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En nuestro bello pueblo de hojas rojas (rojas por la sangre que ha provocado la violencia), adoptan costumbres; otras más son iniciativa de los originarios del lugar, de las cuales hoy les presento la corrida de toros en septiembre.

 

Aquí en Ixhuatán, todos los paisanos mayores de edad recordamos con mucho cariño ese hermoso evento, tallado por la gente recia de la comunidad, coordinado por el comité pro festejos patrios, que tenía el encargo de organizar eventos propios para festejar ese acontecimiento tan importante en el almanaque mexicano. Y no es que sea un evento diferente a los que otros pueblos llevaban a cabo, la diferencia que se demarcaba era que se organizaba por el pueblo, lo que le daba un aspecto muy particular.

 

El ruedo era construido con elementos propios del medio: postes de hormiguillo, palo blanco, otates y el bejuco blanco como insignia del lugar. Después del desfile, todos esperábamos ansiosos la corrida de toros, donde no podía faltar el amigo Salvador (Q. E. P. D.); con su faena, doblegaba a toros cerreros bravos.

 

“El gallo que se mantenga en el lomo del toro se ganará 500 mil pesos”. La bocina del parlante hacía la invitación a las personas para que abarrotaban la circunferencia del ruedo. A continuación, les presento una historia bañada en sangre (perdón por el dramatismo en sus ojos al leer este relato) de la persona que vivió en carne propia este acontecimiento: el amigo Leónides Cruz. Espero que lo reflexionemos.

 

“El año de 1993 llevaba ya dos días encerrado en la cárcel, que en su tiempo se conoció como el caracol, en San Francisco Ixhuatán, Oaxaca. El 17 de septiembre del mismo año, a las 10:00 a. m., me abrieron la puerta para ponerme en libertad. Por cierto, el primer jalón de aire limpio y el haber pagado mi culpa me hacían sentir otra vez sin miedo a nada. Cuando cruzaba las canchas de basquetbol de la presidencia del mismo poblado, una banda de amigos me encontré, y se rieron conmigo diciendo: ‘Ya salió este cabron. Lo hubieran dejado a que pasara septiembre’, y yo les dije: ‘¿Y por qué no se meten ustedes’, y se empezaron a reír; sin embargo, me siguieron hasta la casa acompañándome todo el camino y echando relajo, riéndonos de las cosas que hacíamos y lo que nos había sucedido durante la borrachera (aunque yo me sentí muy mal porque hacía cosas durante mis borracheras que yo no quería hacer).

 

“Al llegar a dos casas antes de la de mi madre, me encontré a un tío de que me vio, se rio y me dijo: ‘¿Ya? ‘. Le dije: ‘Ya estuvo’, y me contesto: ‘¡Y ya pórtate como los hombres! ¡Deja de andar haciendo chingaderas! ¡Me imagino que vienes crudo!’. Y le dije: ‘Sí’,  y mis cuates me dijeron: ‘Dile que saque el trago’, y yo cabizbajo con la vergüenza le dije: ‘Qué onda, tío, saca, ¿no?’. Y me dijo: ‘Tráete unas caguamas allí en la tienda’. Sacó un billete y luego dijo: ‘Aunque tengo un fuertecito allí’. Y sacó mezcal. Tomamos con él, pero alguien de mis cuates dijo que se iba porque quería ir a la toreada, y parece que mis oídos se abrieron y le dije: ‘Allá nos vemos’, porque mi madre nunca consintió a mis amigos borrachos, y preferí llegar solo a la casa, aunque por estar tomado sabía que me regañaría la jefa.

 

