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Solitario, hoy habito una casa que cuando fui niño ella por sí sola me asustaba. En ese tiempo corría la especie que estaba habitada por fantasmas y/o espíritus chocarreros que producían gemidos, quejidos y ruidos de cadenas. Así que procuraba no pasar de noche en dirección de ella, y, cuando ello no me fue posible, lo hice corriendo o caminando deprisa, chiflando, sin voltear a mirarla.

 

Hace unos ayeres, soltero, habité una casa en la misma calle en que ahora vivo, marcada con el número 41, que en aquel entonces no solo yo, sino muchos otros en el pueblo ignorábamos la connotación sexual que le acompañaba. Era la casa de mis padres, ubicada frente a la de ta Huillo y na Ángela, productores de sandías y melones criollos, que, de solo recordarlos, se me hace agua la boca.

 

Justo Sierra (1848-1912) se llama mi calle, que corre  de norte a sur y que por ambos extremos se asoma al río Ostuta. A partir de mi manzana viene a ser la última, delimitada por el río al occidente, en el lugar más alto de Ixhuatán. “Cuando el agua suba hasta aquí será porque ya se perdió el pueblo”, me han dicho muchos ancianos en tiempos de inundaciones. Calle que, como casi todas las del pueblo, fue trazada a cordel, siendo una de las primeras –si no es que la primera, aunque pequeña en su origen- al partir a la mitad lo que es hoy el centro histórico de Ixhuatán.

 

Mi calle pasa frente a una cara de la casa del maestro Clemente Matus Ruiz (donde el doctor Miguel Ángel Pérez Toledo estableció por un tiempo su consultorio), el mercado público, el templo de la Virgen de la Candelaria y la casa de mis padrinos Héctor Toledo y Juana López (hoy Grupo Ixhuatán de Alcohólicos Anónimos –AA- 24 Horas y que en los 70 fue el afamado “centro de salud” –entiéndase cantina- de mi padrino, a quien apodaban doctor porque curaba de la resaca y prescribía brebajes a su clientela).

 

En la calle Justo Sierra, me contó mi padre, antiguamente se hacían las carreras de caballos, de norte a sur, partiendo de la hoy calle Constitución, justo donde ahora se ve en ruinas la casa que fue de don Fidel Nivón Fuentes, primero, y, más tarde, de don Melquíades Toledo, en donde el 28 de agosto de 1982 se estableció otro grupo AA, el cual terminaría siendo el primero tipo 24 horas habido no solo en Ixhuatán, sino en el Istmo de Tehuantepec.

 

En mi calle también se estableció, en 1973, el primer grupo AA de Ixhuatán, en la esquina que forma con la calle Amado Nervo, donde darían  mucho de qué hablar Lipe Pérez y su pléyade de “artistas”, tal como les decían los hombres léperos, igual o más alcohólicos que aquellos. Mismo lugar donde floreció la tienda “El Marinero”, que ahora muchos recuerdan sin poderlo despegar de la tragedia. Ah, también allí junto estuvo anexo, entre los años 60 y 70, la peluquería de Cándido Cruz, a donde me llevaban por las tardes para ser peluqueado. Recuerdo que, mientras Cándido hacía en mi cabeza su trabajo, yo me quedaba mirando un árbol alto todo verde que había enfrente que provisionalmente llamábamos pino y que nunca supe qué especie era. Más tarde, cuando el presidente municipal don Aurelio Toledo (trienio 1969-1971) trajo muchos pinos para sembrar en el parque y frente a la casa municipal, me enteré de que estos se llamaban casuarinas. Cada vez que los vientos hacían silbar sus ramas y yo lo escuchaba se desataba en mí la melancolía. Lo mismo me ocurrió en Juchitán, donde ellas abundaban –igual que los nortes- en la Escuela Técnica Industrial No. 34, secundaria que comenzó a ser, en 1969, el actual Tecnológico.

 

En mi calle estuvo también la casa de mis abuelos paternos, colindante con la iglesia católica al lado sur. En el tiempo que la alquilaban, la habitaron saltimbanquis, encantadores de serpientes y huéspedes de toda ralea que venían a trabajar o a vender en la fiesta de la Candelaria. Don Isaac Contreras estableció allí un molino de nixtamal y por un tiempo dio consultas un doctor supuestamente alemán, cuyo apellido conozco, aunque sin la debida certeza como para consignarlo aquí.

