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Conservo una costumbre heredada de mis mayores: aquella de barrer por las mañanas, temprano, el pedazo de calle que me corresponde. Antes de que se hubiese pavimentado mi calle, solía regarla con agua –¡oh, qué aberración!, podrán decir los ecologistas que no viven en el tierrero y calor de casi 40 ºC-, lo mismo que hice en la casa paterna cuando niño y adolescente, solo que allí a jicarazos, con agua sacada del pozo y algunas veces traída del cercano río Ostuta.

 

Mientras barro, pasa gente de todas las edades rumbo al mercado o a la escuela. Con muchas de ellas me saludo, aquellas mismas que son de mi edad o mayores, por lo que nos conocemos de años o bien porque son mis vecinos; no así con la gente joven, que pasa impávida –más si se levantó contra su voluntad porque se les mandó realizar un servicio-, ensimismada en su móvil o audífonos, rara vez pateando una botella de plástico o lata vacía de soda que alguien tiró, como antes nos tocó tirar por doquier las cáscaras de los plátanos –o cualquier otra fruta- comidos.

 

En Ixhuatán, en los últimos años ha sido cada vez más visto –por lo menos desde los años 80- que los jóvenes y niños no saluden a las personas mayores. Quienes sí lo hacen no solo causan una buena impresión en los viejos, sino también admiración. A ellos se les responde con mucho agrado, casi siempre con un hijo/a, que, por cierto, no a todos ellos gusta porque así es la vida y nada se puede hacer para que sea como uno quiere.

 

En cuanto los niños y adolescentes dejaron de saludar a sus mayores, en el pueblo se desató una crítica no solo a ellos, sino principalmente a sus padres, quienes fueron acusados y encontrados culpables de ya no enseñarles tal norma. Pendientes de las costumbres y tradiciones que los años habían implantado en la sociedad, los cuidadores de tales tradiciones estuvieron atentos de corregir cualquier olvido o desviación de las mismas.

 

En ese mismo contexto se criticaba mucho  a la mujer casada si se veía a su marido vestido con ropas sucias, sin planchar o con botones faltantes a su camisa. A ella, y a nadie más que a ella, responsabilizaban y culpaban del abandono del esposo, sin tomar en cuenta otros factores que en ello concurren. Otro tanto sucedió cuando las mujeres optaron por comprar tortillas en las tortillerías y dejaron de hacerlas en el horno, donde era ley que se quemara el antebrazo, señal inequívoca esta de que dicha mujer cumplía cabalmente con su encomienda. ¡Guay! de aquella que no tuviera la marca del deber cumplido. Entonces eran llamadas “doñas, dichosas o modernas”, con sarcasmo rebosante o franca burla. Igual criticaron a las mujeres que comenzaron a ocupar su ocio viendo telenovelas, olvidadas –eso dijeron los ancianos/as en su momento- de sus obligaciones de servir a su esposo, hijos –estos un ejército- y padres, cuando cuidaban a estos.

 

“Niño que no saluda a sus mayores –decían los ancianos en esa época- es alguien que no ha sido bien educado por sus padres”. Pasaban luego a recordar que, en sus tiempos: “No había escuela, pero sí educación, y dónde que sucediera tal grosería –porque eso era considerado la omisión del saludo- porque de inmediato el ofendido acudía a reclamarle al padre de la criatura”. Y lo hacían en estos términos: “¡A ti, cabrón, debería de cuartearte por flojo y desobligado!”. Y no, el padre solo era amonestado, mientras que el cuarteado o varejoneado fue siempre el niño –a veces mayor de 14 años de edad, que es el tope que autoriza llamarlos así-, lo cual se hacía muchas veces delante del viejo reclamante para que este quedara más satisfecho de la justicia impartida. La autoridad imperante de los ancianos –quienes habían sido educados con las normas férreas heredadas del Porfiriato- contaba y era respetada como la Biblia misma, de donde, afirmaban, tomaban esas bellas, sanas y útiles enseñanzas, las cuales anhelaban que debían perpetuarse por los siglos de los siglos.

 

Todo ello se puede comprobar con quienes están convencidos de que el mal de todos nuestros males radica en el relajamiento en ese tipo de educación, caracterizado por constantes maltratos físicos, emocionales, mentales, morales, religiosos, sexuales y psicológicos. No solo lamentan la laxitud en la educación actual, sino que la vieja la añoran a morir. Bueno, no tanto, porque, al final del día, muchas veces piden que se aplique el viejo refrán: “Hágase la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre”. Ello, porque es incomprensible que una persona sana abogue por maltratos a los infantes, aun en nombre de una buena educación, la cual, por cierto, alguien llamó educastración.

