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"Yo dibujo estas letras/ como el día dibuja sus imágenes/ y sopla sobre ellas y no vuelve" Octavio Paz

 

Antes que la escritura, en la vida cotidiana actual, lo primero que aprende un ser humano para referirse a los objetos del mundo que le rodea es la palabra hablada, un conjunto de sonidos articulados que va significando las características de lo que es él, lo que hace y su relación con las cosas, permitiendo con ello almacenar en su memoria indicios de lo que ve y va conociendo a lo largo de su vida.

 

A pesar de ello y aun siendo la oralidad el proceso continuum de la humanidad, la ciencia, los investigadores sociales e históricos por muchos años lo han relegado a un segundo plano desde la aparición de la escritura, considerándola una fuente no fiable para la recuperación de la historia de los pueblos, pues se buscaba el conocimiento de los hechos objetivos y verificables como en el paradigma de las ciencias naturales.

 

Pero no del todo se ha menospreciado a la oralidad: los antiguos griegos, desde la filosofía, retomaron la oralidad para dar a conocer la historia, la ciencia, las artes castrenses y el conocimiento en general; Herodoto escribió la historia de la cultura occidental a partir de la palabra hablada y el recurso de la memoria de los ancianos; así como ellos, otros investigadores, durante los diecinueve primeros siglos de nuestra era, usaron la oralidad y las fuentes orales para escribir pasajes de la vida cotidiana de los pueblos, recuperar cuentos, leyendas, fábulas, mitos y acontecimientos extraordinarios, pero fue hasta la primera mitad del siglo XX cuando antropólogos, historiadores y estudiosos de la cultura popular comprendieron que la oralidad y la historia oral son una herramienta metodológica valiosa para rescatar la memoria de los pueblos y grupos socioculturales, esta memoria que el crecimiento acelerado de la urbanización y la lucha de los gobiernos de las naciones por la alfabetización escritural han ido desapareciendo poco a poco.

 

El ser humano adquiere y se afianza al lenguaje a partir de los primeros intercambios orales que realiza con los miembros del núcleo familiar, articula poco a poco sonidos que le hacen reconocer ciertas relaciones con los objetos, los hechos y las personas con las que convive cotidianamente; de esta manera, comienza a comprender que el lenguaje le permite, al nombrar el mundo, organizarlo de manera sistemática para facilitarle la satisfacción de sus necesidades porque "los nombres efectivamente dan poder a los seres humanos sobre lo que están nominando" (Ong, 1987:39).

 

Con ello, el ser humano comprende que la palabra hablada es la dadora del conocimiento, es lo que le permite ir comprendiendo que a la forma de aprender algo nuevo necesariamente debe ser nombrado, pero que, al mismo tiempo, necesita ser confrontado con la experiencia que los otros han tenido respecto al mismo proceso; por tanto, al compartir e intercambiar información, la puerta para reforzar lo aprendido es preguntar ¿por qué?

 

Lo anterior significa que, con el lenguaje adquirido, el ser humano comienza a construir procesos de comunicación inherentes a su condición de nuevo sujeto social, esto le permitirá escuchar y comprender los primeros relatos orales sobre la historia de la familia, de su pueblo, sobre su propia historia, la de las cosas y, en general, de todo aquello que existe en su entorno inmediato, convirtiendo a la oralidad en la herramienta más eficiente para hacerse de la memoria que le acompañará a lo largo de su vida.

 

Con la llegada de los nuevos medios de comunicación, parece que la oralidad ha vuelto a un segundo plano, lo podemos observar con facilidad en nuestro entorno inmediato. A veces añorar algo o recordarlo se vuelve tedioso para las personas, a otras nos gusta preguntar sobre el pasado porque es allí y desde allí en donde encontramos la sabiduría de nuestros antepasados, el conocimiento llano, natural, la carga semántica que nos permite reconocernos a nosotros mismos como parte inherente de la cultura, de la sociedad en la que nos hemos formado.

 

En Ixhuatán, por ejemplo, hay un vastísimo conocimiento ancestral que poco o nada se ha recuperado, o, si se ha hecho, no se le ha dado difusión, conocimientos que, en las últimas décadas, las nuevas generaciones van perdiendo, algunas veces por desinterés, otras veces por las influencias de otras prácticas culturales difundidas a través de los medios masivos de comunicación, y otras, por la persistencia en la creencia de que la tecnologización de nuestras actividades cotidianas va a eficientar nuestro conocimiento sobre el mundo.

 

Hasta hace algunas décadas, los abuelos y padres nos ilustraban la vida cotidiana acerca de las historias de cómo era Ixhuatán en sus inicios, nos contaban muchas historias entre las que habían fábulas, leyendas, mitos y anécdotas propias del pueblo, cuya función partía del entretenimiento y poco a poco se iban inmiscuyendo en los procesos educativos.

 

En otras ocasiones, nos hablaban de la función de las plantas, cómo se deberían usar para curar ciertos males o enfermedades, con ello aprendimos un poco de herbolaria. Los que tuvimos la fortuna de acompañar a nuestros familiares adultos al campo o al mar aprendimos el vastísimo conocimientos sobre las artes de la agricultura y la pesca, desde el uso y manejo del tiempo para sembrar en una buena época y así las cosechas fueran prósperas hasta el conocimiento sobre la posición de los astros para una mejor orientación en el espacio físico.

 

En un texto que se publicó en días pasados en este mismo espacio, un compañero propone recuperar, a través de las escuelas, la lengua zapoteca en nuestro querido Ixhuatán, yo digo que para ello no son tan necesarias las instituciones, se pueden construir medios o programas alternativos para fomentar el aprendizaje de la lengua materna de nuestros mayores; pero no solo la lengua, sino también otras prácticas y conocimientos que tanto pueden beneficiar al desarrollo de nuestra sociedad.

 

Por ejemplo, durante mucho tiempo, en el patio de la casa de los vecinos hubo un árbol de cuajilote (cuajil-arbol, olotl-mazorca), nosotros, mis hermanos, amigos y yo, los comíamos sin saber por qué, sabía rico, y asado era mucho mejor. Hace unos años, revisando algunos libros de universidades norteamericanas sobre botánica y herbolaria me encuentro que, en la medicina tradicional –y reconocida por la comunidad científica en el área de la botánica-, el fruto sirve o ayuda para reforzar el sistema broncorrespiratorio; así también encontré referencias sobre el "pichinchi yiu", la "hoja de alacrán", el "gordoncillo" y muchas otras plantas que recuerdo que mi abuela y madre usaban para curarnos de distintas enfermedades.

 

Es necesario decir que la tradición oral no solo está centrada en leyendas, refranes, mitos, cuentos, sentencias, canciones e historias del pasado remoto, sino que es un proceso a partir del cual se transmiten y heredan de generación en generación un caudal amplísimo de conocimientos y saberes sobre el mundo cotidiano, además de las experiencias que un sujeto construye y vive en etapas específicas de su vida.

 

Así, entonces, debemos de recuperar nuestro pasado, enriquecernos de los saberes de nuestros padres y abuelos, aprovechar la tecnología en la recuperación de estos conocimientos y construir o producir medios que nos permitan resguardar, conservar y difundirlos para beneficio de las nuevas y futuras generaciones.

Tradición oral

A. Antonio Vásquez

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