 

Fue en mi calle precisamente cuando, una tarde de octubre de 1970, transité por primera vez montado en una bicicleta de marca Hércules, recién comprada en la mueblería “La Esperanza”, de Juchitán. No fui el primero en subirse a ella porque el gusto de estrenarla le tocó a Julio César, mi hermano. No porque él fuese consentido de mis padres o algo por el estilo, sino por algo más elemental: era el dueño de la bici.

 

Mil pesos costó la bici tipo turismo, que fue adquirida al contado con los mismos mil pesos en que fue vendido “Coquito”, el becerro que antes de serlo había quedado huérfano de su madre: “pepe”, “zapi”, según se dice en el pueblo. No obstante ofrecérnoslo mi padre, Julio César fue el único que se atrevió a tomar el compromiso de alimentarlo con biberón, ayudado, off course, de mi madre. “Lo voy a vender y con el dinero que me den me voy a comprar una bicicleta”, nos decía a los otros tres hermanos, quienes ya estábamos curados de espanto porque,cuantas veces mi madre nos “regaló” un puerco recién nacido para que ya adulto y gordo lo vendiéramos, cuantas veces ella nos timó. Así, pues, nadie de los tres creyó que a Julio César mis padres fueran a cumplirle.

 

No solo le cumplieron, sino que, esa tarde que vinieron a dejar la bicicleta armada en su envoltura, fue Julio César quien tuvo el privilegio de descubrirla, sonriente y burlón. Mi madre nos hizo la advertencia que todos la manejaríamos de uno en uno, pero que el primero que debía subirse en ella sería Julio César. Ni modo de contradecirla si nos moríamos de ganas por montarla. Lo que hicimos fue ayudar a mi hermano –en un mar de gritos- a que pedaleara, sin soltarlo hasta que él nos lo ordenara. Dimos vuelta a la manzana y, mientras yo pujaba, me decía: “Empújale porque quién quita sigas tú”. A ratos regañaba a mi hermano, que se tambaleaba en la bici donde estaba hecho un lío: duro como la chingada, decíamos entonces.

 

Por supuesto que tenía fundadas esperanzas de que me tocara el turno siguiente, por ser el mayor de todos. Solo que había algo en contra de mis deseos: el que en el pasado castigué físicamente a mi hermano, así fuese de vez en cuando, bien por cuenta propia, bien por cuenta de mi madre, quien  me ordenaba hacerlo, ya que mi hermano parecía venado de tan escurridizo que era. Esa tarde, sin embargo, no pensé en eso, aunque ahora intuyo que mi hermano quizá sí lo hizo porque se tardó una eternidad en bajarse de la bici. Lo hizo cuando decidimos ya no empujarlo, no solo porque estábamos con la lengua de fuera, cansados, sino porque nos mataban las tremendas ganas por montarla.

 

Viéndonos sentados a todos en la banqueta, desanimados, mi madre ordenó que me subiera a la bicicleta. Por arte de magia, el cansancio se me quitó y en su lugar entró a batear el miedo. Pero ni modo de permitir que Julio César o cualquiera de mis otros dos hermanos fuera el primero en aprender a manejarla y me ganara. Así que me monté en ella y ordené que solo recorriéramos nuestra calle. No les dije por qué, pero ahora lo digo: por vergüenza a que más gente me viera ir zigzagueando con la bici. Soberbio que soy.

 

Me llevaron y trajeron por la calle no sé cuántas veces. Otro tanto hicimos con mis hermanos Milton y Nelson en cuanto les tocó su turno. Finalmente, después de poco más de tres horas y cuando ya anochecía, todos, excepto Nelson, habíamos aprendido a manejar la bici, así fuese cherenche (inestable). Nelson lo vendría a hacer en los días siguientes y de una manera sui géneris: cruzando el pie en el cuadro, modo que me fue siempre imposible lograr, lo mismo que subirme a ella encarrerado. Tampoco, por supuesto, practiqué con la bici algunas de las suertes que a muchos gustaban.

