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Estoy de regreso de un viaje que me causó mucho placer no obstante haberlo ya realizado en repetidas ocasiones. Ello quizá porque es un viaje que trasciende distancias, remonta épocas pretéritas y por él desfilan personajes conocidos y desconocidos –que miro como si yo fuera en un tren-, fantasmas que viven en mi memoria y me hacen ver la vida distinta. Sí, lector, es un viaje que hice sin salir de casa, con solo sentarme en mi escritorio y revisar parte de mis archivos elaborados a través de muchos años.

 

Antes de proseguir, debo decir que de niño me sentí extraño hasta para conmigo mismo cual hexágono que intenta ser acomodado en un círculo. Me explico: pensaba que los que me rodeaban eran más listos que yo o yo era más listo que ellos. Así que, ante el azoro y la duda que ello me despertaba, me mantuve callado todo el tiempo, no porque supiera que en boca cerrada no entran moscas, sino por miedo a ser descubierto en mis elucubraciones, que estoy cierto que, si las dijera, a más de uno  asustaría, comenzando con mis padres.

 

Mi madre fue quien notó más lo excéntrico de mi carácter que no quiso justificar pero sí definir con un nombre: amargo. Ella, suspirando, un tanto desesperanzada y moviendo la cabeza hacia uno y otro lado al verme tan enredado, decía: “Pobre Juanito”. Lo mismo que dijo Serrat en su canción “La mujer que yo quiero”, solo que en Ixhuatán es diagnóstico y pronóstico, esto es, significa no estar bien del todo, por lo que el sufrimiento está garantizado. Y no erró mi madre.

 

Sintiendo que albergaba un desperfecto que había que encontrar y corregir, me convertí en mi propio cobayo en cuanto inicié la investigación del por qué era yo como era. Por supuesto que me enredé aun más. No pude hallar la punta de la madeja por muchos años, no así la soga, a esta imaginariamente la veía colgando del madero, tal y como dice la leyenda que la espada pendía sobre la cabeza de Damocles.

 

Por fortuna, elegí la ciencia para conocerme, y ella fue la que me informó que los humanos fluctuamos en una línea invisible que separa/confunde al genio del loco. Freud fue más claro cuando apuntó que la punta del iceberg que asoma en su modelo estructural, no obstante ser puntiaguda, no es tan peligrosa como lo es el resto, que no se ve. Iluminado por él e imitando a Alejandro Magno, corté el nudo gordiano del narcisismo no con la espada de conquistador, sino con la pluma del escritor que desde entonces no deja de correr sobre el papel, aunque ahora sean una pluma y un papel imaginarios de una pantalla.

 

En todos los viajes o visitas se aprende algo. Este que realizo de tarde en tarde a través de mis archivos (el panteón de mis recuerdos, lo llamo) lo hago un tanto para ahuyentar, si es posible, al Alzheimer y otro tanto para sumergirme en lo imaginario y fantasioso. Ello hace posible que vea la realidad cada vez distinta. Cual pequeño que habla con amigos imaginarios, así yo dialogo con mis fantasmas en un hueco del tiempo que corre raudo hacia el precipicio del pasado.

 

Con ello, además, reconstruyo  los momentos en los que conversé con mis entrevistados, ancianos casi todos. Recuerdo que me hicieron sentar en una silla de un corredor en un día fresco o caluroso, debajo de un árbol frutal removido por un fuerte norte o en la sala de sus casas, más que sobriamente amueblada, mientras las aves trajinaban entre las ramas de los árboles del patio, la gente caminaba por la calle y la vida toda se tejía en esas horas convertidas en cenizas por obra y gracia de los recuerdos. Aquellos domingos, mis entrevistados y yo le dimos mordiscos a la realidad –cual rebanada de sandía roja- y herramos los instantes con nuestros fierros.

 

Recuerdo que a más de uno acompañé mientras deshojaba mazorcas, desgranaba maíz, tejía cinta de palma, remendaba alguna atarraya o sacaba semillas de calabaza. Hubo un viejo de más de noventa años al que encontré subido en su palo de tamarindo y otro de la misma edad, ciego, despulpando tamarindo sentado en un viejo taburete. Por supuesto que no faltó quien, con botella de mezcal en mano –al que daba besitos entre pausas-, sin camisa, moreno hasta la negritud, compartió secretos que ni con su familia había compartido.

