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Sobre el son “La Sandunga” se han dicho muchas cosas, quizá la más importante sea que es original del Istmo de Tehuantepec y, de este, de la ciudad de dicho nombre; sin embargo, 150 años después, no hay consenso de que ello sea cierto.

 

Fue precisamente poco después del centenario de la melodía, el 7 de junio de 1953, en Alacena de minucias, cuando Andrés Henestrosa (1906-2007) escribió al respecto: “Acaba de celebrarse en la ciudad de Tehuantepec el primer centenario de ‘La Sandunga’. Los animadores de esta festividad eligieron los dos últimos días de mayo y el primero de junio como las fechas que ahora hace cien años se tocó por vez primera aquella melodía, y tal vez también se cantó. Nada de esto, naturalmente, es cierto. ‘La Sandunga’ –con S, mejor que con Z- es una vieja melodía que debe haber llegado a México, y a América, hace mucho más de un siglo, o menos, pues una pieza así titulada se encuentra en diversas épocas y en muchas partes de este continente, de suerte que nadie puede señalar su autor ni mucho menos su fecha de nacimiento. Gerónimo Baqueiro Fóster encontró en un periódico de México, del año 1852, un programa en que aparece un jaleo titulado “La Sandunga”, y dio esa fecha como la más lejana que se conoce acerca de la bella, lánguida y sollozante melodía istmeña. Yo mismo he regalado a Baqueiro un texto musical publicado en La Habana con un título igual. Y parece que Gabriel Saldívar ha encontrado la melodía original, inserta en un periódico de mediados del siglo pasado”.

 

Henestrosa, el 20 de septiembre del mismo año 53, también en Alacena de minucias, volvió sobre el asunto. Esta vez, entre otras cosas, escribió: “Por el año de 1937, y con motivo de la película llamada “La Sandunga”,  se suscitó entre los aficionados al folklore musical y al ejercicio de la literatura una discusión acerca de los orígenes de la melodía con ese nombre. La ignorancia, por un lado, y la patriotería,  por el otro, orillaron a los aficionados a escribir las más insólitas necedades acerca del tema (…) Y las cosas más aberrantes se dijeron en la ocasión: que si ‘La Sandunga’ era de Chiapas, que si era de Tehuantepec, que si era de Juchitán; o que si la escribió un hombre sin notas preso de un tremendo dolor: el huérfano de la leyenda de Esteban Maqueo Castellanos. De todas, las más grande, aquella según la cual ‘La Sandunga’ era hasta por su nombre de origen zapoteco, de acuerdo con una descabellada etimología que se trajo a cuento”. Henestrosa, además, afirma allí que el vocablo Sandunga “… era una voz castiza que pudo haber sido en sus orígenes saldunga en su connotación de salero, gracias, donaire”. 

 

En noviembre de 1935, Henestrosa, sobre el tema que nos ocupa, en el mensuario  Neza, había publicado: “Quien hable de música y de canciones del Istmo de Tehuantepec dice una mentira o una verdad a medias porque música indígena propiamente dicha y en general toda manifestación artística no la hay. Esto no evita que por allí quede alguna melodía pura, algún procedimiento de trabajo ancestral, pero ello son ya tan débiles, que no puede llamárseles, sin mentir, música indígena, arte indígena. Lo que de aborigen tienen algunas artes de México es la emoción que hasta las manos le llega al indio cuando trabaja o hasta los ojos cuando canta (…) Las canciones y la música que corren como istmeñas no son otra cosa que el resultado de un feliz maridaje de una melodía española, a la manera andaluza casi siempre, con otra melodía vernácula, cuando no una simple inflección de la voz que la matiza de melancolía. ‘La Sandunga’ –nombre claramente andaluz-, ‘La Llorona’, ‘La Petrona’, por no citar sino aquellas que, de manera más armónica, se han instalado en nuestro sentimiento, son, a las claras, llanto español en pupilas nativas. El flamenco herido de ayes fue la principal influencia: nuestra ‘Sandunga’ sangra en cada verso. Cuando estas dos emociones se encontraron no se rechazaron ni corrieron parejas, sino subieron juntas resueltas en grito, que es siempre el final de todo sentir zapoteca. Y la letra con que estas canciones se cantan son, sin duda, españolas y de los mejores días. ‘La Llorona’ tiene un estribillo (Ay, de mí, Llorona/ Llorona de ayer y hoy:/ ayer maravilla fui,/ ¡ay Llorona!, ahora ni mi sombra soy) que es el mismo, salvo leves variantes, de una de las más preciosas letrillas de don Luis de Góngora, si es que el poeta de Córdoba no lo recogió de la poesía popular castellana, pues es más justo suponer que el conquistador lo haya repetido del folklore que de la obra del poeta”.

