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En una tumba hay un nombre extraño. Les pregunté a los viejos, y nadie me dio razón:

 

- “¿Cuándo murió?”.

 

- “No dice. Está borrosa la lápida”.

 

Se ponen a hacer memoria en vano, piensan y se pierden en otros recuerdos. Desde hace dos semanas que vi la tumba, la he tocado, y es caliente el cemento como a las 4:00 de la tarde, tengo el presentimiento de que no han enterrado a una sola persona ahí, nadie los ayudó a meterse en la tierra, son varios, de eso estoy seguro.

 

- “¿Por dónde está?”.

 

- “Junto al mango viejo”.

 

- “Ah”.

 

Y se vuelven a perder en caminos secos. No es un nombre, son varios, y faltan más.

 

- “¿Cuántos faltan?”.

 

No tienen nada que hacer más que mecerse en su hamaca y barrer las hojas cuando el viento merme en la tarde.

 

- “Vivían lejos y sabían escribir, no solo oraciones completas, frases bien dichas”.

 

Quedo dormido en la última charla, una suave ráfaga acarició el papause del patio, el cielo se puso chino y rojo.

 

- “Los vi un 29 bajo una sombra floja”.

 

Despertó cuando el sol se fue.

 

Haciendo una danza suave, la noche besó el cielo, los pollos subieron a los mangos, algunos mangos bajaron al suelo.

 

Un pollo flaco despistado rascaba bajo el foco, no importó nada más que ver al pollo que rascaba y picoteaba la tierra.

Por otro año de Panóptico Ixhuateco

Franco Carrasco Aguilar

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