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Ayer, mientras caminaba por las calles de Ixhuatán, observé a mi gente y, curiosamente, me concentré en los niños, sí, a los que llamamos "el futuro". De pronto un sentimiento invadió mi ser, pues recordé el ayer, y, al no poderme identificar con los niños del hoy, me surgió ese sentimiento al que llamamos nostalgia, y me pregunté: “¿Cómo será el mañana?”.

 

Me encontré con un niño que vendía memelas, y mientras la paisana escogía el producto, él estaba muy concentrado en el celular. Me acerqué para preguntarle: “¿Qué haces?”, y me respondió que, para no aburrirse, jugaba. Continué mi camino, y, justo media cuadra antes de mi casa, hallo un local que dice "Videojuegos", y, al llegar a la altura de la puerta, veo niños, inclusive jóvenes, de diferentes edades atrapados en una pantalla y con un control remoto en sus manos jugando a ser el mejor goleador del mundo o el héroe de las galaxias.

 

Fue en ese momento cuando me dije: “¿Dónde quedaron las canicas, el trompo, el papalote, la resortera, el elástico, el avión de papel, el soplamoco o los juegos como la tengo la tengo, el hoyito, congelado, stop, piso, el escondite, la chalupa o lotería (por mencionar algunos)?”.

 

Deduje, entonces, que la magnitud del fenómeno de la globalización es más grande de lo que pensaba o, a lo mejor, más grande de lo que me habían hecho creer los controladores de la economía, pues estamos viviendo un consumismo voraz en el que, por si fuera poco, carecemos de responsabilidad y nos sobra el mal hábito del uso inadecuado de la tecnología.

 

Considero que cabe la necesidad de cambiar las formas de vida, las cuales fortalezcan cultural y espiritualmente al individuo y a la sociedad.

Los juegos también están en crisis

Alhelí Ruiz

 

 

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