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27/1/2016

 

Llama mi atención que este año muy poco se haya dicho de la cuesta de enero, tal y como era usual que se escuchara decir en años pasados. En las mismas redes sociales las quejas parecen haber disminuido, para centrarse la mayor parte de ellas en lo político. Eso me hace pensar que quizá a la gente le está yendo mejor económicamente que en otros años. ¿Será esto verdad?

 

En primer lugar hallo, en la inflación de 2.48 % anualizada a la primera quincena de enero, la razón para que las quejas no sean como antes. A todos cae bien la estabilidad de precios y la disminución en los costes de las energías como las que se han anunciado en este inicio de año.

 

De igual manera la inseguridad que existía en muchas regiones da la apariencia de estar ya a la baja, según publicita el gobierno, que solo reconoce algunos focos rojos a los que dice se les prestará la atención debida muy pronto. Tienen a su favor que la economía norteamericana –con quien se lleva a cabo la mayor parte de nuestro comercio– superó la desaceleración y ya comenzó a crecer. Igualmente afirman que los efectos benéficos de las reformas estructurales comienzan a verse. Aunado a que ya reaprendieron a “El Chapo” y lo ocurrido en Ayotzinapa poco a poco se va silenciando –lo mismo que los actos de corrupción de este gobierno–, el panorama luce, si no muy limpio, al menos no tan nublado.

 

No obstante ello, varias amenazas se ciernen sobre los mexicanos a corto y mediano plazo. No solo por los bajos precios del petróleo y la devaluación del peso, sino porque las crisis económicas globales, a pesar de que avisan que están prontas a presentarse, los responsables de las finanzas públicas no siempre han sabido hacer bien su tarea. De ahí que el comentario de José Ángel Gurría, mexicano que dirige la OCDE, me haya parecido una fanfarronada anticipada. Al cuestionársele sobre el futuro de México en la crisis mundial actual en comparación con la de los países de América Latina, expresó: “México en eso es diferente a América Latina; tiene poco que ver con el barrio”.

 

No vaya a suceder como con en 2008, cuando Agustín Cartens dijo que la crisis inmobiliaria de EEUU solo provocaría en México un “catarrito”. Y no. Fue una neumonía de pronósticos reservados, la que obligó a la Reserva Federal estadounidense a una política monetaria que apenas en diciembre pasado comenzó a ser alcista.

 

Ahora que un expriista le hace anticipadamente el caldo gordo al gobierno, yo solo deseo que no esté equivocado. Hubiera sido mejor que Gurría hubiese señalado lo que el año pasado dijo Peña Nieto: que otros países están peor que México, por lo que no debiéramos quejarnos.

 

Contrario a lo que ocurría en el pasado, actualmente parece que a muy pocos les asustan la devaluación y la baja en el precio del petróleo, como si ello no pudiera hacerle daño a nuestra economía. ¿O es que ahora la gente comprende cabalmente que dicha devaluación se debe más a factores externos y no a una deficiente economía nacional? ¿O es que sabe que nuestra economía ya no está tan petrolizada?

 

Sea lo que piense ahora la gente, la situación actual me recuerda la primera devaluación de la que me tocó ser testigo, la de 1976. En ese año la gente en un principio pensó que ella solo afectaría a quienes pensaban viajar al extranjero o a los que compraban fayuca. Solo cuando se presentó la carestía generalizada y la cruda realidad los alcanzó comenzó el llanto y el rechinar de dientes. No obstante ello, la gente siguió votando por sus mismos verdugos.

 

En aquel tiempo se dijo que la verborrea antiimperialista de Echeverría en plena Guerra Fría, así como su partidarismo hacia el bloque de Países No Alineados  y las naciones que entonces comenzaron a ser llamados del Tercer Mundo, había suscitado la bancarrota. Obvio es decir que no fue solo eso.

 

La devaluación del 76 dio fin con el llamado “Milagro mexicano”, esto es, con décadas de desarrollo económico, político, social y consecuentemente estabilidad. A partir de entonces la sociedad mexicana entró a un periodo turbulento de la que aún no se recupera del todo. Porque a Echeverría le sucedería otro presidente ególatra, tal y como lo fue José López Portillo, quien, en su afán de distanciarse de su antecesor, volvió a sumergir al país en otra devaluación en 1982, al tiempo que nacionalizaba la banca y creaba con ello el espejismo de ser un patriota, cuando en realidad acentuó el caos.

 

Tanto el gobierno de Echeverría como el  de López Portillo no solo no pudieron manejar la crisis devaluatoria, sino que el último pecó de soberbio tan pronto tuvo conocimiento de que México poseía una enorme reserva petrolífera que lo situaba entre los máximos productores de hidrocarburos en el mundo. Fue la época en que el mundo conoció las alzas en los precios de tales hidrocarburos impuestos por la OPEP, de la que México nunca formó parte, aunque en la práctica siguió los lineamientos de dicha organización.

 

López Portillo, no obstante el boom petrolero –lo que le hizo decir que solo había que administrar la abundancia, sin mencionar el enorme riesgo de nuestra economía dependiente del petróleo–, fracasó en el manejo de las finanzas públicas. En su gobierno fue proverbial la corrupción y la frivolidad.

 

El sucesor de López Portillo –otro producto acabado del dedazo presidencial–, Miguel de la Madrid Hurtado, de plano puso a los mexicanos a vivir años de superinflaciones peores de las que ahora el FMI pronostica para Venezuela –arriba de 700 %–, que, dicho sea de paso, transita desde hace algún tiempo el mismo camino del derroche, de las cuentas alegres, corrupción impune y harta demagogia que México transitó de 1970 a 1982, en lo que han llamado la Docena Trágica.

