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Quiero iniciar este artículo haciendo referencia a la pasada publicación “El padre del pueblo”, escrita por el Dr. Juan Henestroza Zárate en este mismo espacio, donde se hizo énfasis en las limitaciones de los ediles municipales dado lo finito que es el presupuesto asignado por la Federación, pues generalmente se tiene la idea y la esperanza de que los presidentes municipales pueden resolver todos los males de nuestro pueblo e incluso hay quienes piensan que podrían resolver hasta sus problemas personales, lo cual genera una gran expectativa cuando una nueva administración municipal inicia sus funciones.

 

Dado lo anterior, es indudable que, para lograr un cambio en las comunidades, no basta con la voluntad de las autoridades, sino que se necesita la cooperación de todos los individuos bajo la indispensable condición de vivir y trabajar en paz. La regla de oro de las sociedades exitosas no es aquella donde se pide por pedir, sino la que está consiente de las limitaciones y de los alcances del Estado y se organiza para contribuir ejerciendo una función complementaria. De ahí que la sociedad civil organizada y la iniciativa individual juegan un papel fundamental en el desarrollo de los pueblos. Ejemplo de ello son las aportaciones de profesionistas que, en su momento, formaron el extinto Círculo Ixhuateco y a quienes hoy agradecemos la construcción de la barda y el foro de la escuela primaria Emilio Carranza. Ahora, hagamos un ejercicio de reflexión sobre qué pasaría si existieran muchas organizaciones de profesionistas y de trabajadores ixhuatecos que sumaran esfuerzos por aportar y pudieran complementar las actividades y, por qué no, las obras públicas del municipio. Naturalmente sería otro cantar.

 

Seguramente, hay lectores que piensen que esto es cierto, pero que se trata de un argumento totalmente utópico, considerando las condiciones sociales de nuestro municipio; sin embargo, desde esta perspectiva, quiero recordar un pasaje de la historia de nuestro pueblo que quizás pasó desapercibido para mucha gente, pero que marcó a toda una generación de jóvenes ixhuatecos.

 

Me remonto al año de 1999, cuando los estudiantes de la escuela secundaria Alfonso Luis Herrera formaron una organización bajo la figura de la sociedad de alumnos -en la que tuve la fortuna de participar- liderados por dos jóvenes como Igmar Matus y Javier Toledo Henestrosa, a quienes admiro personal y profesionalmente por el entusiasmo y la determinación que tuvieron por sacar adelante este proyecto. Esta organización contó con la asesoría de la profesora Dora Peña Peña, quien, a pesar de no haber nacido en el terruño ixhuateco, ha contribuido en la formación de muchas generaciones de jóvenes y a quien le reconozco su vocación de servicio y su visión por contribuir al desarrollo de Ixhuatán.

 

La profesora Peña había mostrado su interés por hacer cosas diferentes, y recuerdo que un año antes organizó a varios estudiantes para que dibujaran un mapa del mundo, con las respectivas divisiones políticas de todos los países,  en el fondo de su salón de clases. Fue una idea maravillosa, ya que el mapa podía ser contemplado al entrar a la clase de geografía y era un excelente instrumento pedagógico; empero, lo  destacable fue el ímpetu con que los estudiantes de diferentes grupos, derrochando talento e imaginación, participaron en la elaboración del mapa.

 

El grupo de jóvenes que se había formado demostró que sí se podía contribuir a nuestra comunidad sin importar la edad, y una de sus actividades iniciales fue la creación de una gran campaña de reforestación: primero consiguieron las plantas, después, organizaron a los estudiantes en cuadrillas y, finalmente, los jóvenes entraron en acción y plantaron arbolitos a lo largo de la Avenida Reforma y en los primeros cuadros de la entrada de Ixhuatán. No quedando satisfechos con la compaña de reforestación, los jóvenes organizaron actividades como bailes, rifas y una que otra kermés a fin de recabar fondos para construir un pedazo de barda de la secundaria Alfonso Luis Herrera.

 

Recuerdo perfectamente cuando conseguimos una audiencia con el presidente municipal de ese tiempo, el profesor Javier Matus Pineda, quien aceptó recibirnos en su oficina del palacio municipal. Al principio, se mostró sorprendido de que un grupo de niños de la secundaria, acompañados por la profesora Dora Peña, quisieran entrevistarse con él. Cuando apenas articulábamos nuestras primeras palabras, el presidente se imaginó que se trataba de una cita para pedirle algún apoyo económico y casi nos interrumpió para decirnos: “¿Qué tipo de apoyo necesitan?”, a lo que le contestamos: “!No, señor presidente! Nosotros no venimos a pedir, sino que queremos aportar”. El profesor Matus Pineda nos felicitó y subrayó nuestro deseo por contribuir a nuestro pueblo, ya que, durante toda su gestión, la mayoría de la gente que había entrado a su oficina había ido para pedirle algo, y era la primera vez que alguien le decía que quería aportar.

 

Más allá de la anécdota en el despacho del presidente municipal, lo que realmente quiero transmitir es que las pequeñas acciones de un grupo de personas, por más insignificantes que se perciban, pueden contribuir mucho en el desarrollo de las comunidades. Ojalá que las actuales generaciones de jóvenes, grupos de profesionistas, agremiados de diferentes oficios, pensionados, agricultores, ganaderos, entre otros, puedan organizarse y generar pequeñas acciones que contribuyan al desarrollo de sus comunidades. Ya lo está haciendo Manuel Antonio Ruiz con sus alumnos de la preparatoria José Martí; esperemos que también se sumen los jóvenes del Cobao. No cabe duda de que los recursos económicos son fundamentales para iniciar cualquier actividad, pero, más que eso, para contribuir al progreso se necesita tener voluntad, amor por la tierra que nos vio nacer y sentido social.

Señor presidente,

nosotros queremos aportar

Florentino Cabrera García

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