 

Desde el año 2010 vivo junto a una escuela primaria –que se pasó a vivir a mi Sección-, por lo que los niños me son cotidianos durante la semana. Brincan, se corretean, se gritan entre ellos, se pegan, lloran, patalean de berrinche. De tarde en tarde llega uno que otro con el tambor o la corneta dándole a todo lo que da, sin importarle que ya no sea hora de escuela, sino de la siesta o de un momento de sosiego de viejos aburridos como yo. Los comprendo, a esa edad se apetece el ruido, y, cuando no lo hay, se tiene miedo a estar muerto, por lo que es urgente producirlo. Entonces yo, espantada mi siesta o mi tranquilidad, o ambas, me pregunto: ¿no les enseñan sus maestros a respetar la privacidad ajena, a comportarse correctamente en la vía pública? Es cuando caigo en la cuenta que ya me convertí en uno de aquellos viejos criticones, mismos que, cuando los oí quejarse de lo mismo que ahora yo me quejo, sencillamente me encogía de hombros importándome ello un cacahuate. “¡Lo estás pagando!”, no faltará el ilustrado que me diga, ya que no tiene puestos mis zapatos. O quizá me lo diga un sordo, también eso es posible porque la vida siempre da para más.

 

Los niños niños son, quién duda de ello. También los viejos viejos somos (y, si alguna duda existe, solo basta ver los pelos en las orejas, no en las manos, que aquellos, dicen, solo aparecen en ese sitio en los pubertos y solteros). De allí la importancia que adquiere la educación no solo en la niñez, sino a todo lo largo y ancho de la vida de un individuo. Porque constantemente la educación, o, mejor dicho, la forma de educar a una generación, cambia. No me refiero a los planes escolares, sino a aquel método que induce a un ser pensante a ajustarse a sus circunstancias sociales, políticas, económicas, religiosas, etcétera.

 

En Ixhuatán, los cambios –según mi opinión muy personal, ¡ojo!- se introdujeron más y en mayor número en cuanto la población creció de manera desmedida y los recursos naturales comenzaron a ser depredados irracionalmente, lo que desencadenó el desempleo, la escasez y la carestía. Detonante aquel –el de la sobrepoblación- que coincidió con la introducción de la energía eléctrica en 1968, la cual produjo una serie de necesidades –algunas innecesarias en esa hora- que había que satisfacer, no sin antes participar la población de una competencia por estar a la vanguardia, la cual, por cierto, aún no cesa.

 

El uso de aparatos electrónicos y domésticos, así como la introducción del comercio externo, trajo consigo un movimiento en la economía que, en términos llanos, hasta entonces había sido básicamente local con pequeña injerencia foránea.

 

Asimismo, algunos piensan que la televisión –entiéndase modernidad- modificó la educación y, consecuentemente, la conducta de las personas. Otros afirman que fue la escuela –con la política de resistencia sindical magisterial, que inició en los años 80- la gran modificadora. Hay quienes sugieren que mucho tuvo que ver la participación política de la gente en respuesta al hartazgo generado por el poder local. Muchos piensan que la razón de dichos cambios se gestó en la educación que se imparte en los hogares. Sin duda, las citadas posturas tienen alguna dosis de razón, dependiendo del contexto y de la circunstancia individual.

 

En mis años de vida, 60, he observado y estudiado algunos de los cambios acaecidos en mi pueblo y en mi gente. ¡Yo mismo he llegado a experimentar algunos de ellos! De allí parto.

 

Fui de esos niños que obedeció sin chistar y saludó a diestra y siniestra a mis mayores y que, ya adulto, incluso lo hice con personas menores, contraviniendo una regla no escrita. Las veces que rezongué a obedecer lo hice de la manera clásica con aquella frase popular: “¡Puro yo. Puro yo!”. Mi madre, psicóloga como toda madre lo es, fácilmente me aplacaba con estas palabras que impactaban toda mi estructura psicológica: “Pero, hijo, si no eres tú, mi hijo mayor que tiene juicio, ¿quién quieres que me ayude?”. Mi rebelión, pues, era muy pronto sofocada en el primer grito de inconformidad.

