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Para ta Chayo, mi abuelo
 


Era una tarde cálida de canícula ixhuateca, 30 de julio de 1989, y eran las 5 de la tarde cuando el autobús partió del pueblo. La noche anterior, mi mamá me tuvo en su regazo, lloraba porque ya partía. No tenía idea de que el futuro me arrancaría de Ixhuatán. Me entusiasmaba el futuro en ese entonces, no tanto ahora.

Antes de irme a dormir, mi abuelo me llamó a su hamaca, la artritis que lo tenía postrado ya hacía años le impedía ir a mi encuentro. Me sentó frente a el y me dijo cosas comunes, algún chiste de los muchos que le gustaba contar. Tenía prisas para hacerlo, de repente se quebró y me dijo: “No nos extrañes, ingrato. Vete, anda, camina a donde tengas que caminar. No regreses. Quítame la pena de no hablarte si tu mampera te gana. Sé hombrecito, mira que tu mamá es mujer sola, poco puede hacer mi hija, si no es que mandarte de pescador, y esa vida es dura e ingrata. Tus manos no están para agarrar camarón, sino una pluma. Que me digan que eres alguien”. Me abrazó y lloró, como hasta ese día no lo había hecho frente a mí.

No supe hablarle, estaba igual que él: descobijado y huérfano. Partí dejándonos sin nosotros y con nosotros anduve sin ellos por esos 5 años allá en Chapingo. Otras veces platicamos, cuando alguna vez por accidente me vio en la televisión. “Chamaco revoltosos, este”, me dijo. Le pedí muchas veces que me enseñara a leer el cielo; me dio los conocimientos básicos para las posiciones de las constelaciones, pero más no quiso. “Para que no te gane la tentación de irte de pescador”, me advirtió.

¿Que por qué cuento esto? Porque hoy cumple 25 años que él me recibió en el corredor de su casa en mis primeras vacaciones que tuve de vuelta de Chapingo, se sostuvo de su bastón y me abrazó: “Ya no se te hizo regresar, mijo. Ahora ya vi que agarraste vuelo. ¡No sueltes mecate!”.

El día que me dijeron:

'No nos extrañes'

Joselito Luna Aquino

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