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11/5/2016

 

En los poco más de 35  años que tengo de haberme reinsertado en Ixhuatán, he sido testigo de cómo el poder municipal es disputado cada tres años por dos personajes que representan a sendos partidos políticos de más arraigo en el pueblo. En todo ese tiempo también he notado cambios que esta vez quiero aquí consignar.

 

Sin duda, lo primero que debo destacar dentro de los cambios habidos en la disputa por el poder municipal es  la mayor civilidad de los ciudadanos todos, no solo de los protagonistas de la hora. Quién no ha oído hablar de las enconadas pugnas que caracterizaron los tiempos de don Zenón Pérez Carrasco, allá en los albores de los años cuarenta, los que continuaron aun después de su muerte, una vez se quedó con el liderazgo don Modesto Matus Ruiz, su otrora fuerza antagónica.

 

Fue en el tiempo de don Modesto cuando las pasiones subieron de nivel. Dos personajes aguerridos surgieron en ese tiempo: don Isaac Matus y don Epifanio Matus (el uno originario de El Espinal y hermano de don Modesto, el otro oriundo de Chicapa de Castro). En aquel entonces, los ciudadanos solo tenían dos sopas: o era gente de don Isaac o de don Epifanio, Huaño, para muchos, ambos miembros del PRM, ahora PRI. Fue en esa época en que se  desataron, entre los correligionarios de ambos, batallas campales memorables que en más de una ocasión terminaron con asaltos a la casa municipal y uno que otro hecho de sangre. Así fue hasta que los militantes de una y otra causa se vinieron a dar cuenta de que los acérrimos enemigos solo lo eran a la hora de dirimirse el poder, ya que, pasada la contienda electoral, compartían la sal y el pan e incluso –así me lo contaron los ancianos entrevistados– por las noches jugaban a los naipes o al cubilete entre trago y trago de aguardiente.

 

En el desarrollo de un pueblo es inevitable la existencia de los llamados caciques u hombres fuertes, machos alfa dirían ahora. Así, la existencia de dos cacicazgos en Ixhuatán, en alguna medida, instaló un contrapeso o equilibrio natural en el poder político. Cacicazgos no solo respaldados por los adeptos a sus causas, sino principalmente por el talento político y el poder económico –del partido y personales– que corrían a favor de nuestros personajes. Asimismo, la escasa ilustración de los pobladores, aunada a la abundancia de alimentos y a una exigua exigencia social por poseer bienes y ser competitivo en un medio rural, prohijó dichos cacicazgos. Eran estos, me atrevo a pensar no sin rubor, protagonistas de un entretenimiento puntual, primero cada dos años y, después, cada tres. Tampoco hay que olvidar que en la tradición política imperante –oscilante entre los rescoldos del Porfiriato y la Revolución– eran los potentados los indicados a mandar, mientras que la masa a obedecer. Ello, porque solo un hombre, con mediana o gran fortuna, podía servir en el cargo de alcalde durante un año sin preocuparse de recibir del erario dieta alguna, tal y como fue costumbre desde 1884 hasta 1940.

 

El ejercicio del poder por un solo grupo vino a hacerse realidad una vez murió don Modesto Matus, en 1971, y quien le sucedió en el cargo fue don Amado Nivón Fuentes. Por otra parte, y al mismo tiempo, Ixhuatán no fue ajeno a los cambios suscitados a nivel nacional –autoritarismo del presidencialismo que detonó en la represión estudiantil del 2 de octubre de 1968 y la hegemonía del PRI–, por lo que el temor a perder el poder en manos de una oposición resentida –esto casi siempre por la represión ejercida en su contra– sembró inquietud en el poder municipal. Fueron los años pródigos del relleno de urnas –embarazadas, las llamaron– “por si las moscas”, me contó un hombre que cuando joven se encargó de preñarlas la noche vísperas de la elección. Quién no recuerda esa y tantas otras estrategias llevadas a cabo por el PRI para ganar de todas, todas; el famoso carro completo.

 

Esta manera de ejercer el poder, en donde el “dedazo” era toda una institución ejercida desde el presidente de la república hasta el representante del partido en los municipios, trajo consigo un desgaste del poder. Aparejado a la corrupción y a la ineficacia de los funcionarios públicos para resolver los problemas –que cada día iban surgiendo a consecuencia de la natalidad, que creció bárbaramente–, los ciudadanos, más guiados por sus malestares económicos del día a día que por tomar consciencia de clase o de la realidad social, se volvieron inconformes con el statu quo. Se requerían servicios, y estos de dineros que jamás alcanzaban, ya que el presupuesto municipal era más que raquítico. Fue en ese tiempo en que muchos voltearon a ver hacia los funcionarios municipales, que a su parecer se daban la gran vida en comparación con la existencia rutinaria de la mayoría de habitantes. Sin darse cuenta, quizá, dichos funcionarios se habían constituido en una casta. “Lagartos”, los llamaron no solo en Ixhuatán, sino en todo el Istmo de Tehuantepec.

 

El cambio de partido en el ayuntamiento en 1980 no solo fue visto y sentido como un merecido castigo a quienes usufructuaron mal el poder y los recursos, sino que también dejó en evidencia de que el partido todopoderoso, el PRI, había dejado de serlo, sin importar que para ello hubiesen sido ellos mismos –al dividirse por sus ambiciones personales y de grupo– los protagonistas de su debacle. En ese sentido, el triunfo de una oposición variopinta en 1980 fue el detonante para que más gente deseara participar en política. Y aunque peyorativo el calificativo de “lagartos”, desde ese tiempo muchos comenzaron a suspirar por ser uno de esa casta. Y, cuando las dificultades crecieron, tener un empleo en el ayuntamiento, “aunque sea en la basura”, afirman, se volvió una aspiración legítima.

