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                        “Aquí estoy, justamente donde empiezan inciertos dos caminos, sintiendo en el alma un mar de soledad. Aquí estoy, buscando entre la gente mi verdadera identidad”.

 

            En esta ocasión me atreví a hacer hincapié en el tercer género sexual; me refiero a los mampos (homosexuales), que, al igual que tú, que él o que yo, son personas que sienten, personas que sufren, que lloran y que luchan. No son tan raros como muchos creen.

 

                       El Istmo de Tehuantepec, y, por supuesto, Ixhuatán, se ha caracterizado por ser la cuna de esta cultura de mampos. Para muchos ser mampo, lamentablemente, significa tener un padre que te evita porque al hijo “se le va la cochina al monte” o “se le hace agua la canoa”; es tener una madre acuñándote de enfermo por las malas costumbres, por las malas compañías, por castigo divino o, peor aun, por mala suerte; sin embargo, nuestra región se ha identificado porque se dice que tener un hijo mampo es una bendición, pues ser mampo también es ser aquel que a temprana edad se independiza teniendo como arma el dúo perfecto, es decir, la fuerza de un hombre y la creatividad de una mujer. Es quien tarde o temprano se hace cargo de los padres y de los gastos de la casa.

 

                        De este modo es como  los mampos son el ejemplo para muchas de las sociedades que aún tienen miedo de aceptar las preferencias sexuales en la vida, y no hablo de sexo, hablo de ternura; porque no sabemos lo que cuesta encontrar el amor en esas circunstancias, porque no sabemos lo que cuesta cargar con esa lepra cuando la gente guarda su distancia. Pero hay personas “comprensivas” que dicen: “Ay, nana. Es mampo, pero tiene gracia”, “es mampo, pero fue a la escuela” o “es mampo, pero buena gente”. Aunque yo estoy segura de que ellos aceptan el mundo sin pedir si quiera esa “buena onda”.

           

                   De manera personal quiero expresarles mi admiración y respeto a los mampos, ya que la hombría que ellos manifiestan no la han aprendido en algún partido político ni en el futbol u otra homosexualidad tapada como el beisbol o la borrachera. Esa hombría de la que les hablo ha sido aceptarse diferentes. Y yo solo espero que los machos se hagan viejos, y no por mí, sino por las niñas y niños que nacerán, crecerán, se enamorarán y harán el amor una y otra vez, pero no con su sexo opuesto, como ha de esperarse, sino con su mismo sexo.

 

                 “No hay camino hacia la libertad, la libertad es el camino”.

¿Será una gracia o una desgracia?

Alhelí Ruiz Fuentes

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