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La muerte del juchiteco Víctor de la Cruz Pérez (1948-2015), el 9 del presente, me hizo pensar sobre el papel que desempeña un intelectual en nuestra sociedad zapoteca. Asimismo, no pude evitar relacionar este deceso con el de otro zapoteca, el del ixhuateco Andrés Henestrosa, acaecido el 10 de enero de 2008, y cómo ambos pueden ser considerados, junto con el pintor Francisco Toledo, sombras tutelares de nuestra cultura.

 

¿Por qué se me ocurrieron tales cosas? Quizá porque yo siempre percibí que el juchiteco tuvo en el ixhuateco, si no del todo un ejemplo a imitar, al menos sí a un personaje al que le podía enmendar dos que tres –parodiando al mismo Víctor– imprecisiones. Cosa que por supuesto él hizo y yo tomé nota atenta; uno, por la importancia de los temas y de ambos personajes; dos, por el parentesco con el ixhuateco y mi interés en emularlos. De ello resultó que  considerara a De la Cruz un digno adversario del ixhuateco, a quien, si no superó en fama, en cambio sí lo hizo en el cabal conocimiento que tuvo de la etnia zapoteca, lo que, además, le augura un mejor futuro.

 

Debo decir que no conocí a Víctor de la Cruz, solo una vez lo vi en Juchitán en un lugar público, cuando una amiga que me acompañaba lo saludó y él apenas y se dio por enterado con un gruñido, lo que me detuvo a no presentarme con él. Ello fue hará cosa de ocho años, poco más o poco menos. Me pareció ver que De la Cruz estaba convertido en lo que ya estaba hecho Henestrosa: una vaca sagrada. A escasos tres metros de distancia, lo vi hosco, malhumorado y con prisa, tal y como muchas veces me tocó ver a Henestrosa. Pareciera ser que para que toda autoridad sea respetada –o temida– necesita revestirse de un aspecto desagradable: neurosis.

 

Desconozco cómo trataron sus paisanos a Víctor de la Cruz, ojalá haya sido mejor a como los ixhuatecos tratamos a Henestrosa en Ixhuatán. Ambos, qué curioso, planearon pasar su vejez en otro lugar y no en su tierra natal. Henestrosa fincó en Tlacochahuaya, mientras que Víctor lo hizo en Santiago Laollaga, pueblos de nuestro estado. Ambos, sin embargo, rindieron la jornada en ciudades donde habían vivido muchos años: Ciudad de México y Oaxaca, respectivamente.

 

Me pregunto: ¿Henestrosa y De la Cruz habrán experimentado incomprensión, indiferencia o marginación por parte de sus paisanos? ¿Acaso esperaban –por ser quienes finalmente llegaron a ser– idolatría y veneración? ¿Se habrán resentido –y consecuentemente alejado– como respuesta a un trato que consideraron desdeñoso, injusto y por lo tanto inmerecido? No lo sé. Lo que me consta es que si no se domeña el ego justo cuando debe hacerse este nos hace trastadas. También sé que entre nosotros, en nuestros pueblos del Istmo quiero decir, es común la indiferencia, el ninguneo, la envidia y hasta el rencor a toda persona que se ilustra y se destaca, quien por eso mismo “deja de ser gente con nosotros” –entiéndase gente llevadera–, por lo que se le mira distinto y hasta ajeno a la raza. Elucubraciones mías, señor, solo elucubraciones.

 

A la distancia miro a Víctor de la Cruz como un hombre que tuvo como destino estudiar su propia cultura zapoteca y la de otras culturas mesoamericanas, para lo cual primero estudió leyes en la Facultad de Derecho y más tarde obtuvo grados de maestro y doctor en Estudios Mesoamericanos en la Facultad de Filosofía y Letras, ambas de la UNAM.

 

Fui lector de Víctor de la Cruz en la revista Guchachi’ Reza –Iguana Rajada– que él fundó en 1974 y dirigió por algunos años. Asimismo, leí varios de sus libros que la generosidad de mi hermano Julio César hizo posible llegaran a mis manos. Con el tiempo llegué a pensar lo que ya muchos otros habían pensado de Víctor: que era el juchiteco más instruido en asuntos zapotecas y el más destacado después del pintor Francisco Toledo.

