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Miscelánea de sonidos, hojeada a cuatro años de “Música” en mi vida.

 

Hace cuatro años conocí el nombre de Orestes Orozco, al que primero me refería como lo conocen en el pueblo, “Yete”.

 

Llegaba al barrio Ostuta con un poco de miedo y entusiasmo, buscaba el sonido de una banda de la que me habían comentado. Los encontré bajo un árbol de limón. Había un bombo de color rojo que lo tocaba un pequeño niño que era muy platicador, venía de la colonia 20 de Noviembre o el Morro, como se presentó él junto con su tío, que tocaba la trompeta; había tres saxofones, dos altos y un tenor.

 

Platiqué un rato con el encargado. Me presentaron el proyecto, aceptaron y acepté. Me llevaron hasta un cuarto donde mi asombro fue ver todos aquellos instrumentos nuevos y sin ser estrenados: trombones de vara y embolo, trompetas, saxofones altos, tenores y sopranos y clarinetes. Ahora no recuerdo muy bien la historia de cómo elegí el que sería mi instrumento, pero fue un clarinete. Me enseñaron lo que sabían entre todos y con mucha paciencia. Me extrañé bastante, pues yo crecí conviviendo con gente de la colonia Lázaro Cárdenas, y su forma de ser es otra muy diferente que la de Ostuta, o tal vez fue el hecho de que no eran puros ixhuatecos.

 

Me tomó dos o tres semanas poder tocar un sonido decente en aquel instrumento. No sabía (y aun no sé) tocar la flauta, y todos me decían muy entusiasmados: “Es fácil, como si tocaras la flauta”, pero no fue así. Tenía que apretar con mis labios una caña de madera que se incrustaba en la boquilla, acomodar dos de mis dientes sobre la boca del instrumento y acomodar la lengua en una forma peculiar para que la suma de todas estas suertes que hacía con mi boca pudiera terminar en un sonido que debía ser transformado por 9 de mis 10 dedos antes de salir por la última parte del instrumento.

 

Estuve un par de semanas más practicado escalas y sonidos, nada serio hasta que me dieron en una hoja las notas de una canción, “Pasacalles #3”. Lo toqué hasta el cansancio. Bien o mal, éramos felices  ensayando. Tuve mis minutos de gloria tocando con ellos. Nos invitaban a tocar a las agencias, por lo general. Yo debuté en un desfile en El Morro, y un par de veces nos dieron una parte del dinero; ciertamente, yo no lo hacía por ningún dinero, pero fue bueno. Algunas veces llegaba –como le decíamos nosotros– el Maestro Yete y nos enseñaba con paciencia y su sax tenor. Escuchaba pacientemente cómo tocábamos y después nos decía qué hacer para realizarlo mejor, y cuando salíamos a tocar él iba al frente haciendo ademanes con su cabeza para indicarnos qué parte de la canción tocar y cuándo terminarla. Era bastante reconfortante tenerlo ahí con nosotros. Siento que buena parte de nuestros nervios huía al escuchar las primeras notas que emanaban de su saxo, y nos regañaba cuando exagerábamos con el mambo de alguna canción. La verdad, la gente también se veía emocionada cuando bailaba.

 

La banda pasó por varios nombres. En mi última etapa como integrante de ella, su nombre fue Banda Juvenil Istmeña. Hice un par de stencils y pintamos playeras blancas con el nombre de la banda de azul y la cara del Maestro Yete debajo del nombre. Ese fue nuestro uniforme, el mejor y los tiempos más felices. Después llegaron personas de todo tipo y deformaron la formación de nuestras filas: llegaban y jugaban todos los instrumentos; después desertaban y descompensaban el ritmo de nuestros ensayos. Fue poco el tiempo que pasé allí, pero fue un tiempo bueno.

 

En medio de estos ensayos aprendí con la guitarra –de una manera pobre, pero lo hice–; al poco tiempo y con suerte conocí a un grupo de amigos que se reunían en una cas, del mismo barrio Ostuta a tocar dos guitarras y una batería; después un bajo, Memo, Nico, Gello, Checo y yo aún andamos Deco. La verdad es que evolucionamos con el tiempo hasta tocar bien la música que nos gusta, porque aún lo seguimos haciendo de vez en cuando, pero, como toda empresa, llegamos a la decadencia. Lo mismo pasó con la Banda Juvenil Istmeña. No sé si aún se llame así.

 

Después de estas experiencias relacionadas con la música, he aprendido a escuchar mejor y me di cuenta de que vivía en la calle por la que se pasa de manera casi obligada al último destino y también por donde pasan parejas felices y niños que van (yo siempre digo que de manera obligada e inconsciente) a sus bautizos. Y se escuchan desde lejos, media cuadra antes un pasa calle, “Son Calenda” o una melodía triste. A veces pasa el maestro Noel con sus guitarras.

 

Me llama la atención cómo muchas agrupaciones han surgido y con el paso del tiempo han descendido. Son siempre los mismos músicos, y eso es lo bueno, con diferentes proyectos, pero ninguno se ha podido mantener en pie tanto tiempo y con una fama incandescente. A veces es por los temores del pueblo; algunas otras, por la sequía o por la costumbre de que en vacaciones se hacen todas las fiestas, pero siempre hay muertos, y los muertos generan trabajo para los músicos.

 

La banda Candelaria de Lázaro Pineda, que fue también mentor nuestro en sus ratos libres en la Banda Juvenil Istmeña, con sus tarolas y un pequeño micrófono portátil acompañado de otros músicos, como mi amigo Aldo Pineda, que he tenido ya la oportunidad de tocar con él, y Alexis Gazga, a quien conocí en los tiempo de la Banda Juvenil Istmeña. De hace cuatro años y hasta la fecha, he pasado por un par de instrumentos y conocido algunas personas gracias a la música. He visto mucho alcohol gracias a la música también. El músico toca y toca, y, entre una canción y otra, una Corona negra en la mano para consagrarse al final del día como el héroe de la fiesta o el villano del velorio. 

Miscelánea

Franco Carrasco Aguilar

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