 

Así, pues, son legión quienes alimentaron mi espíritu en todos esos años de los que hablo y más allá. Imposible citarlos a todos so pena de olvidar a alguno, y yo no quiero hacer eso porque el olvido es peor que la muerte. Sí señor. Quiero decir que, al conversar con ellos, me enseñaron a caminar hacia los cuatro puntos cardinales, mirar hacia abajo y hacia arriba, como canta Pedro Infante en “Tú y las nubes”. Hubo quien me habló de las estrellas, del tiempo que ellas atesoran, por lo que solo basta mirarlas para saber la hora exacta. Otros me contaron de la Luna y sus fases, de los pájaros y peces, del río y del mar, de las costumbres de ser mujer u hombre en un pueblo machista. Capítulo aparte ocuparon lesbianas y homosexuales, engañados y engañadas, amorosos y desamorosos, sanos y enfermos, flojos y trabajadores.

 

Anécdotas hubo muchas, algunas corregidas y aumentadas, con pinceladas propias de quien me las contaba. Historias minúsculas las llamo en “¡Adiós Café!”,  sin las cuales como que a la vida le falta algo y el paisaje del pueblo queda incompleto. Un pueblo que a ratos también fue serio y vio correr la sangre oyó los gritos desgarradores de las mujeres y el llanto asustado de los niños en cuanto vieron que los rebeldes chegomistas prendieron lumbre al caserío mientras la tropa federal iba tras ellos atronando al aire con sus disparos de carabinas y la artillería de un cañón Mondragón, el cual por un tiempo permaneció frente a la casa de don Chu de doña Chica, cerca del templo de la Virgen de la Candelaria.

 

Complacido, las horas de mi pasada juventud se ocuparon en tan gratas compañías. No sé si ellos y ellas intuían que alguna trascendencia podía tener sus relatos en mi trabajo. A veces pienso, por puro prurito de vanidad, que todos ellos sabían –por lo riguroso de mi escrutinio- que era importante lo que decían. De lo que sí estoy cierto es de que, al referirme lo que sabían, lo hicieron con generosidad, por lo que eternamente les estaré agradecido. Sus charlas hicieron el efecto de incendiar mi imaginación, que solo necesitaba de una chispa o que la partiera un rayo.

 

A veces, lo confieso no sin rubor, me siento predestinado a guardar la historia de mi comunidad. En tales momentos orgiásticos, me digo: "¿Por qué fui yo y no otro el elegido?". Es cuando el azar se estira en donde descansa y me mira con ojos de: “¿Vas a comenzar de nuevo?”. Y yo me hago el desentendido, tal y como se hacía la Luna en el romance de Lara con María Bonita.

 

Escribió el doctor Gastón Fuentes que su hermano Rubén nunca salió al extranjero no obstante poderlo hacer. La razón, le dijo, era que él prefería viajar con la imaginación a través de la lectura de libros. Gracias a la lectura podía describir Paris, Venecia, Roma como si hubiera estado allí o contar la historia completa de cualquier civilización humana. Así yo, mis charlas con la gente y mis lecturas –ahora enriquecidas con internet, que me pone al alcance todo el arte y conocimientos que yo desee- enriquecen mi vida, me hacen ver e imaginar el mundo de tal manera que quedo muy contento de vivir el tiempo que me ha tocado en suerte. Hasta el afán de presunción por haber conocido otros lugares se me ha quitado.

 

Quizá alguno se pregunte qué es lo que guardo en mis archivos para que me ponga así de guidxa (tonto). Ah, lo diré grosso modo: guardo todo aquello que toca mis sentidos y talento, esto es, lo que me gusta, mis fijaciones y obsesiones. Nada del otro mundo, pues. Por ejemplo, tengo anotado que el cupapé frutece en mayo y que, cada vez que lo miro, me dice que él no es de esta tierra, que aquí se siente solo y triste, que si no hay manera que yo lo lleve a Chiapas. Sí, ¡me pide que lo lleve a Chiapas!, y no sé por qué, aunque lo intuyo.