Cada línea suya era pensada y escrita una vez pasaba por el riguroso proceso de la criba científica. Por eso me gustan sus textos ensayísticos, los cuales a ratos pecan de citas y notas a pie de página, gracias a que consigna a todas y cada una de las personas que le comunican un dato, así este sea en apariencia una minucia.

 

Por otra parte, no me convence como poeta porque en su poesía me parece escuchar  –por ejemplo, en su poema “¿Quiénes somos, cual nuestro nombre?”, con el que concluyó su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua– ecos nada ocultos de Netzahualcóyotl, en las traducciones que hicieran Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla –este maestro y tutor de Víctor del náhuatl al castellano.

 

Cosa distinta pienso de su admirable activismo político, vertiente que convirtió a Víctor de la Cruz en un ciudadano cabal y consciente del tiempo que le tocó vivir, donde la persecución política tuvo en él a un objetivo que lo obligó a refugiarse en el estado de Chiapas, por ejemplo. Opositor al sistema como él lo fue, no cualquiera lo fue en aquellos pasados años. En eso se diferenció de Henestrosa, quien, como todos sabemos, congenió con el sistema, no obstante haber sido acendrado partidario de José Vasconcelos en 1929, cuando muy joven.

 

Como suele ocurrir con la muerte de alguien prestigiado, muerto don Víctor de la Cruz Pérez –trato con el cual le dispensó la Academia una vez esta lo hizo miembro en la categoría Perteneciente en agosto de 2012, mientras que Henestrosa lo fue de Número a partir de octubre de 1964–, de inmediato salieron amigos, parientes, desconocidos, políticos e instituciones culturales a lamentar la pérdida. Aun así, a mí me dio la impresión de que las muestras de duelo no correspondieron a la gran calidad del desaparecido, me parecieron hasta mezquinas. Y, sin poderlo evitar, recordé los funerales casi de Estado que le rindieron en el Palacio de Bellas Artes a Henestrosa.

 

Lo de Víctor de la Cruz fue así, me atrevo a aventurar, porque el intelectual no trabajó su éxito y fama, esto es, no  hizo relaciones públicas, sino que se dedicó de tiempo completo a sus estudios. Otra diferencia con Henestrosa, quien sí trabajó su éxito y fama, así lo dice en sus textos de periódicos, aunque los refiera a otros artistas. Ambos, eso sí, tuvieron malquerientes y maldicientes porque el talento los atrae como la miel a las moscas y porque, como dice la canción, no se es monedita de oro para caerle bien a todos. Es fama casi universal que los artistas de renombre tienen mal genio.

 

Dije que Víctor de la Cruz hizo a Henestrosa dos que tres precisiones, y es verdad. Por él supe que la leyenda Binigundaza, contenida en el libro “Los hombres que dispersó la danza”, de Henestrosa, tenía un antecedente anterior a 1929, año de su publicación. Era un texto de la autoría del espinaleño Wilfrido C. Cruz (1898-1948), quien, en 1935, en su libro “El tonalámatl zapoteco”, reclamó a Henestrosa no haberlo mencionado como deudor suyo, ya que su leyenda titulada “Binigulaza” –la cual formaba parte del libro de Cruz– Henestrosa se la había oído leer antes de publicar el suyo. Solo que Cruz dijo que Henestrosa se lo había oído en la ciudad de Oaxaca el 16 de octubre de 1926, ciudad que aún no conocía Henestrosa según él me dijo, afirmando, por el contrario, que se lo había oído en casa de Cruz, en la calle de Mesones de la Ciudad de México, cinco años antes de publicar “Los hombres…”, esto es, en 1924, según mis propias investigaciones.

