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Ahora somos un recuerdo dormido

que despierta sobre las calles de Ixhuatán

cada que mis pasos vuelven a su suelo

cada que mis ojos te vuelven a mirar

un temblor me abraza silencioso

se anida en el lado izquierdo de mi cuerpo

si tu mirada se acomoda entre mis ojos

si tu sonrisa me rescata del naufragio.

(Ixhuateca, fragmento, A Antonio Vásquez)

 

La primera vez que salí de Ixhuatán, fui al vecino municipio de Reforma. Tenía 12 años, jamás había viajado, la emoción fue tanta que, durante mucho tiempo, fue mi tema de conversación favorito con mis familiares y amigos. mi mentor, el profesor César Matus López, me seleccionó y me llevó a un concurso de conocimientos; allí, por primera vez, pude ver y pensar en mi pueblo desde lejos. Mi encuentro conmigo mismo me sorprendió bajo un árbol de mango, en el patio de una escuela primaria, por primera vez, distinta a la Pablo L. Sidar. Tan extraño me sentía que, al primer silbido de una locomotora que pasaba veloz, las lágrimas brotaron de mis ojos, tremendo susto, a pesar de que, desde la ventana de mi casa, había oído y visto al atardecer cómo el ferrocarril avanzaba a lo lejos, en los cerros distantes, “ese es el tren”, me decía mi hermano Benito.

 

Allí en Reforma experimenté el sentimiento de extrañar algo, de sentirse extraño, ajeno, lejano a la tierra a la que perteneces, a pesar de los 6 kilómetros de distancia. A mi edad, y por ser la primera vez, no me satisfizo, en ese momento, la idea del maestro Miguel Orozco, un juchiteco que fue mentor de muchas generaciones en Ixhuatán, quien se acercó a mí y, con su enorme voz, me dijo: “¿Qué se siente ser el mejor, eh? Puedes viajar a donde tú quieras si eres el mejor, eso es lo tuyo, eres ixhuateco”. Del resultado del concurso no me acuerdo, o no quiero acordarme, pero sí recuerdo cada una de las veces en que, a la distancia,  pienso a Ixhuatán como la nación que me cobija siempre.

 

Aprendí a ser ixhuateco cuando tuve plena conciencia de lo que pasaba a mi alrededor, a veces imitaba las acciones de mis mayores, otras tenía que mostrar la lección aprendida en voz de mi madre o de mis abuelos, “esto debes hacer, esto debes de ser […] Aquello no se debe hacer, aquello no está bien”. Así fui creciendo con la idiosincrasia de la brecha enorme que se tendía entre los que nada teníamos y los que lo tenían todo; hacerle favores a los ricos o trabajar para ellos se volvió un asunto de todos los días; aprender a trabajar para “amar a Dios en tierra ajena”.

 

En uno de esos “trabajos”, que, más bien, fueron aprendizajes constantes, llegué un día a casa del profesor Cecilio López Trujillo, fundador de la escuela preparatoria José Martí, y de quien mucho tiempo después leí en un anuario de la Normal Mactumactzá en Tuxtla Gutiérrez que había estudiado e impartido clases allí. En su casa tenía el encargo de barrer y levantar la basura del enorme patio, limpiar una parte del techo de tejas de la casa que contantemente se ensuciaba de excremento de palomas; cuando terminaba el aseo, antes de retirarme a mi casa, podía merodear un poco.

 

En una ocasión, me detuve en un cuarto que tenía enormes estantes llenos de libros; para ese entonces ya me consideraba un buen lector, ya me había iniciado en la conquista de la literatura en la biblioteca municipal. El profesor Cecilio se me acercó: “¿Qué quieres ser de grande?”, me preguntó. No recuerdo lo que le contesté, él tomó de su escritorio un libro grande de muchas hojas, con pasta de cuero negro, me leyó un texto que no comprendí del todo. Después de ese día, al término de mis quehaceres, me hablaba de literatura y de política, yo solo lo escuchaba. Cuando regresé del concurso de Reforma, me preguntó cómo me había ido y me hizo dos regalos: un libro, “El Declamador sin Maestro”, y la mejor enseñanza de todas: “Seas lo que quieras ser, antes tienes que ser buen ciudadano”. Recuerdo al profesor hablándome de Marx, de Lenin, José Martí, entre otros, y sus palabras al final de cada plática: “Todo lo que hagas no tiene sentido si no es para servir al pueblo”.

 

Estimado lector, al principio comencé hablando de cuatro conceptos fundamentales para comprender esto de la identidad que nos ocupa; asimismo, hay una pregunta que está volando en el aire para que le demos cobijo en nuestro diálogo: ¿qué es ser ixhuateco? Ello es necesario para comprendernos como civiles, para recuperar algunas de las viejas prácticas de nuestros padres y de nuestros abuelos, para que, con ello, recuperemos y enarbolemos la ciudadanía ixhuateca. Vuelvo a decir que no me siento ciudadano de Ixhuatán porque mis derechos y obligaciones los he compartido con otras gentes; sin embargo, por el amor que le tengo al terruño, trato de colaborar con un granito de arena por la construcción de una mejor sociedad.

 

Soy apartidista por convicción, no me preocupo por quien ostenta el cargo de presidente municipal, de gobernador o cualquier otro cargo público; soy analítico de la realidad así como la observo; me interesan los proyectos colectivos, en donde ni uno ni otro se beneficie de manera individual, sino velar por los intereses colectivos tanto de quienes están al interior como de los que están fuera de las actividades que se realizan. Una vez escuché a un viejo pescador hablar del gobierno: “Para qué le pido chichis a la perra si bien sé que tiene que dar de mamar a sus perritos; entonces tengo que buscar el hueso por mi parte, y, es más, un hueso que yo pueda compartir con otros”. Así he aprendido esta mi identidad, soy partícipe de varios proyectos en pro de Ixhuatán, en donde, creo, solo nos falta encontrar las voces dialogantes que nos permitan construir mejores caminos para las futuras generaciones.

Ixhuateco soy

(Tercera parte, y última)

A. Antonio Vásquez

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