 

Muchos ciudadanos después de 1980 se han apuntado para desempeñar papeles estelares en el ayuntamiento, pero lo cierto es que al final solo unos cuantos se han quedado con el cargo: aquellos que desde antiguo han visto en la política y en el ejercicio del poder, si no una vocación, sí una suerte de predestinación o una especie de oficio o profesión. Tan ha sido así que, si revisamos la lista de presidentes municipales habidos desde 1941-1942 a la fecha, se destaca una sola familia: Matus. Trece  munícipes elegidos de los 26 habidos –dos mujeres entre ellos y sin incluir a uno que sustituyó en el cargo a otro que cayó en desgracia– ostentan dicho apellido. Es de suponer que entre ellos existe ya una tradición.

 

En cuanto más gente aspiró a ocupar la presidencia municipal, surgió en el pueblo una modalidad –me atrevo a decir que importada– que fue la de los panfletos calumniosos y pintas de rijosas consignas en paredes. La guerra sucia tuvo efectos en el ánimo no solo del electorado, sino primordialmente en la de los aspirantes. Cada partido político tuvo su equipo –con la anuencia del candidato/a, por supuesto– para escribir los libelos y calumniar no solo al rival, sino también a su entorno familiar. Lastimar la honra no fue el móvil si recordamos que los ataques no hablaban tanto de desfalcos, fraudes o robos efectuados por el adversario, sino más bien eran dirigidos al honor y la moral de la persona al usar enormes dosis de morbo y perversidad. Mostrar la inmoralidad del rival fue la médula de la guerra sucia. El anonimato que aparentemente estas planas escondían no fue tal, ya que siempre existieron delatores en los equipos. Militantes muy activos que por esos azares de la vida hoy se les ve engrosar las filas de partidos contrarios al que entonces militaban.

 

Una vez en el pueblo pasó la novedad de la guerra sucia, dejó de ser usada con anónimos. Hoy la difamación al adversario político pervive, solo que agazapada en el uso del rumor o en el anonimato en las redes sociales. Confío en que, cuando la educación y la democracia terminen por anclarse en Ixhuatán, todas estas historias solo serán leyendas rurales y formarán parte del anecdotario colectivo que delatarán tiempos viejos. Aunque quién sabe. Lo digo así porque en las redes sociales se ha desatado una tremenda guerra sucia contra todos los candidatos punteros de allende nuestras fronteras. Guerra sucia que muchos cándidos electores creen a pie juntillas debido a que están nada o poco informados. “Y eso que ahora tienen más estudios”, dirían en el pueblo. Sí hay estudios, pero el apasionamiento muchas veces es mayor, por lo que no deja de hacer trastadas.

 

En Ixhuatán, San Francisco del Mar y Reforma de Pineda ya están listos los candidatos a las respectivas presidencias municipales: casi quince, de donde surgirán solo tres ganadores. Todos y todas son conocidos por los ciudadanos, unos más, otros menos. Así, se sabe quién ha vivido entre nosotros y de qué manera lo ha hecho. También se sabe si tiene títulos verdaderos o documentos apócrifos; los puestos que ha desempeñado en el organigrama estatal o federal; el poder de su partido y el tamaño de la economía de los ciudadanos o empresas que lo respaldan.

 

Hoy casi todo el mundo sabe que una elección se gana echando toda la carne al asador. Creen que la  inversión bien vale la pena porque dicen que se recupera pronto y con ganancias una vez se gana, “haiga sido como haiga sido”, diría el clásico. Asimismo, se sabe que desde antiguo ganan siempre quienes invierten tiempo, dinero y esfuerzo en el trabajo electoral; los mejor aceptados en la comunidad, quienes tienen familia numerosa; ayuda un poco la planilla con personajes honorables; quienes saben capitalizar los yerros del rival. Ah, y los menos soberbios, esto es, el que tiene don de gentes y no se le mira hipócrita en tiempos electorales.

 

A esta hora, a menos de un mes para la elección, percibo poco entusiasmo en las huestes de los candidatos y en ellos mismos, quizá debido a la carencia de dinero. De ninguna manera diré lo que al respecto dijo don Porfirio Díaz que luego repitió Fidel Velásquez: “La caballada está flaca”. Ello, en virtud de que están en la palestra los que tienen que estar y pelearon –o quizá no tanto– para aparecer en la papeleta electoral: todos ellos ciudadanos respetables y respetados. Si bien es cierto me parece que el candidato del PAN-PRD es quien más ha sufrido golpeteo y tiene como hándicap el pertenecer al grupo en el poder actual, las cosas no pintan tampoco muy bien para el candidato del PRI. La contienda  parece pareja para ambos candidatos, aunque la candidata de Morena podría aumentar sus posibilidades si los maestros del municipio fueran congruentes con lo que gritan allende las fronteras del pueblo. Esa incertidumbre en los resultados hace atractiva esta elección, ya que muchos ciudadanos están indecisos y otros de plano afirman que no votarán. Esa es la democracia.

 

A pesar de que muchos de los ciudadanos metidos a políticos no convenzan del todo a los electores, ello no significa que entre todos ellos no exista el garbanzo de a libra. Ojalá esta vez nuestro municipio escoja bien,  esto es, a una persona que sirva a los ciudadanos que más lo necesiten. De ser así, el pueblo le otorgará la única recompensa que bien vale la pena ganar cuando de servir a los demás se trata: un espacio en esa historia que entre todos vamos haciendo en la comunidad.

Tránsito democrático

Juan Henestroza Zárate

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