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Era el año de 1982. El Salvador se encontraba en plena guerra civil a tres años de haber terminado la dictadura militar iniciada en 1931, uno de los procesos históricos más dolorosos que algún país latinoamericano haya vivido.

 

Tenía 22 años, nula preparación académica, una hija engendrada y solo dos opciones de acción: adherirse al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional o al ejército gubernamental; un mismo destino: la muerte en batalla.

 

El sueño americano siempre representó un objetivo, y, sumada su condición de una potencial víctima más, había llegado la hora de perseguirlo.

 

En ese entonces, el tren de la muerte aún no llevaba el nombre de La Bestia, pues fue hasta 1997, con la privatización de los ferrocarriles –obra que comenzó Salinas y terminó Zedillo-, cuando comenzaría a ser denominado de tal manera y por razones que sobradamente hoy se conocen… pero ya mataba.

 

Después de una breve estancia por Guatemala, decidió jugar a la ruleta rusa sobre este transporte, donde viajaban personas y él, un ente de ninguna parte que había dejado toda su vida atrás en busca de algo completamente incierto. Antes de llegar a la caseta de migración, y al percatarse de esta, hizo lo que todo indocumentado hace en esa situación: lanzarse hacia un costado de la carretera con la esperanza de librar las vías y no terminar mutilado o, simplemente, terminar ahí.

 

Tuvo suerte, a medias, ya que sobrevivió a tal odisea, pero con algunas fracturas, las cuales le imposibilitaron seguir avanzando. Como pudo llegó a la vivienda más cerca y pidió ayuda. Una mujer se apiadó de él y le ofreció su casa hasta que se recuperara un poco. Ahí recibió la visita de un médico, quizá un huesero, y, al paso de algunas semanas, pudo seguir con su ruta.

 

Llegó a Juchitán y, por azares del destino, conoció en ese lugar a un ixhuateco de nombre Álvaro, pero que se hacía llamar “Tony Curtis” -hoy ya fallecido-, quien se dedicaba a pintar murales y bardas con distintos mensajes. Laboró con él en la capital comercial del Istmo durante un tiempo, y este evento lo llevaría al pueblo de hojas, donde pospondría su destino norteamericano por 18 años.

 

En Ixhuatán tuvo cuatro hijos con dos parejas diferentes, una máquina de coser y una carpintería que le servirían como fuente de ingresos, evidentemente insuficientes. Trabajó como animal sin muchas retribuciones significativas, además de caer en los dominios del alcohol a causa de, en sus propias palabras, su misma ignorancia, por lo cual buscó salidas que pudieran resultar más viables económicamente, aunque ilícitas dentro del marco normativo mexicano: el coyotaje como forma de subsistir.

 

Tras una mala jugada de la vida, volvió a verse en una situación similar de predicamento a la de casi dos décadas atrás: o te vas o te detienen. Sin la posibilidad siquiera de despedirse de su familia, emprendió el viaje hacia su destino original en el verano del año 2000; con la esperanza de sacar a sus hijos adelante, el corazón destrozado y solo un par de personas que lo extrañarían, cruzó el río Bravo y llegó al estado de Texas, donde fue recibido por su hermano menor, quien también se había ido de El Salvador huyendo de la violencia, en busca de un mejor futuro; a esas alturas, este último ya había conseguido la residencia tras contraer matrimonio con una mujer méxico-estadounidense.

 

El sueño americano resultó no ser tan hermoso como lo pintaban, tampoco una jaula de oro, más bien una celda muy fría; el sometimiento al yugo del país más devorador del mundo por su constitución ultracapitalista provoca pronto una desilusión de muchos gitanos entusiastas; sin embargo, en ese lugar por lo menos ven retroactivos más relevantes que en los de sus países de origen, por lo cual prefieren permanecer ahí, como esclavos tanto por la explotación laboral como por su condición migratoria ilegal, que volver al infierno llamado Latinoamérica.

 

Cumplió sus objetivos materiales básicos. Hoy vive en la periferia de Houston en una unidad habitacional donde se alojan migrantes de todas partes del mundo en la misma situación que él.

 

Nunca será reconocido ni recordado por nadie –más que por dos o tres- porque, para el mundo, él es nadie, porque un cachuco (denominación utilizada para los guatemaltecos, pero de uso extendido para todos los indocumentados centroamericanos por parte de los mexicanos, para quienes da lo mismo si vienes de Nicaragua, Honduras, El Salvador…) es semihumano, porque no pertenece a sociedad alguna, porque su ser está fuera de la ley, porque da lo mismo si vive o muere.

 

Hoy ve el horizonte con la esperanza de que el futuro lo sorprenda y le traiga algo mejor, por lo menos un lugar cálido para morir y una tumba a donde puedan dejarle una flor… por lo menos una.

Memorias de un salvadoreño que pasó por Ixhuatán

Michael Molina

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