“Cuando me puse frente a ella, me dijo: ‘¿Quién te sacó? ¡Cuidado si te saliste!’, y yo le dije: ‘No, ellos me sacaron’. Mi madre, muy molesta, me dijo: ‘¡Báñate! ¡Cámbiate! ¡Apestas!’, y yo esto era lo que iba hacer para volver a salir, y así lo hice. Ya cuando estaba bañado y cambiado le dije: ‘Préstame una lana’, y mi madre me volteó a ver y me dijo: ‘¿Y a dónde vas?’. Le dije: ‘Voy a la toreada’, y me dijo: ‘No, si yo solo quería que dejaras de andar apestando’. Le dije: ‘Pues es que salí de la cárcel, no de la gloria’, y todo esto terminó en alterarme otra vez y le contesté: ‘¿¡Me vas a dar el dinero!? ¿¡Sí o no!?’. Y mi madre, también enojada por todo lo que yo había hecho, me contestó: ‘¡No te doy nada!’, y yo le dije: ‘Entonces me voy amontar a un toro en el jaripeo’. Ya sabía que era solo para amenazarla, y mi madre se asustó y me dijo: ‘Ven, toma este dinero pero, por favor, ya no tomes y menos te vayas a montar en un animal de esos. Por favor, te puedes caer mal. Ojalá te murieras, pero eso quedas todo pendejo, más de lo que ya estas’.

 

“Así, salí de la casa como a las 2:00 de la tarde del mismo día 17. Parecía que mis pies y mi mente estaban ya programados a caminar con la esperanza de encontrar a mis amigos de parrandas en el jaripeo o en la calle. Llegué por el lado de la iglesia, crucé el mercado por el pasillo de los baños y fui a salir en donde estaba un primo hermano cheleando y enamorando a la cantinera. Cuando lo vi, me eché a reír. Él, al verme, se puso contento y me dijo: ‘Oye, tú, cabrón, ¿otra vez tomando?’. Y le dije: ‘No, pues, solo fueron unas cuantas que me tomé con el tío y mis cuates’. Me dijo: ‘Mira, siéntate’, y le dijo a la cantinera: ‘Sírvele’, y dijo nuevamente: ‘Toma todo lo que quieras, pero no te muevas de aquí’. Le dije: ‘Sí, no ay bronca’, y me sirvieron.

 

“Como al medio cartón ya me sentí ya bastante mareado, pero en el aparato de sonido escuché yo que decían que el animal solicitaba un jinete y que darían un premio, y, pues, yo dije: ‘Este me lo monto’. Me levanté de la silla y caminé. Mi primo me alcanzó y me dijo: ‘¿A dónde vas?’, y yo le dije: ‘Voy al baño’, y me dijo: ‘Ni se te ocurra ir a montar, ¿eh?’, y le dije: ‘No’. Me fui hacia los baños y le di la vuelta y, en una forma automática, me dirigí al corral. Yo ya estaba inconsciente, aunque caminaba directo al animal. Subí el corral y le dije al vaquero, así como hablan los hombres: ‘¡Agárralo! ¡Yo lo monto!’, y uno dijo: ‘Está tomado’, pero el otro dijo: ‘Está joven’, y un tío de los Mayos dijo: ‘No, él está tomado y es mi sobrino’, y otro contestó: ‘Déjalo, está joven y aguanta el porrazo; además, es el tigrito. Deja que le saque el toro lo cabrón’.

 

“Yo solo escuchaba lo que discutían. La monté, y uno gritó: ‘Agárralo, que lo monte’, y mi tío se acercó y me dijo: ‘Sobrino, no lo montes’, y yo le dije: ‘Déjame. Yo lo monto’. Hoy sé que en ellos había un presentimiento, tanto en mi tío como en mi primo. Pero yo fui un borracho necio, que nunca entendió de razones. Agarraron al animal, y me monté. Mi tío me amarró con intención de que no cayera y me dijo: ‘Agárrate bien, sobrino. Echa el cuerpo para atrás, mete los pies como hombre’, y luego preguntó: ‘¿Ya estás listo?’, le dije: ‘Ya. Suéltenlo’, Por suerte, no era un animal que reparara mucho, solo dio tres reparos y empezó acorrer y se pegó al corral de otates, pero yo vi cómo salió aquel pedazo de palo dentro del corral y que venía directo a mi ombligo y reaccioné moviendo la cintura hacia el costado derecho cuando sentí el fuerte empujón a un costado de mi panza; atravesó mi pellejo y por suerte puede agarrarme del corral y bajarme y yo mismo, Me jalé a hacia atrás sacando el otate. Porque estaba alcoholizado no sentí dolor, pero, cuando vi, mi herida era bastante grande. Me salté del lado de la gente y caí sin poder flexionar la pierna izquierda; quedó recta, y me tiré al piso viendo la sangre. Alguien gritó: ‘¡Una ambulancia! ¡Un taxi’.