 

José Vasconcelos (1882-1959), a quien Henestrosa admiró profundamente, también escribió sobre “La Sandunga”, texto que se reproduce en Neza en mayo de 1936. Allí, se lee: “Se expresa, sin embargo, el afán intenso que late bajo la confusión exterior por medio de una danza semi-autóctona titulada la zandunga. Autóctono propiamente, no es ningún arte contemporáneo en América… (…) La danza tehuana es, sin embargo, de lo más característico de que pueda ufanarse el continente. Cuando se presenta solemne la acompañan orquestas de cuerda, a las cuales se incorpora una docena de clarines militares. Irrumpe un toque de corneta y en derredor la orquesta inicia, mantiene un contraste de ritmos violentos y desfallecimientos lánguidos”.

 

Vemos cómo, mientras Henestrosa se refiere a la música, Vasconcelos nos habla de la danza. En su texto, este último describe el ambiente y  a la pareja de danzantes en su ejecución del baile. En el mismo  Neza, otros tres autores escriben sobre “La Sandunga”, aquello mismo que Henestrosa llamó necedades. Por considerar que vale la pena para entender mejor el contexto en que se dieron las discusiones, las traigo a colación.

 

El más antiguo fue el de Esteban Maqueo Castellanos (1881-1928). En enero de 1936, se publicó en Neza su texto “La Zandunga”, donde entre otras cosas, expresa: “La Zandunga es de origen istmeño; más aun juchiteco. Opinión general ha sido creerla de cuna chiapaneca, que lo fue de la no menos popular y alegre Tonalteca”. Luego pasa don Esteban a decirnos la etimología de zandunga, que cree es zapoteca y que Henestrosa rechaza tajante. Cuenta Maqueo una leyenda: la de un joven músico que se va a Oaxaca a estudiar o trabajar, mientras que su madre se queda en Juchitán. En eso la madre enferma de gravedad, el muchacho es avisado y viene a verla, con tan mala suerte que, cuando él llega, ella acaba de morir. Del dolor, dice don Esteban, el hijo llora junto al cadáver y exclama en zapoteco: “¡Ay, mamá, mamá por Dios!” Y, apesadumbrado, anota de inmediato en el pentagrama todo cuanto su dolor le dicta, “… la melodiosamente dolorosa música, condensación de sollozos y lágrimas, aún en su tiempo de allegro, y de la que dijera en hermosísimo pensamiento el nunca bien llorado Rodulfo Figueroa, el poeta más nacional que hemos tenido y este, sí, chiapaneco: ‘Cuando muera, tocad junto a mi lecho de muerte la Zandunga; si quieto permanezco, ¡estaré muerto!’”.

 

En febrero de 1936, en Neza se publica la versión de “La Sandunga” de Guillermo A. Esteva, del año 1931: “Al chocar la revolución de Reforma con el estro de Tehuantepec,  produjo también su música chinaca, una música que fue casi un himno, el himno de la raza: ‘La Zandunga’. (…) Un tehuano, el coronel Máximo Ortiz, la compuso, plasmando en ella el cielo de Juchitán, la mujer de Tehuantepec vestida de luz y color (…) Por desgracia, “La Zandunga” ha sido mixtificada al trasplantarse a otros ambientes; la he escuchado en otros lugares, fuera de su cuna, y no es la misma. Brota como domesticada, como si la civilización la hubiera amansado, perdiendo su wagneriano sabor, su brusquedad sinfónica, que hace en las humildes bandas de Juchitán que cada instrumento parezca reñir combate con el otro, disputarse distinta melodía que se encrespa y clama en los latones resonantes”.

 