 

También me tocó ver que a niños pobres, como lo éramos en mi familia, nos endilgaban una especie de obligación: respetar a todos, pero, de ese todo, principalmente a los ricos, máxime si eran parientes nuestros. La discriminación del rico al pobre, si bien es cierto no la ejercían todos los ricos de entonces, se afianzaba porque los pobres nos autodiscriminábamos y autocensurábamos.

 

Me tocó ver a ricos echar de sus casas a los niños pobres a la hora que iban a servirse los alimentos si el chico no se salía a tiempo cumpliendo con la norma autoimpuesta. Los parientes pobres de algunos ricos no tenían derecho de usar el sanitario con WC, sino la rústica fosa séptica. Cuando apareció la televisión, los pobres también eran echados a la calle, y, cuando no fue así, se les permitía mirarla desde una ventana, en la banqueta, subidos en una silla. Todo ello lo vi, no me lo contaron, repito. La servidumbre –no obstante ser ellos quienes sacaban la mayor parte del trabajo- era segregada relativamente. Y, como convenía a sus intereses –para mejor explotarlos-, sus patrones les decían a sus mozos y sirvientas que ellos eran de la familia, casi casi su hijo/a mayor.

 

A nadie le gusta ni le conviene ser discriminado o maltratado del modo que sea, ya que su autoestima se daña. Pero, una vez esta se halla maltrecha, el siguiente paso es el resentimiento. De allí que, cuando en Ixhuatán entraron los cambios traídos por los factores arriba mencionados, hubo oportunidad para que la gente pobre abriera su entendimiento y tratara de superarse. Así, los primeros miembros de dichas familias salieron para la ciudad, y fue allí donde se superaron. A partir de entonces, la cosa ya nunca volvió a ser igual, sin contar que, en el ínterin, algunas familias ricas vinieron a menos debido a la mudanza de fortuna.

 

Los nuevos ascendidos en la escala social calibraron la discriminación y las injusticias cometidas por la clase dominante. Al mismo tiempo y de manera silenciosa, comenzaron la rebelión contra el imperante statu quo. El levantamiento no fue virulento ni radical, los años de sojuzgamiento no permitieron que ello fuera así. Fue lento porque las humillaciones padecidas, hay que decirlo en honor a la verdad, tampoco fueron graves y crueles, solo rozaron, cual soplo, el egocentrismo del ixhuateco/a promedio, que, como bien se sabe, es ampuloso.

 

Los resentimientos de clase –se vale brincar ante este vocablo-, conjeturo, fueron acicate para que la clase otrora dominada buscara ser tratada como igual. Pero, como todo resentimiento conlleva un germen de venganza, esta comenzó a manifestarse con el mismo orgullo e indiferencia que al parecer le es propia a la clase dominante. Y qué mejor manera de mostrar el orgullo de ser ya distinto –quizá no tan rico ni tan instruido, pero sí otro diferente- que dejar de mostrar el respeto –no genuflexión, que nunca lo hubo, aclaro- de antaño, comenzando con boicotear la “institución” del saludo. Solo así explico que los más críticos de dicho cambio hayan sido los que se consideraban la élite, seguidos, off course, por quienes estaban subordinados a ellos. Quizá aquellos nunca concibieron que ello llegara a ocurrir y, una vez se manifestó dicho boicot, no pudieron comprenderlo, como tampoco asimilarlo.

 

Desde principio de los años 80, la religión católica –por conducto de los jesuitas, básicamente- y la política de izquierda, recién llegada –a la cual,  por ser contestaría, se le vio como radical, por lo que puso el Jesús en la boca de varias familias-, comenzaron a minar –entiéndase transformar- la estructura social. A pesar de ser más verbo que acción, dicha política de oposición caló, cierto que con temor, en una clase social cansada del estado de cosas. Así, los trabajadores del campo comenzaron a exigir indemnización cuando fueron despedidos. “Mil pesos por año trabajado” era la exigencia a los patrones en esos años. Nadie creyó que hablaran en serio hasta que un patrón fue obligado a comparecer ante la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, donde perdió y pagó.