 

“La gente se amontonó y mucha gente se desesperó. Mi primo al verme me dijo: ‘¡Hijo de tu puta madre! ¡Ya te cargó la chingada, cabrón!’, y le dije: ‘Tranquilo’, y de volada me sacó la camisa y me tapó la herida mientras otro primo metía su carro entre la gente. Me levantaron y me llevaron a la casa mi madre; salió llorando y angustiada, preguntó: ‘¿Está vivo?’, y le dijeron que sí, que estaba herido, y dijo: ‘¿Y para qué me lo traen aquí? Lo hubieran llevado al hospital’. Se subió, y me llevaron.

 

“Da la casualidad de que todos los hospitales cercanos estaban cerrados, y mi prima le dijo al chofer: ‘¡Písale porque puede venir una hemorragia!’. A mí me fue dando sueño, un sueño pesado en ese viaje, y mi madre llorando y viendo el reloj.

 

“El carro iba a todo lo que daba, pero parecía que no corría. La velocidad se volvió lenta, y todos angustiados. El acelerador al fondo. Llego al Hospital General de Juchitán y solo vi las camillas y gente que parecía que nos estaban esperando. Salieron corriendo a topar el coche, y escuché que dijeron: ‘¡Súbanlo de volada a la sala de operaciones’, y mi cuerpo se aflojó, y me quedé dormido profundamente. No supe nada.

 

"El día 18 del mismo mes abrí los ojos como a las 5:00 de la mañana. Estaba en una plancha de operación y vi un bulto en la silla de adentro junto a mis pies. La reconocí, era ella, la mujer que me dio la vida y que había sufrido el dolor más grande después de 21 un años del parto. Su segundo hijo se le escapaba, y su vida, también. No vi a ninguno de mis cuates ni a mis novias ni a nadie, solo mi madre que cuidaba. La esperanza, el futuro, la alegría de aquel 8 de agosto 1972. Un hijo buscado entre las mujeres. Mi padre lloró ese día; mi madre, también. Había nacido yo, al que mi padre salió corriendo y diciéndole a su padre emocionado: ‘¡Papá, papá, ya nació el bandido, quien llevará tu nombre y el mío!’, pero mi madre contestó: ‘¡No! Ustedes son malos, y mi hijo no lo será. El se llamará Eliodoro, y mi padre dijo que no. ‘Entonces, ¿cómo se llamará? Le buscaremos el nombre más bonito’, dijo mi padre, y ya estando en el registro no tenía nombre el niño, pero mi abuelo tenía un amigo ranchero veracruzano que se llamaba Leónides, alias ‘El Jarocho’, y dijo: ‘Ese nombre no es común, y así será único’, y se cumplió el nombre, me lo da mi abuelo de su ranchero. Leónides, aunque siempre me llamó mi padre: ‘Leonideeeesss’, cantado”.

 

Palabras de cariño: Leónides, el grande; Leónides, el valiente; Leónides Cuevas; Leónides, el terrible. Nidón; Nidito, Nido de amor.

 

Burlas de los chamacos, nido de zanate. Ni de su madre se acuerda este cabron.

Cuentos que me inventaron de niño:

Leónides, el cocodrilo. Ja, ja, ja.

Leónides y calima. Ja, ja, ja.

Leónides y la vaca garza.

Leónides, el tren.

Leónides enfrenta a los robachicos.

Leónides y Rodolfe. Ja, ja, ja.

Cuentos que me contaron de niño:

Nacimiento y vida de Jesús.

El Nazareno.

Moisés.

Los 10 mandamientos.

 

Muchas experiencia, algunas fuertes como la del amigo Nide, pero todo el pueblo disfrutaba sanamente las toreadas de septiembre, y, lo más importante, no se sacrificaba a los toros cerreros, mayormente traídos de los ranchos de la Isla de León.

 

Propuesta: invito a las autoridades de Ixhuatán y a la asociación ganadera local a que retomen la iniciativa de realizar el festejo de las fiestas patrias, especialmente la corrida de toros. De no hacerlo, invito a la comunidad a que hagamos el intento por revivir esa tradición muy especial. ¿Usted qué opina?

La corrida de toros

Clemente Vargas Vásquez

Tomada de www.www.mediotiempo.com

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