 

Por lo anterior, la próxima vez que me lo encuentre allá en la escuela primaria Emilio Carranza o en las inmediaciones de la vieja escuela primaria David G. Maciel, en Reforma, se lo preguntaré. Esta última escuela que, por cierto, tiraron sin pedir consentimiento al filántropo don Carlos Maciel Espinoza, hijo de aquel, motivo por el cual, me aseguraron, se enojó e interrumpió la construcción de la escuela que edificaba a la salida sur del pueblo, donde muchos años después se construyó el hoy Cobao No. 58, el cual por un tiempo fue extensión del de Niltepec y llevó el nombre de don Carlos.

 

No solo el cupapé llamó mi atención, sino también las casuarinas, el jazmín japonés, los tulipanes, la llamarada, la guaya, la grosella; todos ellos son extranjeros aquí, lo mismo que el algodón y el melón chino, que trajo a Reforma un extranjero; las palomas domésticas, traídas por otro extranjero; el ganado cebú y suizo, traídos por ixhuatecos; el uso de fosas sépticas, etcétera. Y qué decir de los nombres de todos y cada uno de los pasos del río Ostuta -las bajadas, decíamos en mi tiempo-; o los parajes de los pescadores en el mar muerto, unos con nombres en verdad hermosos. Y  la razón del por qué  decíamos antes Cerrito Chiquito y Cerrito Grande y nadie se reía  porque era historia por todos sabida.

 

También tengo registrados los nombres de los finados sepultados en el atrio de la iglesia, así como los tres peones que tiraron dicha iglesia, construida en 1893; la llegada de los protestantes y las religiones, que le siguieron, habiendo allá en Cerro Grande una gran conversión de familias que fueron a tirar sus ídolos católicos a una laguna; el día, mes y año en que se instalaron las dos primeras parabólicas en el pueblo y, más tarde, otra en el ayuntamiento municipal; algunos versos y canciones de músicos ixhuatecos, incluidas las mías.

 

Asimismo, la llegada del dengue hemorrágico, del cólera morbus, carbunco, VIH/sida; de cómo, dónde, cuándo y quién halló a la Virgen Aparecida; la presentación de travestis en un antro y los primeros grafitis en las paredes; inundaciones, visitas de presidentes de la república; la contingencia ambiental causada por humo de incendios forestales; las curaciones invisibles de Bochil, Chiapas, que nunca se hicieron visibles, como era de esperarse; la visita de sanadores que imponían la mano y curaban solo si ellos estaban presentes; la maledicencia de la gente al decir que más de dos trienios municipales fueron administraciones manejadas por las locatarias del mercado público; la vida pública de los funcionarios municipales, que siempre tiene más de dos versiones, etcétera.

 

Mientras reviso el panteón de mis recuerdos, me hago acompañar de un concierto de canciones que escuché en los años de mi niñez. Ellas, cual catalizadores, excitan mis sentidos y el recuerdo –como aroma del agua de lluvia que cae en polvo seco- se me vuelve epidérmico. De tramo en tramo tengo anotada alguna anécdota de Isaac Mongelino, el famoso mitómano Monje que tanto deleitó a las viejas generaciones posteriores a 1920; recopilo historias chuscas o banalidades que me recuerdan en qué ocupaba la gente su tiempo libre antes que la electricidad –y con ella la televisión- irrumpiera y dispersara –como la danza lo hizo con los hombres, dice Henestrosa- a las familias, que algunas de ellas solo conocían la radio. Tengo un diccionario de vocablos, arcaísmos, dichos, disparates y dicharachos que, si bien no son todos nuestros, el que los sigamos usando autoriza a llamarlos nuestros. “Español criollo”, lo llamó Henestrosa.

 

¿Ve cómo, lector, tengo razones para estar contento después de ir al panteón de mis recuerdos? Y, aunque no puedo precisar cuál sea el recuerdo más antiguo –lo mismo me pasó en el panteón verdadero, que por algún tiempo fue llamado La Pochota, donde no hallé la sepultura más antigua con fecha-, al menos sé que ellos siguen allí recibiéndome con agrado. Por eso nunca les digo adiós, porque un adiós es una espada sostenida por un hilo que nunca debe oscilar sobre la cabeza de lo que se ama, ¿no creen?

Panteón de mis recuerdos

Juan Henestroza Zárate

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