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Un día de 1968, al ir al río encontré tirado a la vera del camino un opúsculo: Oaxaca en 1586. Lo levanté y sacudí porque alguien había tirado agua que lo salpicó de lodo. Regresé a casa y lo guardé en el estante que servía de librero. Lo puse junto a un binnigula’sa, idolillo zoomorfo de piedra que mi padre años atrás había encontrado en el cauce del río, allá en Paso Mico.

 

Más tarde revisé el pequeño libro. Ver el nombre de Andrés Henestrosa en la portada me alegró -cómo no hacerlo si era ya el más célebre personaje del pueblo-. Así como él era deseaba yo ser en ese tiempo. Con los años, cambiaría de parecer e incluso llegué a sentir lo mismo que él llegó a sentir respecto de Rosendo Pineda (1855-1914), tío de ambos, más suyo que mío, cuyo apellido lleva el vecino pueblo de Reforma. Sobre el “científico” porfirista, el 22 de septiembre de 1987, en El Día, Henestrosa escribió: “Yo soy cercano pariente de Rosendo Pineda. Cornelia Pineda, su madre, fue prima hermana de Bárbara Pineda, mi abuela (…) El parentesco, como podrá suponerse, no me enorgullece, debiendo enorgullecerme (…) Otra cosa es que haya servido a la Dictadura”. Así yo con Henestrosa, quien sirvió a la “dictadura perfecta”, tal como Mario Vargas Llosa llamó al gobierno hegemónico priista. No así su faceta de escritor, donde mi admiración por Henestrosa es genuina e inamovible. De esto y otros asuntos hablo largo y extenso en un ensayo que escribí sobre él en 2012 y que espero publicar algún día.

 

Fue en ese opúsculo –que Henestrosa prologó- donde por primera vez hallé escrito el nombre antiguo de Ixhuatán: Izuatlan, vocablo náhuatl que él traduce. La emoción que sentí fue enorme, no podía creerlo. Allí también se describía un río que, aunque no aparecía citado por su nombre, Ostuta –porque aún no lo tenía en 1586-, él afirma a pie de página que lo es.

 

Estudiando la escuela secundaria en Juchitán, tuve por primera vez acceso a un mapa grande de la República Mexicana. Lo primero que localicé en él fue mi estado y, una vez que lo hice, me avoqué a buscar mi pueblo. Mi decepción me entristeció porque por ningún lado lo pude hallar. Finalmente, ello vino a ocurrir en la Ciudad de México. Un día, mi primo Luis Cabrera, ingeniero, quien trabajaba en SOP (Secretaría de Obras Públicas), me mostró un mapa y allí, en letras chiquitas, estaba el nombre de mi pueblo, que era un punto minúsculo. En el mapa vi también a escala el camino vecinal que lo comunicaba con la carretera Panamericana, camino que fue abierto en 1959 y, no obstante que en el pueblo soñábamos que sería pavimentado pronto, ello vino a ocurrir hasta 1985.

 

Yo fui de los que, viviendo en la ciudad, no dejaba de pensar en mi gente y en mi pueblo: el parque, la escuela Emilio Carranza, el cine Lux, el río Ostuta, la iglesia, las calles, los amores secos, los guisos y postres, el rancho de Paso Mico y el de Los Ladrillos. A cada regreso, la emoción comenzaba a embargarme desde La Ventosa. Pisar la tierra, andar las calles arenosas, contemplar las casas y ver a la gente que conocía y me conocía me hacían ponerme contento. La primera noche, la visita obligada a la abuela Tina Amador, y días subsecuentes, a dos que tres tíos. A pesar de no tener amigos con quienes reunirme en el parque o en una fiesta, mis hermanos con sus charlas me ponían al tanto de lo que acontecía en esos días de vacaciones: mayo y diciembre. Me enteraba también de los logros de los que iban delante de mí en los estudios y de quienes se acababan de incorporar. Mi espíritu competitivo me hacía soñar con ser mejor que todos. Como soñar no cuesta nada, ¡pues soñaba! Poner el nombre de mi pueblo en el mapa era mi norte. Tenía la edad, además.

 

La ciudad me transformó y muy pronto comencé a ver a Ixhuatán con otros ojos distintos a aquellos con los que lo había visto siempre. Me daba la impresión que no progresaba, que la gente se movía a un ritmo perezoso y sin ambiciones. Me volví crítico de todo, comenzando con las autoridades municipales y la falta de urbanización. Me seguí con las costumbres, la lengua, fiestas y vestimenta. Terminé viendo mal a la misma naturaleza. Sin darme cuenta, vivía un proceso natural de joven ambicioso que se cree genio y no es más que un manojo de ideas sin pies ni cabeza. Cambiar de piel me generó crisis existencial. La envidia nunca como en esa época me sacudió cual vendaval. Por fortuna, fui muy tímido, por lo que rara vez di a conocer mis ideas más allá del círculo familiar.

 

La inconformidad me obligó a meterme en lecturas diversas e interminables. Dejó de ser Henestrosa mi modelo a imitar, ocuparon su lugar otros hombres universales; sin embargo, la realidad me ubicaba una y otra vez, pareciera que, entre más quisiera alejarme de mi pueblo, este más me llamaba a su lado. Finalmente recalé, solitario y náufrago, en él, con una mano adelante y otra atrás. A partir de entonces me volví el foco de atención y la crítica por ser figura pública –médico-, por qué más. Así que mi descomunal soberbia tuvo que buscar refugio en mi propia soledad porque pasearla en público no solo era temerario, sino insufrible por ridícula.

 

Readaptarme a mi pueblo me fue complicado. Tuve que aprender de nueva cuenta los rudimentos de la crítica a la usanza ixhuateca, justificada en una frase que no tiene desperdicio: “Hay que hablar de la gente porque la gente habla también de uno”. Toma y daca del que no hay que rajarse nunca; gimnasia mental donde se demuestra talento, picardía e incluso mala leche. Porque no es ixhuateco aquel que no se burla de la desgracia ajena, al tiempo que, sin saber o sabiéndolo, se burla de la propia. Conozco ya la manera de cómo ganar lealmente a otro paisano: tomándolo en cuenta, haciéndolo gente.

 

En mi pueblo emprendí rutas nuevas que no me envanecieron pero sí me llenaron de satisfacción. Aguanté al único ser que temo: yo mismo. No lo he domado ni creo poder hacerlo. A él le he dicho que se calme, que ya no me interesa poner  en el mapa el nombre de Ixhuatán porque hay muchos que ya lo hicieron, lo están haciendo y lo seguirán haciendo. Hoy, gracias a la tecnología, mi pueblo aparece en el mapa no solo de México, sino del mundo; se sabe casi todo de él: temperatura, clima, su ubicación precisa, dónde están y qué hacen muchos de sus habitantes. Así que estoy en paz con mi ego, le sonrío a menudo y le platico, diciéndole aquello mismo que expresó Antoine de Saint-Exupéry: “Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”. ¿A poco no, paisano?

Ixhuatán en el mapa

Juan Henestroza Zárate

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