Por su parte, Aquileo Infanzón Garrido publicó en Neza, en junio de 1936, un relato de un encuentro que tuvo con el periodista y poeta, así lo llama, don Ranulfo Penagos, chiapaneco. Allí expresa que traen a cuento una tonada que Penagos llama “El Quirio”, “… la música que ustedes los ‘juches’ conocen con el nombre de ‘La Zandunga’ y que dicen ser de origen istmeño-tehuano; pero que, en realidad, es de origen chiapaneco”, le dice a Infanzón. Acto seguido, le larga una leyenda ocurrida en Cintalapa, Chis., lugar donde vivía una hermosa doncella que la gente rebautizó con el nombre de Zandunga. Una noche, uno de tantos pretendientes ricos de dicha dama le llevó serenata, que rubricaron al final tocando “El Quirio”. Cuando las notas de la melodía se extinguían, un mancebo oculto en un árbol de caimito lanzó un canto que rezaba así: “Ay Zandunga/ Zandunga mamá por Dios,/ Zandunga bolita de oro,/ mamá de mi corazón…”. Entonces el rico pretendiente, aleccionado por quienes lo acompañaban, se adentró en la oscuridad para callar al que consideraron un borracho. Y quien fue callado para siempre fue él al serle enterrado un puñal en el pecho. Años más tarde, la doncella casó con un labriego humilde, de quien sospecharon había dado muerte al desdichado. Y “El Quirio” dejó de llamarse así para convertirse en Zandunga. Al ver Penagos que Infanzón no quedaba convencido, Penagos terminó diciendo: “Y para que se convenza que es chiapaneca, amigo, escuche este cuarteto del soneto intitulado “La Zandunga”, que el extinto poeta Rodulfo Figueroa escribió en mil ochocientos noventa y cinco: ‘Cuando en la calma de la noche quieta/ Triste y doliente La Zandunga gime,/ Un suspiro en mi pecho se reprime/ Y siento, de llorar, ansia secreta…’”.

 

Otro chiapaneco, el extraordinario narrador y poeta Eraclio Zepeda (1937), en su antalogía personal “Andando el tiempo”, publicada en 1982, en su texto “De la marimba al son”, deslumbra con su realismo mágico que nos hace pensar que, en efecto, “La Sandunga” es de origen chiapaneco. Al  hablar del Istmo, dice: “Toda fiesta giraba alrededor de las bandas de viento. Puede ser que el francés las trajera, pero lo cierto es que las mejores eran las del Istmo. Aquellos poderosos maestros juchis soplaban con el alma, con un brío que por algo se llama La Ventosa una parte de su tierra”.

Más adelante, al narrar la creación de la marimba de doble teclado, anotó:

–     ¿Cómo se llamará?, preguntamos.

–     Marimba cuacha, contestó don Corazón aprestando los bolillos para arrancar la primera “Zandunga”.

 

Vemos, pues, la complejidad para dilucidar el origen y la paternidad de “La Sandunga”. Lo mismo ocurre con “La Llorona”, la otra melodía emblemática del Istmo, la cual,  a estas alturas, tiene tantas cuartetas como compositores, poetas y escritores ha logrado seducir, entre ellos unas cuartetas magníficas de Andrés Henestrosa que me fascinan. Pero ahora, ya para terminar, quiero traer a cuento los versos de “La Sandunga”. Primero diré aquellos con que el citado Infanzón cierra su narración: “Trenzas con listones rojos/ Y huipil bordado guinda;/ ¡Zandunga, tehuana linda,/ Alúmbrame con tus ojos…”. Ahora, aquellos otros versos –copia textual del original- que nuestro paisano Ciro Fuentes Ramírez (1950-¿2008?), en su libro “Istmo de Tehuantepec. Costumbres y tradiciones”, de 2006, cita. En él nos informa que los arreglos del son  corresponden al coronel Máximo Ramón Ortiz y a Mauricio Muñoz. 

 

Primero, lo que Fuentes tituló: [Sandunga (Cantado en zapoteco improvisación de Máximo Ramón Ortiz, traducción de Vicente M. Matuz)]: “Si hubiera podido, las flores de mi camino ¡ay, mamá! ¡Santita mía!/ Las hubiera contado, para negarte con ellas ¡cielos de mi corazón!/ Si hubiera sabido que ya no te alcanzaba ¡ay mamá! ¡Santita mía!/ En el mismo camino me hubiera matado, cielo de mi corazón/ Qué Sandunga vana, qué Sandunga, ¡miren mamá murió! ¡Sandunga! También mátame ¡cielo de mi corazón!/ Qué Sandunga vana, qué Sandunga, ¡miren mamá murió! ¡Sandunga! También mátame ¡cielo de mi corazón!”.

 

Finalmente, los versos más conocidos: “Si al cielo subir pudiera/ Sandunga ¡ay mamá por Dios/ las estrellas te bajara/ cielo de mi corazón./ La luna a tus pies pusiera/ Sandunga ay! mamá por Dios/ con el sol te coronara/ cielo de mi corazón./ Ay! Sandunga/ qué Sandunga nabaana ay! mamá por dios/ Sandunga tú eres tehuana/ cielo de mi corazón./ Si dios me diera licencia/ Sandunga ay! mamá por dios/ de abrir esa sepultura/ cielos de mi corazón./ Sacaría a mis dos hermanos/ ay! mamá por dios/ Máximo Ramón Ventura/ clavel de mi estimación./ Ay! Sandunga/ qué Sandunga nabaana ay! mamá por dios/ Sandunga tú eres tehuana/ cielo de mi corazón”.

La Sandunga

Juan Henestroza Zárate

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