 

A Carlos Salinas de Gortari le tocó continuar con la política económica neoliberal que su antecesor comenzó y que como sabemos dictan el FMI, el Banco Mundial, la OCDE y la OMC. Se deshizo de las empresas paraestatales del mismo modo en que los políticos están acostumbrados en este país: otorgándoselas a discreción a amigos ricos y apoyadores del sistema. Y puso a flotar el peso.

 

Hasta dónde llegó la corrupción que a Salinas le tocó manejar una partida secreta –sin rendirle cuentas a nadie– de miles de millones de pesos, antecedente del Fonden (Fondo nacional contra desastres). Aparte los moches o comisiones –tan en boga hoy día– a parientes como su hermano Raúl. Maniobras fraudulentas todas ellas que no tardaron en manifestarse en lo que  Salinas  llamó “el error de diciembre”.

 

La tremenda crisis devaluatoria y económica de diciembre de 1994 –ya en el gobierno de Ernesto Zedillo– fue brutal. Zedillo, en su afán de quitarse la responsabilidad histórica, se vio obligado a dejar patente que la economía de su antecesor estaba sujeta con alfileres, lo que era cierto. Como fue cierto que su secretario de Hacienda y él mismo se equivocaron de estrategia económica.

 

La devaluación de 1994-1995 –no obstante que Salinas le había arrancado tres ceros a la moneda– fue costosísima para la nación. Lo más execrable de todo es que Salinas y Zedillo se culpen mutuamente en vez de reconocer que ambos manejaron mal las finanzas no obstante ser educados en el extranjero en el más puro neoliberalismo. A Zedillo se le adjudica el término globalifóbicos.  

 

A los gobiernos panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón les tocó meter orden en la economía nacional, a pesar de que el segundo enfrentó la crisis económica mundial de 2008-2009, en que el peso se devaluó. Pero esta vez, y contrario a lo que sucedía en el pasado, no produjo la psicosis a la que estábamos acostumbrados con cada devaluación. ¿Nos habíamos acostumbrado o resignado los mexicanos?

 

Nada de eso. Ello fue así porque los gobiernos panistas mantuvieron en orden la macroeconomía que les heredó Zedillo, pero sobre todo por el sempiterno aguante de la población, la cual no solo vio empobrecerse a la clase media, sino aumentar el número de pobres sobreviviendo con el paupérrimo salario mínimo o en el comercio informal. Aunado a la violencia impuesta por Calderón para combatir al narcotráfico y a la delincuencia organizada, produjo no solo demérito en la calidad de vida de la gente, sino la obligó a traer de regreso a Los Pinos al PRI, el partido que en el  pasado reciente había dado muestras fehacientes de no saber manejar bien la economía. Parece que aplicaron el conformismo contenido en este refrán: “Más vale malo por conocido que bueno por conocer”.

 

El actual gobierno ha dejado patente de que el PRI y sus políticos poco o nada han cambiado en cuanto a probidad. Tampoco  supo aprovechar, para bien de la nación, el que tuviese a su favor y en alianza a las cúpulas partidistas de los otros dos partidos dominantes en el escenario nacional, PAN y PRD. Sí, en cambio, vieron la gran oportunidad de hacerlos sus alcahuetes o cómplices para hacerse de los recursos, ya que aquellos los habían alcanzado no solo en lo referente a ideología, sino también en lo que atañe a la corrupción. Envalentonado, pues, el gobierno pensó que la tendría fácil. Y no.

 

Porque lo que parecía un triunfo incuestionable del PRI y el gobierno –haber sentado a la mesa de negociación a PAN y PRD en el Pacto por México– muy pronto el presidente Enrique Peña Nieto lo tiró a la basura con acciones de corrupción suyos, de su esposa, de su secretario de Hacienda y de sus amigos que desde que fue gobernador del Estado de México traía consigo. Y, no obstante haber logrado se aprobaran las reformas estructurales –que ahora el gobierno afirma llegaron tarde en un olvido de que cuando el PRI fue oposición se contrapusieron a ella–,- estas no han cuajado como lo habían calculado, por lo que ahora dicen que la madre de las reformas es la educativa, cuando desde un principio se dijo era la energética. Mañana vaya usted a saber qué vayan a decir.

 

Es muy cierto lo que acaba de decir Peña Nieto: que en sus tres años de gobierno México ha crecido más –en PIB y empleos– que durante los seis años de administraciones panistas. Claro, no dice que en cuanto a asesinatos dolosos y desaparecidos este gobierno superará con creces al de Calderón. También es verdad que la crisis financiera mundial –que ahora tiene en China  su detonante, como la de 2008 lo tuvo en EEUU– la están manejando bastante bien gracias al gobernador del Banco de México, Agustín Cartens, quien como ya lo dije en otra parte gana menos de lo que debiera ganar. Tiene ante sí la gran oportunidad de demostrar sus talentos si la crisis, como él mismo ya alertó en entrevista al Financial Times, se vuelva incontrolable y de consecuencias mundiales. 

 

Espero que la devaluación del peso –que hoy día merodea los 19 pesos por dólar– no sea el principio de una megacrisis típica de los gobiernos priistas. Confío que esta vez los encargados de las finanzas nacionales hayan aprendido las lecciones del pasado y sepan hacer bien su trabajo y piensen más en los otros mexicanos que en ellos mismos: casta de privilegiados. Porque, de hacer bien la tarea y pongan un alto a tanta corrupción gubernamental, todos se lo vamos a agradecer y la historia será muy generosa con ellos, que, al final de cuentas, creo, también debiera importarle a un buen servidor público.

Riesgos del año 2016

Juan Henestroza Zárate

Tomada de www.americanuestra.com

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