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20/6/2016

 

Gracias por la invitación para escribir en este medio. Espero este primer texto sea de su agrado. En esta primera ocasión abordo un tema recordando parte de mis vivencias de juventud con el fin de pretender influir en las nuevas generaciones para la preservación de nuestro entorno en Ixhuatán y así seguir disfrutando de este maravilloso pueblo lleno de cultura y hombres prominentes que han aportado riqueza en valores.

 

Pronto las historias se olvidan, y en la conciencia queda la resaca. Durante mucho tiempo tuve los ojos cerrados, y cuando los abrí tal vez no estaba preparado para lo que vi: una sociedad colapsada por generaciones en un mundo consumista adherido a valores materiales, cargando en sus hombros la deuda de un país saqueado, desforestado, en la anarquía.

 

En mi pueblo ya no vi papalotes en el cielo ni mi paisaje lleno de paz ni a mi novia de infancia porque otro se la llevó (espero la haya hecho feliz). Ya no vi pasar gente frente a la casa en el rancho Vergel de las Conchas, donde vivíamos prácticamente en un medio que a estas alturas se pensaría como estar en la más ínfima de las miserias. No culpo a quien piense actualmente así, pero le digo que había una riqueza espiritual por estar en el campo disfrutando de un ambiente sano; la ganadería fue parte del negocio de la familia, al margen de las vivencias infantiles de paseos en el monte y cometer el error de cazar a nuestra fauna por diversión o por degustar una iguana, una chachalaca o palomas silvestres. Para mí hoy no se justifica –siempre y cuando sea por la necesidad, por hambre–, pero en mi caso soy culpable. Hoy debería haber un control para prevenir el riesgo de extinguir ciertas especies que ya están en peligro.

 

Durante esa niñez sana no había una tienda que expendiera refrescos embotellados, Sabritas ni alimentos procesados que hoy son una epidemia para nuestra salud. Esa sociedad vivía sin luz eléctrica, sin televisión; lo hacía con un radio de onda corta con pilas tal vez; moscos a los que combatías con humo o al dormir con pabellón –actualmente provocarían pandemias de nuevas enfermedades–.

 

Común era ver pasar a Chicapa frente a la casa a caballo rumbo a Las Conchitas –rancho en aquellos tiempos propiedad de la señora Raquel Mahony– portando un arma (lógicamente todo mundo corría a esconderse consiente de la fama del tipo). Salir en la noche tenía como riesgo encontrarse a una víbora de cascabel, lo cual se veía con naturalidad, era lo más normal; tal vez todo ser vivo se adapta a las condiciones del medio, a una vida que ahora sería considerada semisalvaje.

 

¿Está preparada la sociedad urbana de hoy para afrontar una crisis y vivir en las condiciones que menciono? No creo. Si le sumamos los actuales fenómenos climáticos, cada día más severos, que traerían como consecuencia devastaciones y hambruna, dudo de que la mayoría de la población se adaptara. La población más resistente es la rural, nuestra gente, los que a lo mejor ya están por irse. La raza curtida de hambre, de sol, y que ya cumplió su proceso de estar en este planeta.

 

Hoy vemos una fauna sentenciada también por el hombre. Sospecho que el hambre era más fuerte que cualquier depredador en un mundo todavía salvaje, aunque últimamente ya no he comido iguana ni tórtolas; ya no comen las chachalacas. En fin, nuestra dieta ha cambiado.

 

Hoy solo recuerdo un hueco generacional irreparable en el tiempo entre mi infancia y la nueva tecnología con sus visos de comodidad. No vi esa transición ni cómo se esfumó nuestra niñez, solo un mundo de injusticias; las reacciones de idealistas y cambios persiguiendo ese estatus de libertad, el cual nos llevó a radicalizar el parteaguas de cambios. La mota y demás drogas que nos hacían hablar de paz y amor; la píldora anticonceptiva, presagio de una libertad en nuestra  sexualidad que nos dio el chance a ambos de liberar traumas y pecados a causa de las limitaciones de sentirnos culpables por tales hechos; pantalones acampanados; melena hasta los hombros –si no es que más–, acto de rebeldía contra una sociedad burguesa llena de prejuicios. Añoranzas y actitudes efímeras de lo que era la moda.

 

¿Quiénes se quedaron en el viaje? No sé, solo tengo el vago recuerdo de sabernos idealizados en un mundo diferente y evadidos de la realidad por los medios ya mencionados. Hubo quienes pagaron el precio de la demanda de medios para subsistir; el reclamo de tierras a quienes tenían de más, lo cual marcaba la diferencia entre tener una mesa en abundancia o con carencias, inercia que llevó a muchos a quedarse sin un medio para seguir subsistiendo; muchos perdieron familia en su afán de perpetuarse con sus bienes. De los hombres del campo vi esos pies y manos callosas de la gente con las que me tocó convivir, manos que producían el alimento para una sociedad y políticos ingratos.

 

Es el pueblo donde nací, donde di mi primer grito al ser parido por mi madre; de ahí seguirían seis más que llegarían a un mundo en un proceso de colapso mundial, donde solo somos parte del juego de intereses del poder mezquino de quienes gobiernan esta nación y el mundo.

 

Recuerdo vivir en aquellos años de Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética a causa de la Cuba de Fidel; cuando los rumores de que se iba a acabar el mundo sin saber los motivos evidenciaban nuestra ingenua niñez– esto, en realidad, solo eran comentarios obvios de quienes se sienten en riesgo, sin plena conciencia, pero se tomó como un juego de mordaces ideas–.

 

A pesar de todo, en mi paisaje hoy veo todavía un río vivo que corre, que está ahí pese al tiempo y nos recuerda nuestro pasado; nos recuerda que es parte nuestra, que sin él dejaríamos de ser lo que somos tanto hoy como en la historia de Ixhuatán.

 

Es una irracionalidad pretender industrializar la zona. Solo mentes maquiavélicas y mezquinas que se corrompen por dinero serían capaces de quitarnos la naturaleza en todo su esplendor, de la cual debemos sentirnos orgullosos por tenerla todavía, ya que sigue siendo el sustento de nuestra gente. No hay que dejar que todo eso se convierta en un paisaje desierto propio de países industrializados.

 

En ese río todavía veo ese paisaje natural sin prejuicios, con cicatrices tal vez en el alma limpia preñada de amor; en esa lucha constante por la vida; a mujeres lavando ropa con el torso desnudo, dejándolo a la vista sin el menor asomo de provocación, los senos en un surrealismo al azar propio de Salvador Dalí.

 

Hoy cualquiera que sepa valorar el arte captaría para la posteridad estas imágenes colectivas donde parece que el tiempo se ha detenido y permanece a pesar de los cambios provocados por la modernidad, aunque ignoro si usan todavía la bolita como medio para lavar. No dudo de que mi madre me haya dado una restregada con bolita, no lo dudo ya enojada. Pero ahí está ese paisaje luchando por sobrevivir, y ojalá lo dejen seguir su curso natural y sean los caprichos de la naturaleza y no el nuestro los que cumplan los ciclos evolutivos de nuestro querido terruño.

 

Tenemos que ser fuertes ante la cruda realidad, una cruda realidad galopante que nos arrastra hacia el infierno, a la cual le gustaría bailar con el Diablo.

Remembranzas de Ixhuatán

Manuel Eugenio Liljehult Pérez

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