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5/10/2016

 

Se murió porque ella quiso;

no la mató Dios

ni el Destino.

 

Volvió una tarde a su casa

y dijo por voz eléctrica,

por teléfono, a su sombra:

«¡Quiero morirme,

pero sin estar en la cama,

ni que venga el médico

ni nada. Tú cállate!»

 

“La otra”, Pedro Salinas (1931).

 

Hay quienes consideran locos y cobardes a los suicidas, mientras que otros, seres lúcidos y valientes.

 

Es imposible conocer las mil y una razones de un suicida. Yo creo que ni la persona suicida sabe bien a bien por qué debe suicidarse. A veces, basta un instante de cólera infinita o un desgano por vivir, también estratosférico, para tomar las de Villadiego y no regresar nunca. Hay quienes mueren, lentamente, de indiferencia, de silencios interminables. Hay quienes soportan el dolor crónico y se conforman con vivir medio siglo sangrando amargura; otros no soportan el más mínimo desaire y deciden dar portazo a su vida, de súbito, como un relámpago. Los suicidas son rotundos: viven solo con dos barajas: una que dice sí, otra que dice no. No ha lugar a la vida, sí ha lugar a morir. Y se ponen a esperar, con más certezas que cualquiera.

 

No siempre se tiene los arrestos para salir al escenario todos los días, sonrientes y bien acicalados. La flor en la solapa del saco, si bien es cierto  sabemos da elegancia, no siempre hay ánimos para ensartarla en el ojal. Vivir –igual que amar– es un riesgo cotidiano, ya lo dijeron. Y encima añaden que, si no se es feliz ni útil al prójimo, de nada sirve vivir. Los suicidas tienen la única independencia que les está permitida: la de decirle sí a la muerte cuando ellos lo dispongan, sin importarles que la gente diga: “Murió cuando Dios quiso porque nadie muere sin su permiso”.

 

Se requiere ser suicida para entender cabalmente al suicida. Así que lo único que podemos hacer los sobrevivientes es respetarlo en su decisión, no compadecerlo sino comprenderlo, saber que el único camino que halló fue ese y no otro.

 

El suicidio de Luis González de Alba, el 2 de octubre, no me sorprendió. Aunque no fue de mis escritores preferidos, lo leí de tarde en tarde en los últimos tiempos. Fue por eso que creí verlo muy amargado y rencoroso. Su acostumbrada burla –más que ironía– y violencia verbal las creí innecesarias para un hombre de su edad e inteligencia. Me quedó claro, pues, que el gran talento que siempre le reconocí a González de Alba, se eclipsaba. Y, como el psicólogo y escritor reconocía ser ateo, el suicidio en él –bien mirado– era el lógico final de un ser lúcido. Aparte el hecho de sentirse sin el amor de su pareja y enfermo físicamente: padecía de vértigo crónico y era seropositivo, a decir de sus amigos.

 

Quienes lo conocían mejor dijeron de él cosas como esta: “La libertad hasta la desmesura, la franqueza aunque incomodase, la generosidad inacabable, la valentía a toda prueba: Luis González de Alba vivió con el regocijo y el dolor que padecen quienes viven a plenitud; quizá no hizo todo lo que quiso pero todo lo que hizo fue con gozo y convicción. Hombre de ideas y por lo tanto de pasiones, fue protagonista y crítico de los méritos y las adversidades de las izquierdas” (Raúl Trejo Delarbre. Nexos. 2 octubre 2016).

 

O esta otra: “Su muerte ha sido el acto último de su salvaje libertad. Murió como vivió: como le dio la gana, ejerciendo sin límites su autonomía y su libertad, siempre su libertad, tanto en el ámbito público como en el privado” (Héctor Aguilar Camín. Milenio. 3 octubre 2016).

 

Una última: “Hace años que Luis escribía como un condenado a muerte. A veces sus textos daban miedo de tan lúcidos y tan necios, de tan valientes y tan violentos.

 

“Luis fue durante muchos años un hombre alegre. Aún en los últimos tiempos, siempre con vértigo, mientras hablaba con el fervor de un adolescente, se veía feliz. Con todo, no me sorprendió, a pesar de la penumbra que siempre acompaña a la tristeza, que Luis hubiera decido dejar de vivir. Estaba en su actitud frente a la vida la certidumbre de que era toda suya. De que andaría en el mundo hasta que se le diera la gana, hasta cansarse de disfrutarlo. Hasta que la memoria se hartara de no olvidar el dos de octubre” (Ángeles Mastretta. Nexos. 3 octubre de 2016).

 

Como ya lo dije: Luis González de Alba no fue de mis autores favoritos. Su libro más conocido, “Los días y los años”, no me gustó y lo abandoné después de leer unas cuantas páginas. Así que no sé de qué habla dicho libro. Ni ahora que ha muerto me acostaré a leerlo. Quizá porque no consideré a su autor un buen escritor.

 

¿Cómo, entonces, conocí a Luis González de Alba si no lo leí? Fue a través de entrevistas que dio a periódicos y revistas de aquellos años 70 y mitad de los 80. Al igual que Salvador Novo en su tiempo, González de Alba mostraba mucha arrogancia. Sentí que nunca fue prudente. El que fuera provocador me tenía sin cuidado, no así que fuese irrespetuoso. Y, si bien es cierto su megalomanía la mostraba sazonada con mucha inteligencia y saberes –lo cual lo convertían en un hombre no digamos culto, sino cultísimo–, no dejaba de irritarme. Sí, definitivamente, él era una verdadera perla que, vaya usted a saber, cuántas veces habrá sentido ser arrojado a los cerdos en este México que no justiprecia el talento y solo rinde homenajes a los muertos bien muertos.