 

Lo que siguió fue otra manera de tratar y contratar a empleados, quienes, hasta entonces, eran mandados a su casa con las manos vacías en el momento que ya no podían trabajar o cuando su patrón quisiera despedirlos. Soñar con tener seguro médico, y cuantos derechos corresponde tener a un trabajador, era solo eso, un sueño. A cambio se recibía prestado un pedazo de tierra para sembrar si se trabajaba con un agricultor; un par de becerros anuales y un par de botas –a partir de los finales años 70- si se trabajaba con ganaderos; una chompa, un corte de tela para pantalón, un sombrero y un machete si se era jornalero. Ah, también unos centavos cuando el trabajador o  la familia enfermaban, así como una que otra invitación a tomar unos tragos con el patrón o en las fiestas grandes del pueblo. ¿Alimentos? Por supuesto que también los hubo en ocasiones, ya que las horas de trabajo eran muchas. Claro que había excepciones a lo antes dicho, lo cual no hace más que confirmar la regla.

 

Los hijos exitosos de esos nobles, honestos y sufrientes trabajadores –se decía que ello era así por no haber ido a la escuela o haberlo hecho, pero sin aprovecharla, según se los restregaban en la cara o ellos mismos se lo decían- decidieron cambiar la realidad terca de años. Buscaron –quizá muchos sin saberlo- que la igualdad en aquella sociedad desigual e injusta se instalara. Lástima que a algunos de ellos, favorecidos por su esfuerzo y quizá hasta por una pizca de buena suerte y azar, en vez de reconocerse en la clase de sus ancestros, les gustaron el ascenso y sus privilegios y se instalaron en él, orondos, como si de siempre a él pertenecieran. Cosa parecida se les vio hacer a sus progenitores, quienes dejaron escapar la espuma de sus orgullos largo tiempo en hervor.

 

El resultado fue que estos nuevos ricos no solo fueron más soberbios y altaneros que aquellos otros a los que vieron serlo, sino también más injustos y discriminatorios, quizá por la cochambre mental de haber vivido en la ciudad. Podría decir que fueron garbanzos de a libra, toda vez que se cuentan con los dedos de las manos, aunque, eso sí, ostentosamente visibles. Pero así es la vida, ¡sí, señor!, y se asusta y niega la realidad de ella quien no la entiende o pretende engañarse a sí mismo y a los demás. ¿A poco no?

 

Por supuesto que en todo cambio suscitado en una sociedad participan factores locales y foráneos. Las recurrentes crisis económicas endilgadas por los malos gobiernos en los tres niveles aceleraron o les dieron la velocidad –cual efecto enzimático- que tales cambios estaban necesitando. El desempleo, la carestía y la acentuada pobreza en el vivir modificaron la correlación de las fuerzas sociales. La religión, que, desde los años 40, dejó de ser solo católica, convirtió a Ixhuatán, en los 80,  en un escenario propicio donde empezó a darse una feroz competencia por la feligresía por parte de distintas asociaciones religiosas o sectas, las cuales abonaron su cuota de incertidumbre al tejido social. Aunado a la influencia de la televisión, que venía dándose desde los finales años 60, como ya quedó dicho, y a la internet en los 90, Ixhuatán se incorporó –para bien o para mal- a la aldea global y, con ello, a padecer los mismos problemas que adolecen muchos pueblos y ciudades del mundo.

 

Hoy día es imposible y una locura buscar que el pueblo vuelva a ser lo que antes fue. El precio de ser lo que hoy somos en Ixhuatán lo hemos ido pagando las distintas generaciones. El saludo, que durante años practicamos los que somos adultos mayores, ahora extrañamente llamados en plenitud, es, si no obsoleto, sí un delator de una época, no sé si superada. La juventud afirma, con razón, que a veces ellos saludan a sus mayores, pero que estos no les responden o lo hacen a desgano y de mal humor, lo que a ellos les desanima a continuar haciéndolo. Yo les digo que, a veces, los viejos no los oímos porque ya padecemos cierto grado de sordera y, en algunos casos, ciertas y serias deficiencias en el entendimiento, el humor y la  concentración. Y no miento.

 

Así, pues, el saludo, que tiene fama de sobrevivir en los pueblos, en Ixhuatán cada vez más se restringe y circunscribe a los familiares, amigos y vecinos. Quizá llegue el día que pase aquello mismo que a los provincianos nos impactó ver al llegar al DF: que nadie sepa  –ni le importe- la suerte del que vive al lado. También es posible que llegue el día que el refrán tan conocido de “Pueblo chico, infierno grande” deje de ser aplicable en Ixhuatán. Por el momento, estamos lejos de esos peligros, así quiero creerlo.

Saludo delator

Juan Henestroza Zárate

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