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Para Benito, mi hermano

 

(Uno)

 

A más de dos meses de los desafortunados acontecimientos ocurrido en Iguala, Guerrero, que mostraron al mundo la profunda crisis de los sistemas de gobierno en México y de la débil presencia de un aparato de poder que sea capaz de enfrentar los embates de la delincuencia organizada, que ha extendido sus posiciones hacia el interior de su propia estructura administrativa, el representante del poder ejecutivo se lanza al ruedo, ahora sí, para tratar de hacer suyo el toro que la masa social ha procreado para el reclamo ante las arbitrariedades e injusticias que los procuradores de justicia perpetran en contra del pueblo.

 

La voz del poder ejecutivo desde Palacio nacional, en un mensaje a la nación, no es más que un golpe agónico que intenta dar para tratar de emparejar la lucha contra aquellos a los que unos días antes llamó “desestabilizadores de su gobierno”, desestabilizadores del proyecto reformista que ha venido impulsando desde que asumió el poder ejecutivo y convocó al Pacto por México; esta voz se vuelve usurpadora de una legitimidad social, puesto el “Todos somos Ayotzinapa” es un grito de reclamo social ante las desigualdades sociales que se viven en el país; un grito que clama justicia ante las arbitrariedades de los gobiernos por atender las exigencias de la población en materia de salud, de educación, de trabajo, de seguridad y libertad; un grito que desea que la delincuencia sea erradicada desde las mejoras a las condiciones de vida del pueblo; un grito que anhela la equidad en oportunidades de desarrollo personal y social en materia de necesidades básicas; un grito que reclama, sí, que reclama un cambio radical en las políticas de gobierno, en las políticas sociales, en las políticas culturales, en las políticas educativas; pero, sobre todo, un grito que demanda la presentación con vida de 43 estudiantes normalistas desaparecidos por el contubernio entre el gobierno y la delincuencia organizada.

 

El “Todos somos Ayotzinapa” del ejecutivo sonó insípido, sin fuerza, sin eco, sin un propósito que responda ante las demandas sociales, si con un plan “para reforzar la seguridad y el Estado de derecho” para aparentar responder intereses colectivos; sin embargo, el ejecutivo olvida, o no quiere saber, que un amplio sector de la sociedad, sobre todo los jóvenes, está planteando propuestas desde una visión propositiva, con un sentido crítico, en el que se demanda, en primera instancia, una reforma a favor del pueblo, con interés social, que beneficie realmente a la población en general y no solo a las cúpulas del poder económico y político del país.

 

El “Todos somos Ayotzinapa” no pertenece al poder ejecutivo, pertenece a quienes han abanderado la filosofía por luchas por un mejor Estado, por un mejor orden institucional, por un marco legal que garantice en realidad los derechos individuales, por una sociedad que pueda tener una proyección de un futuro promisorio. No debe ser una máscara para subirse al ruedo, donde ni el toro ni los espectadores quieren pertenecer a un sistema que vela por los intereses de los grupos en el poder.

 

(Dos)

 

La primera vez que oí el grito de “Todos somos…” fue en 1988, lo oí de mi abuelo materno, a mis 12 años. Había concebido por vez primera el repudio hacia el sistema que nos gobierna; eran los tiempos de las pugnas y rupturas en el viejo, Cuauhtémoc Cárdenas avizoraba su destino como lo vio Tlacaélel el día del nacimiento del último emperador azteca, el nombre lo dice todo.

 

Así, la escisión en la dictadura perfecta, como la llamó Vargas Llosa. Eran los tiempos de Porfirio Muñoz Ledo, un ex canciller ante las naciones unidas; eran los tiempos de Heberto Castillo, un magnifico luchador social y militante de la izquierda, todavía auténtica izquierda; todos ellos, junto a otros políticos de “altos vuelos”, fundaron un partido de izquierda que hoy nada entre la inmundicia y lo absurdo de un pensamiento politiquero que se vende al mejor postor, un partido que ha perdido la esencia que lo vio nacer; allí, en el Ixhuatán de 1988, oí por vez primera a mi abuelo y a otros ixhuatecos planear un viaje a la Ciudad de México para defender el triunfo de Cárdenas en las elecciones presidenciales, y, con ello, el grito de “Todos somos Cárdenas”.

 

La segunda vez que el grito se produjo con una fuerza brutal fue en el año de 1994; aunque no partió de la voz social de los mexicanos, sí era un grito que hacía referencia a un movimiento local con tintes globalizoides; un grupo de activistas Italianos y algunos otros europeos ungieron el grito de: “Todos somos indios”; de inmediato, la sociedad global adoptó la postura, el advenimiento de la era digital promovió rápidamente el sustantivo, y, por todos lados, el grito se hacía presente para repudiar las políticas del gobierno mexicano, y luchas por los derechos de las y los indígenas del país; también es preciso aclarar que el grito fue cuestionado por los intelectuales orgánicos a favor del Estado, puesto que, mientras que los europeos ponían el dedo en la llaga mexicana, no eran capaces de luchar por los movimientos de limpieza racial que se vivían en Los Balcanes y en otras microrregiones europeas.

 

La tercera vez que el grito volvió a cimbrar la voz de la masa fue con el agravio de quien hoy ostenta la silla del poder ejecutivo a los estudiantes de la Universidad Iberoamericana, en la primavera mexicana de 2012. Mientras los estudiantes cuestionaban la imposición mediática del candidato del Grupo Atlacomulco en contubernio con la televisora, dueño de la exclusividad de la esposa del mismo candidato, y que por ello exigían la democratización de los medios, los grupos en el poder fático a través de estos mismos medios hacían menos a los estudiantes, calificándolos como un “pequeño grupo de estudiantes”, un “reducido grupo de manifestantes”, “un grupo de incitadores”, que, además, aseguraban que no pasaban de un número aproximado de 20 personas; con esta afrenta, los estudiantes saltaron a la escena pública internacional, primero en las redes sociales y posteriormente de voz en voz como efecto dominó, para aclarar y definir que no eran simples manifestantes ni incitadores, mucho menos un reducido número, para ello produjeron un video en que daban a conocer, con rostro, nombre y credencial en mano, que eran 131 estudiantes de la universidad en donde fue boicoteada una presentación del entonces candidato, y, a partir de ello, la sociedad civil se sumó al grupo y creo la consigna “Yo soy 132” o “Todos somos 132”.

 

Otros gritos y otras voces de los movimientos sociales, de los distintos grupos que demandan al gobierno solución a sus problemas, han asumido la postura “Todos somos…” y “Yo soy…”, y esto los vuelve sociales. Quienes tomamos la bandera de uno u otro grupo lo asumimos con la idea de aportar nuestra voz, nuestro granito de arena, nuestro coraje, nuestra exigencia, nuestro reclamo, nuestra propuesta.

 

(Tres)

 

El poder ejecutivo no es México, el poder ejecutivo “no es Ayotzinapa”, el poder ejecutivo no está para reclamar, demandar o exigir, el poder ejecutivo está para ejecutar, así lo dice la constitución.

La rebelión de las masas o 'Todos somos...' otra vez

A. Antonio Vásquez

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