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Cuando alguien, en especial una mujer, me dice que no es feminista pero que está a favor de los derechos humanos y la igualdad, le pregunto de inmediato: “¿Estás de acuerdo en que las mujeres tenemos derecho de ir a la universidad, votar o casarnos por decisión propia sin ser castigadas o asesinadas por intentarlo?”. Si la respuesta es afirmativa, les confirmo entonces que, en efecto, son feministas.

 

¿Y qué es el feminismo? Aunque hay diversas definiciones que propongo investigar en internet o en la biblioteca más cercana, más que una lista de significados, lo interesante es qué busca este movimiento social parido en el siglo XVIII. Y es terminar con esa relación desigual, opresiva, dominante y de explotación hacia las mujeres por parte del patriarcado. Es decir, el feminismo busca la horizontalidad sobre el sistema de jerarquías que mueve al mundo y que no ha dejado más que esclavitud y sometimiento para una enorme mayoría.

 

Todas las personas podemos ser feministas; de hecho, muchas personas lo somos sin saberlo o sin querer reconocerlo, pero lo importante es que, con pequeñas acciones cotidianas y constantes, los efectos se irán reproduciendo como cascadas con dirección al mar de la equidad.

 

El feminismo es muy criticado: todo el tiempo se le está cuestionando su necesidad, su legitimidad, sus formas, sus vías y hasta sus representantes, pero en todos los casos hay beneficios visibles en la calidad de vida de quienes lo viven y las personas allegadas, así como logros palpables e históricos a mediano y larguísimo plazo.

 

Otro aspecto de los excesivos juicios negativos al feminismo es el cuestionar que no exista uno solo, sino que son varios feminismos que tienen en común la misma causa, la equidad entre los géneros, así como la igualdad de oportunidades y que la humanidad no se rija por relaciones de marcada subordinación, explotación y odio.

 

Hay varones haciendo feminismo que no se asumen como feministas, sino como pro feministas, lo cual se les reconoce; hay también personas homosexuales, lesbianas, transexuales, pansexuales, bisexuales, heteroflexibles, etcétera, que comparten las causas del feminismo pero que lo ejercen desde su experiencia y objetivos específicos por lo cual lo renombran, un ejemplo es el “transfeminismo”.

 

Es decir, no solo las mujeres hacemos feminismo y no hay una sola manera de hacerlo; de hecho, el feminismo puede vivirse de manera individual, reinterpretarse de acuerdo con la visión de cada persona e ir buscando coincidencias colectivas para difundirlo, reforzarlo y aterrizarlo en la vida institucional, ya sea en el Estado, en el sector educativo, cultural, deportivo, religioso, etcétera.

 

Y es precisamente el desconocimiento de lo que es el feminismo lo que lleva a que lo rechacemos. Es algo natural en las y los seres humanos. Le tememos y nos negamos de inicio a lo desconocido. Nacimos con él y, en un descuido, se nos arrebató.

 

El feminismo tiene por supuesto una base académica. Actualmente, por ejemplo, el tema de género está en su etapa inicial de la transversalidad. Los tres niveles de gobierno ya le prestan atención y capacitan a sus servidores públicos, principalmente a los varones; también se está acercando la equidad de género a la sociedad civil a través de talleres organizados por asociaciones y colectivos; en las escuelas está comenzando a plantearse el tema para que la educación vaya en este sentido, y esto ha sido posible gracias a la documentación de las pensadoras del feminismo desde hace más de dos siglos.

 

El feminismo ambiciona una realidad en la que dejemos de vivir bajo un sistema patriarcal que tiene como base la subordinación de la mujer con respecto a los varones y sus normas de vida. El feminismo cuestiona esta desigualdad que persiste en cada rincón del mundo en el que una mujer puede ser vendida, explotada, humillada, abusada, violada, denigrada, despedida, discriminada, ofendida y maltratada simplemente porque es mujer, es decir, porque se le considera de mucho menor valor que un hombre o un objeto, propiedad de cualquiera.