 

En verdad no me acuerdo quién fue el primero en mi familia en manejar la bicicleta aquella tarde de octubre. Lo que sí no olvido es que los tres que aprendimos nos llevamos por lo menos una caída y sus consecuentes raspones en manos y piernas. Recuerdo también que, con cada caída, Julio César se enojaba porque temía que su bicicleta saliera abollada. Malhumorado, nos regañaba y poco faltó para que nos diera de coscorrones.

 

Bien adornada la bici, mi hermano la llevaba a la secundaria Unión y Progreso, donde al parecer le servía para enamorar a una que otra chica. En ese tiempo, convencer a una dama a ser llevada en el  cuadro era una declaración de amor, y mi hermano logró hacerlo quién sabe cuántas veces. Bueno, eso fue lo que él me contó. Los diablitos no eran populares aún y una mujer difícilmente se subía en ellos por aquello de recargar sus partes pudendas en la espalda de un hombre. Mejor dicho, no se atrevía por el qué dirá la gente, comenzando con su familia. Otro tanto ocurría, aunque en mucha menor medida, si una mujer iba sentada en la parrilla.

 

En el pueblo comenzaron en ese tiempo a proliferar y a usarse las bicis para pasear y transportarse al campo y a la pesca. El vecino pueblo de Reforma comenzó a ser visitado con más frecuencia, como que se nos acercó, lo que dio origen a una que otra historia de amor entre habitantes de ambos pueblos.

 

Un día de abril del año 1973, me fui en la bici de mi hermano a dar agua a un poco de ganado de mi padre allá en La Mojonera, al otro lado del río, al poniente. Fue justo el día en que fue asesinado el mareño Erasto Vargas, con lo que dio inicio la confrontación violenta por la tierra con nuestros vecinos de San Francisco del Mar. Fue esa la última vez que hice trabajos del campo.

 

Nunca tuvimos otra bici en casa que aquella de Julio César, la que él siempre cuidó y tuvo sobre ella el mando único. Jamás se le extravió –todo dueño le hacía entonces una seña particular nunca visible para los otros-, y ya vieja y cansada, mi madre se la regaló a un su hermano, quien la usó por otros años. La última vez que la vi fue allá por el año 2009, sin pintar, en los puros huesos, digo, fierros oxidados.

 

De regreso al pueblo, médico, llegó el momento en que decidí ya no caminar para ir a ver a mis pacientes a deshoras de la noche. Fue cuando pensé en comprar una bicicleta. Pero no fue sino hasta 1986 cuando, sin querer, me llegó la oportunidad de tener una. Un joven norteamericano, accidentado en el mar de Aguachil, llegó a mi consulta conducido por un hombre farmacodependiente. Era uno de esos aventureros montados en una bicicleta con tremenda mochila al hombro. Lo envié a Juchitán con el radiólogo por el temor a que tuviera lesión de vértebra cervical. Ya no traía dinero, así que se lo tuve que dar, y me dejó en prenda su bici trotamundos. Al regresar y una vez descarté lesiones graves, se vio obligado a venderme su medio de transporte. No pude evitar sentir pena.

 

Por ser norteamericana la “bicla” –así se dice bici en Ixhuatán- de montaña, me encantó, además de que había muy contadas en el pueblo y la mía era única. Con ella me moví durante muchos años, hasta la noche en que un ladrón de bicicletas –que ya habían proliferado en el pueblo y en los pueblos aledaños- me la robó impunemente en la calle. Fue en mayo de 2008, año funesto en mi vida, ya que solo faltó que me orinara un perro.

 

Con el robo definitivo comprobé que bien dicen que la tercera es la vencida. En efecto, la bici se la llevaron para siempre en la tercera vez que se la robaron. La primera se la había llevado un ebrio del pueblo, quien, en cuanto se dio cuenta al día siguiente de que era mía, me la mandó devolver con su madre, ya que él no tuvo valor por estar muy avergonzado y temeroso. La segunda, un hombre que fue peón en la casa, se la robó y  vendió a un hombre de Rincón Juárez, lugar que, por cierto, antiguamente fue llamado Rincón Zapi porque el Benemérito fue huérfano, pepe, como quien dice. Personalmente fui hasta allá a rescatarla una vez me dio el pitazo un alumno mío de la preparatoria. Ahora vivo con la esperanza que quien la tenga me la devuelva, máxime que me dijeron en su momento que la vieron hacer los trabajos forzados de un pescador de Pueblo Nuevo. Confío en que ese ladrón de mi bicicleta tenga conciencia como sí la tuvo el protagonista de la magistral película de Vittorio de Sica –"Ladrón de bicicletas"-, de feliz recordación para mí.

