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Andrés Henestrosa, en el periódico Neza número 6 de noviembre de 1935, en un artículo titulado “Canciones del Istmo” –el cual en su momento causó ámpula-, citado por mí en PANÓPTICO IXHUATECO del 30 de julio de 2014, mencionó a un poeta y músico de Ixhuatán, Lázaro Pineda (¿1903?- ¿?), de quien dijo era “mejor poeta que músico, canta en las ferias de su pueblo una descripción de su tierra donde no faltan el elogio de las calles, de los frutos y del río donde no se estanca el cielo”.

 

Años más tarde, el 3 de abril de 1955, Henestrosa, ahora en un artículo extenso que en la edición de 2007 de “Alacena de minucias” (1951-1961) tituló “Un hombre llamado Lázaro Pineda”, nos cuenta que el poeta paisano era entonces “viejo de sesenta años” y que cuando fue niño recitaba “en el pueblo de Ixhuatán, en la tribuna pueblerina, un monólogo de Juan de Dios Peza, de una extensión de más de cien cuartetas y que lleva por título 'Recuerdos de un veterano', en que un viejo soldado de la independencia nacional, narra su vida que es como la vida de la República”.

 

Henestrosa admira no solo la prodigiosa memoria de su paisano, sino también la perfecta pronunciación y sentido con los que declama el extenso poema, no obstante que la lengua madre de Lázaro Pineda fue el zapoteco. Al  final de su texto, lleno de lisonjas para Pineda, Henestrosa comentó que, 20 años atrás, si no es que más, su hermano Honorato Morales Henestrosa le regaló a Pineda el Martín Fierro el larguísimo poema del argentino José Hernández, el cual memorizó de cabo a rabo y que solía recitar largas tiradas, si no es que el poema completo, a sus amigos cuando la ocasión era propicia. En  otra parte, "Divagario del 12 de marzo", de 1985, Henestrosa afirma que Pineda memorizó el poema –un libro completo- durante un año, a la edad de 70 años.

 

No obstante haber sido  vecino de Lázaro Pineda en el tiempo que viví al lado de mi abuela Tina Amador, y que ella me hablara muy admirada de la buena educación del hombre y del artista –de quien, decía, leía mucho y a quien siempre llamó tío-, no tengo más referencias que aquellas que oí decir a la gente: que fue un bohemio que tocaba la guitarra admirablemente. A un hombre que fue bibliotecario de la biblioteca Morelos o funcionario del cabildo –que ya no ubico quién pudo haber sido- le oí decir que Pineda, ya viejo, acudía allí a leer de tarde en tarde y que se llevaba libros en préstamo a su casa.

 

Aquí en PANÓPTICO escribí que, cuando Pineda fue regidor de Obras en el ayuntamiento en 1925, se alinearon y pusieron nombres a las calles, se quitaron árboles que estorbaban y se sembraron plantas de ornato en ellas, así como se establecieron reglas para la formación de nuevas calles.

 

Por otra parte, debo decir que los primeros músicos ixhuatecos se hicieron bajo la tutela del músico espinaleño Ildefonso Álvarez, quien les enseñó lo elemental por dos meses. Ello fue en casa de don Eustaquio Fuentes y en lo que entonces llamaban la escoleta –por haber sido escuela de niñas al mando de la señorita Marcelina Morales Henestrosa-, esto es, en la casa de na Carmen Orozco –profeta del pueblo-, sito en la esquina de las calles Independencia y avenida Reforma. En esa  misma casa, en los años 60 y 70, vi y oí ensayar al músico maestro Adán Orozco Torres (19 diciembre de 1919-12 de marzo de 1994) y a todos sus músicos, que formaban su marimba-orquesta.

 

Quién no recuerda al maestro Adán y su instrumento, el saxofón, colgando de su recio cuello. Sus bromas y consecuentes carcajadas fueron inconfundibles en todo lugar donde él estuvo. Yo lo traté en las postrimerías de su vida. Fue mi paciente. Tuve entonces la oportunidad de conversar mucho con él.

 

El maestro Adán me habló de su vida bohemia, de sus aventuras y de sus amigos. Me contó anécdotas, como una que le narró su tío Tiago Robalito. Me contó que fue en el restaurante Kalena (esquina de las calles Amado Nervo y avenida Reforma), donde escribió su canción “Ixhuateca”, la cual conservo en mi archivo. Asimismo, me dictó un poema de su autoría, “Ixhuatán de mis amores”, con claras  reminiscencias del poeta ixhuateco profesor Constancio “Tanchito” Delgado. Presintiendo su muerte, en febrero de 1994, me llamó a su casa. Allí me entregó un texto y me hizo una petición. La petición era que yo dijera el discurso fúnebre el día de su entierro. El texto, el discurso, el cual resumía su vida. Complacido y agradecido, acepté la distinción.

 

La tarde que sepultamos al maestro Adán en el panteón municipal, mientras los instrumentos de la banda dispersaban las notas que él tantas veces engarzó para acompañar a los difuntos y exprimir a los deudos su dolor, recordé que el hombre había sido candidato a la presidencia municipal, la cual no ganó a pesar de haberse cambiado de partido. Vi tocar a su hermano Ignacio, otro músico destacado del saxofón, que antes de serlo fue violinista y que por suerte aún vive, con más de 90 años.