 

En estos dos días me pregunté si algo tuvo que ver su homosexualidad en mi malestar contra González de Alba. Estoy seguro de que no aunque bien pudiera ser por todo lo que usted guste y mande. Sí  puedo dar razón que, cuando supe lo de su homosexualidad, me sorprendí sobremanera de que él hubiese sido líder del movimiento estudiantil en aquellos momentos de acendrado autoritarismo. Claro, ello fue por mi machismo e ignorancia, que me hacían suponer que desafiar al gobierno era cosa de hombres.

 

Muy tarde me enteré del pleito casado de González de Alba con Elena Poniatowska, a quien acusó de plagiaria y le ganó en los tribunales. Le di toda la razón porque no es correcto ni justo ni legal que alguien se aproveche del talento de otro para hacerse de dinero y fama y admiración. Aquí debo decir que Poniatowska –a quien sí leí a tiempo– no me parece una buena escritora, solo que reconozco que ha sabido estar en el sitio y hora correctos. No obstante que González de Alba se despidió de ella –y no precisamente con buenas noticias– en su último texto, “Podemos adivinar el futuro…”, escrito entre el 4 y 5 de agosto y publicado el 2 de octubre en Milenio, la dama seguirá muy campante. Igual hará el diario La Jornada, que se exhibió de la misma manera que todos los diarios lo hicieron el 3 de octubre de 1968, cuando no publicaron la noticia real de la masacre ocurrida en Tlatelolco. Masacre no porque hayan muerto cientos o miles, sino porque se utilizaron armas contra gente desarmada.

 

Tengo la impresión de que Luis González de Alba fue extremadamente neurótico e intratable, excepto para sus amigos, que no creo hayan sido legión. Sentí que creía ser un santo laico, como alguna vez calificaron a José Martí. Se notaba su autoridad y hasta su autoritarismo solo por haber servido a la patria con desinterés y patriotismo en una hora aciaga y, por lo mismo, brillante. Quizá vivió una tremenda soledad que finalmente le hizo estragos. Sí, siento que se cansó de esperar ser valorado. Pero al mismo tiempo dudaba de que sus cartas credenciales fueran suficientes. Fue, creo, el único de los líderes que se quedó etiquetado al 2 de octubre, puro y limpio. Aun así, no sacó raja de ello. Y, de manera misteriosa, decidió inmolarse a esa fecha.

 

Casi todos los compañeros de Gonzáles de Alba que lideraron el 68 cambiaron de piel, unos de manera radical: se hicieron funcionarios en el gobierno. Él se mantuvo aparte, no sé si por convencimiento o esperando ser llamado. Supongo que con ambas expectativas. Y no. Los gobiernos no lo premiaban –una manera efectiva de domesticar a los intelectuales– ni tampoco se ocupaban de él atacándolo. Lo ignoraron, lo cual duele más a un soberbio. Así que él también se cansó de atacarlos, y cuando comenzó a atacar más a la ideología del bando contrario, es decir, a todo aquello en lo que él había creído y por lo cual había arriesgado la vida, quienes lo admiraron como un hombre comprometido con las causas populares le dieron la espalda. No se radicalizó en la misma medida en que lo hizo José Vasconcelos, pero sí lo suficiente como para que lo detestaran quienes en un primer momento lo admiraron incondicionalmente. Y lo percibieron entonces como perteneciente a la élite, esa misma que ve con desprecio a la chusma solo porque no huele bien.

 

Cómo no atacar a diestras y siniestras en México si el quehacer público se desarrolla en una completa esquizofrenia. Nadie cruza el pantano de nuestras miserias sociales sin que no se manche. Cualquiera,  en su sano juicio, no deja de inquietarse ante tanto crimen, pobreza y corrupción. Qué diremos un alma exquisita como la de González de Alba. Darse cuenta, pues, de que había luchado por causas que la realidad le hacía ver inútil le ha de haber sido desalentador, por decir lo menos. Él, un ser inteligente que se consideraba parte esencial de México. Y otra vez la sombra de Vasconcelos y su amargura.

 

Pienso que González de Alba no pudo hacer las adaptaciones necesarias a la realidad. Tuvo todo lo que desearía tener un ser humano: talentos diversos, medios económicos suficientes, el grandioso amor de un hombre que en su último texto con que anunció su suicidio –donde por cierto se asomó Dios a través del poema “Muerte sin fin”, de Gorostiza– recordó con detalles y deleite. Ah, también todas esas virtudes del que hablan quienes lo conocieron bien.  Pero al final el dolor del sufrimiento lo rebasó. Vio la hora y creyó que ya le quedaba nada por hacer. Que lo que no se pudo conseguir ayer tampoco se podría conseguir mañana. Y se pegó un tiro. Lo  irónico es que no pudo adivinar el futuro no obstante haberlo dicho. Porque al unir su muerte al 2 de octubre no solo sucederá cada año lo que en su último texto predijo, sino que también se acordarán de él y hablarán de su historia. Ese acto de congruencia suyo –vivir dos meses sentenciado a muerte por sí mismo– es lo que celebro y hace que le tribute un entusiasta: “¡Enhorabuena, González de Alba!”.

La lógica suicida

Juan Henestroza Zárate

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