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Camina el buey, rechina la llanta, se hunde el suelo y ruge el campesino, se hunde la puya, sangra la herida y gime.

 

-¿Cómo se llama, abuelo?

 

-Temerario

 

Y gime Temerario. Hace ya once años que esa carreta anda despacio pisando las salinas diabéticas bajo en sol con cáncer.

 

Si a rayos equis observáramos el suelo, el andar de mil carretas nos muestran su camino, aunque cansado viaja a tierras lejanas de esperanzas y ruidos.

 

Por aquel callejón gigante, la carreta lucha contra la arena, y los bueyes mastican y les escurre baba que humedece el suelo, y nacen espinas.

 

-¿Cuánto falta abuelo?

 

-Aún falta mucho.

 

La carreta aún va y el pueblo la espera, nadie en el sabe que en el camino se encuentra, pero todos la esperan. Todos esperamos el vacío llenarse y el agua de floreros que revientan en zancudos llegar al cielo.

 

Al terminar, las arenas pegajosas, una brisa golpea a la carreta, son los vientos del sur que nos visitan del mar, traen con ellos inmensidad, son raros, la isla los respira primero y después llegan con paso veloz a las hojas.

 

"El sur", dice la abuela con nostalgia en su vaivén nocturno.

 

Y las hojas se confunden, son arrastradas hacia el ambiente opuesto, ellas lo conocen poco. 

 

En las calles de Ixhuatán, carretas van y vienen, puedes escuchar cómo sus pesadas llantas muelen el suelo, cómo las bestias jalan la carreta, escuchas el grito del campesino, y ahí van, y vienen, imponentes en las regadas, el medio de transporte más eficaz para ir a la isla, para acarrear objetos pesados, en la entrada del pueblo una carreta se levantaba, ella llevaba encima a Ixhuatán, pero envejeció, la dejaron morir y la quemaron con gasolina, irónicamente la cambiaron por el tiempo inútil, por el reloj burlón.

 

Y, como el tiempo nunca espera, los bueyes no avanzaron, la carreta se ha olvidado.

 

Cuántos de nosotros no viajamos en una, unos por necesidad y otros por conocer. La evolución de esta fue el carretón, pero los pobres caballos son para una persona, no para cinco.

 

La próxima vez que veas una carreta, súbete a ella, quizá te lleve al pasado, la paciencia te hará llegar más pronto.

La carreta

Franco Carrasco Aguilar

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