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Cierto día, el tío Efrén Vásquez le pidió permiso a mi madre para que su hijo Clemente lo acompañara a un viaje a la Isla de León. Partimos un día viernes por la tarde, como eso de las 17:00, pasado del meridiano. Llevaba un encargo: se trataba de ir a dejar una canoa a un rancho para que el señor que lo cuidaba hiciera quesos con la leche de las vacas.

 

Pasamos por una tienda, aquí en Ixhuatán, por la salida del pueblo. Aquellos bueyes tiraban de la carreta a paso presuroso, como si supieran la jornada por realizar. Emprendimos aquella tarde una hermosa travesía hacia la isla.

 

Los bueyes tomaron por instinto el camino que le llamamos El Rodeo, un camino sinuoso que lleva a unos metros del lugar conocido como Pie del Cerro -sitio muy famoso donde muchos paisanos van en busca del camarón y otros mariscos-.

 

Caía la noche cuando cruzamos el puente Cerro Tortuga. Ya varios pescadores estaban terminando de colocar sus candiles en sus lugares apropiados por mucho tiempo; el olor a petróleo y trapo quemado se esparcía por muchos metros. Ahí íbamos a paso de orquesta que mandaban los bueyes del tío Efrén. A unos 900 metros de la isla escuchamos un crujir de madera y de pronto un “bram”; se trataba del eje de la carreta, que se había quebrado. Rápidamente, el tío detuvo a sus bueyes; con un golpe de la puya sobre el tablón del piso, hizo que se detuvieran.

 

-¡Híjole, y bien que me dijo tu tía, Cleme, que le cambiara de eje, que le pusiera el de mora porque el de chicozapote que le hice salió malo, tenía el corazón podrido (refiriéndose al eje de la carreta). Ahora te vas a quedar a cuidar aquí a los bueyes mientras me voy al pueblo a traer el otro de mora que tengo allá- me dijo el tío Efrén.

 

Pasaron las horas, y me quedé cuidando aquella noche la carreta solo con los deseos que nos acompañaban. Las estrellas de aquel inmenso cielo me invitaban a viajar hasta el último astro de nuestra galaxia. El ruido de los pájaros nocturnos, así como las gaviotas y uno que otro canto y suspiro del pescador, llegaban a mis oídos como un canto celestial. De pronto, escuché unos saltos de un animal. Nervioso y con miedo. apunté la luz de la lámpara que traía en mi morral y descubrí la silueta de una hermosa liebre -confieso que jamás la había visto, pero fue algo muy hermoso para mí-. Este acontecimiento me marcó como un afortunado.

 

Después me platicaron los amigos que ver una liebre es cuestión de mucha suerte, que están en peligro de extinción y, por si esto fuera poco (no lo podía creer), me contaron que el lugar donde la carreta había sufrido el accidente era y es hasta el día de hoy el único sitio donde se les puede ver por el municipio de Ixhuatán.

 

Propuesta: es triste, y lo remarco textualmente, cómo nos estamos acabando la flora y fauna del municipio ixhuateco, principalmente lo relativo a la Isla de León. Como propuesta, invito a los cazadores fortuitos que se hacen de amigos de otras entidades para que pongan un alto al apadrinamiento de la caza de animales en peligro de extinción y a la autoridad municipal a que ponga un hasta aquí a los cazadores que vienen de otros estados a realizar un crimen contra la vida silvestre de nuestro municipio. ¡Alto, por favor! ¡Ya basta!

El día que me quedé cuidando la carreta del tío Efrén

Clemente Vargas Vásquez

Tomada del sitio www.folkloredelnorte.com.ar

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