 

Pero, además de la parte académica, los feminismos se apoyan en la acción pública: marchas, manifestaciones, protestas, campañas en las calles y redes sociales, difusión en medios de comunicación, asambleas, jornadas, encuentros internacionales y todo aquello que requiera de la lucha social para que la sociedad civil se acerque y conozca de viva voz lo que queremos quienes vivimos dentro del feminismo.

 

Y la tercera, y, desde mi perspectiva, la más importante de las vías para hacer feminismo, es la personal. El feminismo, cualquiera que sea con el que me identifique o me parezca más cercano a mis necesidades, a mis ideales, a mis sueños como parte de la humanidad, debe tomarse como un sistema de vida.

 

El feminismo es más que un dogma, una teoría, una creencia, un compromiso, es una forma de vivir, es dormirse como feminista, despertarse con esa misma camiseta puesta y ejercerla sin pudor, temor ni vergüenza durante todas las horas de nuestros días: cerrarle el paso al patriarcado.

 

Es importante y ayuda mucho leer sobre feminismo, derechos humanos, equidad de género, historia universal, psicología, entre otras bases académicas, para poder ejercer un feminismo informado, definido y poder proponer cambios de manera constante, pero no es indispensable, también se trata de sentido común, de intuición. Las mujeres lo traemos en la información milenaria de nuestros genes.

 

Se puede vivir como feminista de poco a poco; por ejemplo, reviso mi lenguaje cada que voy a expresar un sentimiento, duda u opinión. Pienso mis palabras para estar segura de que no voy a discriminar a nadie, reviso mi argumento si no estoy siendo sexista, cuestiono hondamente si estoy prejuzgando con base en lo que he mal aprendido a lo largo de mi vida.

 

Otra acción feminista que se va reforzando en el día a día es la solidaridad –sororidad- y el acompañamiento a otras mujeres, principalmente a las que se encuentran en situación de desventaja, ya sea violencia de género, acoso de todo tipo, conflictos laborales, pobreza, problemas de salud, embarazos no deseados, entre otros.

 

Una más es intervenir ante situaciones de injusticia, desde la más mínima hasta conflictos sindicales, pleitos legales, llamadas de auxilio, violencia y todas aquellas en las que una mujer sea la víctima. No debemos quedarnos calladxs. Es un compromiso humano apoyar a otras personas, pero visibilizar a las mujeres y la violencia hacia ellas es una deuda histórica.

 

Educar a las nuevas generaciones dentro del feminismo y el respeto a los derechos universales. Hijos, alumnos, sobrinos, vecinos, amigos y todo aquel infante con el que tengamos contacto, las y los adultos siempre somos imitados por estas personitas que están en formación: seamos un ejemplo de igualdad y respeto.

 

Y así hay diversas acciones encaminadas a construir una sociedad igualitaria, equitativa, sana, solidaria, ajena a ese patriarcado que solo nos ha traído daño, odio, mucho dolor y hasta muertes no naturales.

 

Es en parte sentido común acerca de lo que queremos para nosotras y nosotros y para nuestros seres amados, pero también conlleva mucho compromiso con nosotros mismos que no se limita a ser solo un buen ser humano porque lo que nos han enseñado que es ser buena persona está regido bajo el sistema patriarcal, y claro está que no ha funcionado, es una farsa total para mantenernos oprimidos.

 

Todo ser humano y humana que se arriesgue a una introspección descubrirá que tiene una semilla de feminismo, de cualquier de los ya existentes; sin embargo, eso es lo que lleva tiempo: sincerarnos con nosotros mismos y descubrir qué tipo de persona somos y por qué seguimos contribuyendo a la preservación de un sistema construido con base en la necesidad de matar lo que no beneficia o para que me beneficie.

Negar mi feminismo visibiliza el patriarcado; todas tenemos algo de feministas

Cinthya Vasconcelos Moctezuma

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