 

Una tercera bici, de montaña, es la que monto ahora, aquella que fue de mi hijo Benjamín y me dejó en herencia cuando se fue a estudiar. Mi otro hijo, Juan Adrián, tiene la suya, la conserva su mamá, y yo no olvido ese octubre en que se cayó de ella por soltarse de las manos, como tampoco olvido el tremendo golpe que Benjamín se dio. Una vieja y original Vagabundo, la de la madre de mis hijos, vive solitaria y triste en una galera. Dos bicis más –las cuales conservo- les compré a mis hijos cuando eran muy niños porque siempre me empeñé que aprendieran a manejar desde chicos y no ya grandes, como yo lo hice, lo que me causó miedo. Tanto miedo tuve a caerme de la bici que las dos veces que manejé una en el DF, las dos veces me caí.

 

Hace tiempo, un paisano abogado me dijo que le admiraba que yo pudiéndome comprar un auto no lo hiciera.¡Pañú! –¡si hubiera!, en zapoteco-, le reviré riendo, y juro que no mentía. Por otra parte, no veo útil tener un auto en un pueblo donde las distancias son cortas, a menos que se tenga necesidad de salir por negocios, trabajo u otros menesteres. Sin considerar el tema ecológico. El dinero –que no tengo en la medida que yo quisiera tener, por cierto- prefiero ocuparlo en otras cosas que considero más importantes, para mí, claro.

 

Asimismo, tengo hermosos recuerdos de hombres adultos montados en sus bicicletas, semejantes a esas imágenes de la película "La vida es bella". Quizá el primero que me tocó ver fue a don Paulino Toledo, quien tuvo una linda bici de colección que fue a parar a manos de un joven profesor –que fue alumno mío en la preparatoria- ya finado; según él, me lo dijo un día que nos encontramos y hablamos del asunto. A otro que no olvido en su bici es a don Yeyo Toledo y a mis tíos Yeyo y Simón Matus. Tres personajes que surcaron mi niñez y me dejaron su huella sin ellos saberlo. La última vez que supe de la bici de don Yeyo, la traía montada un vecino mío, su actual dueño. Suspiré de solo verla, lamentando no haber sabido que aún existía ni ocurrírseme irla a comprar o pedirla a quien correspondiera hacerlo.

 

Es un placer libertario manejar una bici, lo he vivido por muchos años. Me alegra haber sido el primero en hacer la costumbre de llevar parado a un niño en el cuadro. Lo hice con mi hijo Juan Adrián, a quien paseé por todo el pueblo, que de ese modo descubrí había crecido una enormidad. Mientras lo hacía le cantaba “se cansa el corazón, se cansa el corazón”, un estribillo de mi invención para él porque, al poner mi oído en su órgano vital y escuchárselo latir aprisa, le hacía reír de manera linda. No tardó en que a un carpintero se le ocurrió inventar una pequeña silla que se fijaba en el cuadro, del cual tuve una para mi hijo Benjamín, quien fue muy paseado más por su madre o Mary, la sirvienta mareña que tuvimos.

 

Todos estos son bellos recuerdos y quereres que acumulo, quizá para evitar la fragmentación de los mismos (entiéndase Alzheimer). Amo la bici igual o más que amo mi hamaca. Me aferro a los recuerdos como el náufrago a su tabla. Por eso conservo el manubrio original de la bici americana, qué tal que con el tiempo se integre a ella el resto que le hace falta, tal y como una vez me dijo mi tía Fina Man: “Un día en el río encontré un pedazo de un binnigula’sa’. Lo volví a meter para que terminara de madurar y completarse. ‘Entonces vendré por ti’, le dije”. Así yo, convencido de que las ausencias acaban por presentarse.

Mi calle y mis quereres 

Juan Henestroza Zárate

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