en inmejorables condiciones –quién no- a mis casi 60 años. He llegado a pensar en qué feliz sería sin ese dolor intermitente que da mordiscos a mi calidad de vida.

 

Parafraseando, diré lo mismo que Chico Che dijera de la estaca, que esta no tenía culpa si era el sapo quien se ensartaba en ella. Así, pues, la culpa no es de la hamaca, sino yo que me enredo con ella. Tengo tanto apego a ella que ya perdí la cuenta de cuántos años llevo durmiendo entre sus pitas. Sé que mi madre me puso en una prácticamente de recién nacido. Era la costumbre del pueblo.

 

La hamaca no solo es hábito cotidiano por estos lugares donde se vive muchos meses de intenso calor, sino que es práctica, cómoda, siempre y cuando uno  sepa usarla. Por cierto, hay gente que detesta la hamaca, ni siquiera se atreve a sentarse en una. Cuando veo a alguien así, me he preguntado: ¿lo habrá intentado alguna vez? (y, como suele suceder con la monta de un toro, si no te acomodas bien, te tira) ¿Se habrá caído y del ridículo hecho quedó traumado/a? Porque la hamaca no es que sea traicionera, sino que tiene unas maneras o técnicas específicas para montarse en ella. De hecho, alguna vez tienes que caerte de ella, todo porque te falla la técnica o porque el lazo con que se ata por los cabezales y queda fija se revienta. Por supuesto que se aprende de la caída. Pero llega la edad de la vejez y, otra vez, como cuando se fue niño, uno se vuelve a caer por olvidar la técnica. Yo llevo años que no me he caído de la hamaca, tanto tiempo ha pasado que ya olvidé cuándo fue esa vez.

 

Así, pues, no han sido por caídas de la hamaca mis dolores. Más de uno/a ha dicho que son productos de mi alma atormentada, mi mente frustrada, mi vida deshilachada a ratos, mi conciencia ahíta de pecados innombrables y/o carencia de fe o franca incredulidad en Dios. Quién sabe. Yo me esculco el cuerpo y nada malo encuentro. Acudo al archivo biográfico –pasado, presente y futuro- y digo que nada debo ni nadie me debe nada, como dice el poema de Amado Nervo. A menos de que, como dice la sabiduría popular: de algo tiene uno que enfermar y  morir. Entonces, ¡ni hablar!

 

Mientras la superluna del viernes estaba plena y 30 por ciento más brillante que de costumbre, no en su apogeo, sino en su perigeo (más cerca de la tierra), yo, desde mi hamaca, miraba cómo su luz encharcaba el patio poblado de árboles. No es nada ortopédico dormir en hamaca, me repetía. A la receta de encontrar culpables le añadí el grado de osteoporosis que debo ya tener. De inmediato le resté que, en mi consulta, he visto  a ancianos de más de ochenta años que toda su vida han dormido en hamaca sin que anden adoloridos o encorvados de más. Pero, como me dijera un migueleño amigo mío, aunque hayamos dormido en la misma barriga cuando nos hicieron, todos nacemos diferentes.

 

Mi empirismo solo busca justificar mi adicción a la hamaca. Digo adicción porque cuántas veces me he dicho que ya debo dormir en una de las camas o, por lo menos, en uno de los catres de tijera que tengo, cuántas veces rechazo tal idea de solo pensar que me volveré insomne. Y no es que en la hamaca duerma seis u ocho horas diarias, no, sino que las cuatro horas efectivas que allí descanso me saben a gloria, no ando abriendo la boca bostezando al día siguiente. Claro, a veces hago una siesta de 10 o 15 minutos que me lleva al paraíso. No más tiempo, porque, entonces, conoceré el infierno de las madrugadas, tal como pasó anoche, noche de sábado para amanecer domingo, otra noche de superluna hermosa. Ah, fue la luna, precisamente, la razón, no la culpable, que este texto no se llame como dije en la primera línea.

 

Al despertar el domingo –día que dedico a escribir y entregar mi colaboración del Panóptico Ixhuateco-, todo desvelado pero a la misma hora de siempre para atender a mis aves de corral, pude ver la luna por el poniente y recordar un poema que el Profesor Enedino Jiménez (1951-2004) dedicó a la luna y que a mí me encanta:

 

La hamaca tiene las formas de la luna.

Es luna tierna si está vacía

luna creciente si abriga al niño.

Es luna llena cuando atesora el fuego de los amantes.

Y en la hora que las virtudes del amor se diluyen,

frugal retrato de la luna menguante es la hamaca.

 

Fue suficiente estímulo para ir por el libro póstumo de 2004 –donde el poema aparece tal como lo transcribí arriba-, así como por las copias que, el 19 de noviembre de 1993, el profesor me obsequió, habiendo por cierto diferencias abismales entre ambas versiones. No pude resistir la tentación, una vez que me apersoné en mi biblioteca, de buscar los poemarios de otros poetas de mi pueblo: Rodolfo Liljehult (Poemas), Julio César Henestrosa Zárate (De este tiempo y aquellos…) y Manuel Matus Manzo (Ciudad soñada), solo esta última obra ha sido publicada; los dos primeros, inéditos.

 

A los poetas no solo los estimula el amor y otros sentimientos a la hora de escribir, sino que, a veces, la luna también ha sido fuente de sus inspiraciones. No como en el viejo cuento pueblerino del enamorado tímido y torpe, quien, al ser orillado por la dama que moría de ganas porque se le declarara, ella le dijo, para obligarlo a actuar: “¡Qué hermosa está la luna!”, pero  él, ayuno de todo romanticismo, le contestó: “Sí, ¡como para darle un tercio de zacate al buey!”, o, como decía el cotompintero don Nacho, quien, sin emoción alguna en su rostro, leía la baraja de la lotería durante las fiestas de la Candelaria: “La luna, tuerta de un ojo”. A mí la luna me recuerda a mi padre cuando cantaba: “Luna, ruégale que vuelva/ y dile que la quiero/ que solo la espero/ en la orilla del mar”. En fin, historias con luna, satélite que, cuando se está enamorado, bien vale la pena ensimismarse en ella y, fieles a la tradición, un hombre siempre se la debe bajar a la mujer amada, acompañada de un racimo de estrellas, off course. Ah, sin importar que sea de día.

Historia con luna

Juan Henestroza Zárate

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