 

No fue sino hasta 1945 cuando Henestrosa –apuntó Víctor de la Cruz en el texto que le leí– contestó el reclamo de Cruz. En efecto, ello fue en la segunda edición de su libro. Allí reconoce a Cruz la inspiración de su leyenda. No obstante ello, la fama de plagiario acompañará a Henestrosa desde entonces, a pesar de que la calidad artística de “Los hombres…” es evidentemente superior a “El tonalámatl…”. Y tenía que ser así, ya que son dos obras distintas en su composición: socio-antropológica la de Cruz; poética, la de Henestrosa. Ambos autores, ahora no hay duda de ello, imprescindibles a la hora de querer comprender nuestra idiosincrasia zapoteca.

 

Víctor de la Cruz, en alguna medida, lamentaba el hecho de que Henestrosa no se plegara, a la hora de escribir el zapoteco, a lo establecido en la Mesa Redonda llevada a cabo en la Ciudad de México del 6 al 10 de febrero de 1956. Un idioma al que él, junto con otros lingüistas y estudiosos que sería largo enumerar, han intentado establecer su grafía de una vez y para siempre, tarea esta en verdad peliaguda y titánica, ya que las nuevas generaciones, atropelladas por los tiempos que corren hacia la síntesis idiomática, no son propicios para que así sea. Juventud a la que por cierto los hoy adultos mayores –engañados por las políticas de alfabetización del gobierno, dicen algunos–abandonaron a su suerte al aceptar el castellano como idioma dominante en las comunidades zapotecas.

 

A la hegemonía de la literatura mexicana escrita en castellano se refirió Víctor de la Cruz cuando, en su discurso de ingreso a la Academia –al que por cierto habría que hacerle una que otra precisión, lo cual  haré en otra ocasión y lugar–, titulado “Las literaturas indígenas mexicanas”, expresó: “Entonces, si la colonización es la causa para que las culturas y las lenguas indígenas estén en el estado de abandono en que se encuentran, los colonizados tenemos derecho a que nuestras literaturas aparezcan, no sólo como eran en el pasado sino tal y como son en la actualidad, al lado de los logros de la cultura occidental; y los indígenas también tienen derecho a gozar de las ventajas de la civilización actual, porque ésta se construyó sobre la espalda de nuestros antepasados y sobre los escombros de nuestras culturas; y de esa manera se nos privó del derecho de construir un futuro propio”. Pueblos indígenas que no siempre se reconocen como tales al preferir el castellano, apunto.

 

Discurso que respondió León-Portilla, quien dijo que sin una lengua puente como opera el castellano –español, dijo él– no se entenderían entre sí los indígenas que hablan lenguas diversas. Asimismo, preciso y conocedor de su alumno, soltó este elogio: “Beligerante, activista apoyando causas que ha tenido como justas sobre todo de los indígenas en su tierra natal, Víctor no se arredra a luchar, a veces hasta me da miedo, eso le ha dado cierta fama de belicoso, pero más que eso es hombre que lucha por sus ideas y los marginados”.

 

Ya para concluir diré que durante años deseé que los jóvenes intelectuales istmeños inscritos en Guchachi’ Reza, comandados por Víctor de la Cruz, debatieran a fondo con Henestrosa y demás intelectuales de la vieja guardia, a la usanza en que lo hicieron contra Octavio Paz los que escribían en el suplemento cultural de la revista Siempre!, “La cultura en México”, jefaturado por Carlos Monsiváis. No hubo tal debate –¿o sí lo hubo?– a pesar de estar todo servido: revista y debatientes. Quizá nunca se pensó en ello por las razones que hayan sido. Ello es, además, significativo del estado cultural en que vivimos, donde los temas políticos y la corrupción de la vida pública acaparan toda la atención.

 

Víctor de la Cruz, como Andrés Henestrosa y Wilfrido C. Cruz antes de él, merece el lugar que sus estudios le proveyeron. Su libro de 2007, “El pensamiento de los binnigula’sa’: cosmovisión, religión y calendario con especial referencia a los binnizá”, “... una versión modificada de mi disertación doctoral”, explica De la Cruz en el prefacio, debiera ser de consulta obligada para todos aquellos que se interesen en los zapotecas. Que así sea.

Tomada de www.eloriente.net

Sombras tutelares zapotecas

Juan Henestroza Zárate

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