 

Mientras se realizaba el entierro, traje a la memoria al maestro músico Juan García –miembro de otra dinastía destacada de músicos como los Orozco y la de los Morales-, muerto prematuramente y quien fue en Ixhuatán competidor del maestro Adán. También recordé que en varios momentos de mi niñez llegué a ver al maestro Adán en la cantina de mi tío Noé Zárate compartiendo animadamente con sus amigos. El último acto público donde le vi fue cuando el profesor José Luis Toledo Fuentes le rindió un homenaje en el parque municipal. Ese día estuvo muy emocionado, agradecido de que alguien tuviera para con él un detalle de ese tamaño.

 

El texto que ese atardecer dije en el panteón tiene el título de “Oasis” y es una despedida escrita por el maestro Adán. Dice así:

 

“La música para mí fue un oasis / que descubrió mi corazón desierto. / A veces lo sueño dormido, / a veces lo sueño despierto.

 

“Esta es la primera etapa de mi vida musical. / Empecé acompañando a mi padre con su guitarra, /mi hermano con su violín/ y yo con mi mandolina. / Con las dulces notas de dichos instrumentos de cuerda / tocábamos 'las tradicionales mañanitas'. / Amenizábamos bodas y cumpleaños.

 

“En la segunda etapa de mi existencia llegó la marimba / 'maderas que cantan'. / Sones regionales istmeños y toda clase de música. / Esta es la etapa de oro: con un saxofón visité otros lugares. / ¡Qué tiempos aquéllos, / tiempos que no volverán!

 

“Así pasaron los días, / los meses y los años. / Pero no todo termina igual. / De pronto llegó un triste amanecer / como se dijera de la lámpara arcaica que daba luz ambigua. / La tarde se pintó de gris. / Llegó la noche con su crespón obscuro.

 

“Insistentemente tocas la puerta: / '¿por qué viniste? ¿Quién eres?'  'Soy la Parca vestida de balada –dices-. Y he venido a decirte que llegó el final de tu destino. ¡Despídete!'.

 

“Adiós mi pueblo querido / adiós pueblo adorado, / adiós amigos y compañeros, / aquí todo ha terminado”.

 

Otro artista ixhuateco que me buscó para compartir su vida y su obra, en este caso sus canciones y su incursión como artista en las revistas, fue el ingeniero Franco Escobar Pérez. También muerto prematuramente, un día llegó a buscarme para agradecerme la mención que sobre él escribí en mi primer libro de 1997. Aunque no me lo expresó, sentí que a él le hubiera gustado que yo lo hubiese citado más en extenso y no con este escueto texto: “El ingeniero Franco Escobar se hizo célebre con sus canciones y su participación en revistas”. Quizá lo que me faltó fue etiquetarlo como artista.

 

En su momento se comentó en el pueblo que su participación casi siempre fue de malhechor, por lo que su fotografía aparecía solo en dos o tres cuadros o escenas de las revistas “Juan sin miedo” o “El valiente”. Burlona, la gente decía que lo mataban pronto porque no servía para malo.

 

El ingeniero Escobar fue en el pueblo todo un personaje que generó un sinfín de anécdotas. El escarnio lo persiguió desde su nunca comprobado fracaso en su profesión en el ingenio azucarero de Santo Domingo, así como por su renombrada avaricia. No creo que ese bullying que duró años le haya impedido ejercer su profesión. Más bien pienso que su vocación era el de ser artista y que él luchó consigo mismo para definirse.

 

La  soltería del ingeniero, que le duró prácticamente toda su vida y lo abandonó pocos años de morir, no fue atípica, quizá heredada. Casó, y casó bien con una química perteneciente a una familia de prosapia intelectual originaria del estado de Guerrero, quien le dio un hijo varón. Franco vivió en Reforma, donde  tenía su casa, ya que de ese lugar era oriunda su familia paterna.

 

El ingeniero Escobar tenía tesón para el trabajo y la charla. Hablaba hasta por los codos, a veces atropellando las palabras y en un tono que delataba admiración o compasión. Tenía tanto qué contar el pobre, y pocos –esa es la verdad- estuvieron siempre dispuestos a escucharlo.

 

Poco antes de morir, me vino a ver el ingeniero, y platicamos de lo que le gustaba conversar: su gusto por la composición musical y sus trabajos en el rancho San Eloy, allá en la Isla de León. Me contó de sus relaciones familiares, salpicada de incomprensiones y malentendidos. Tuve oportunidad de que me interpretara a capela algunas de sus canciones. Cuando lo hacía, se emocionaba mucho, tanto que las venas de su cuello resaltaban mientras cerraba sus ojos o hacía ademanes. Requiebros parecidos se los vi hacer a la hora de solicitarle a una dama la pieza musical para bailar. Como los buenos toreros, tenía porte el hombre, así no gustasen sus modales en pueblo tan bronco y aficionado a la burla hasta del tono en el habla de alguien.

 

También fui confidente del ingeniero Franco, a grado tal que me conmovió profundamente su desamparo e incapacidad –propio de los artistas- para actuar con seguridad. De allí quizá su fama de vender caro sus animales y de no transigir nunca una vez tasaba el precio.

 

El dolor del ingeniero Franco, las veces que lo dobló frente a mí, me fue conmovedor y me dejó siempre en silencio y con un nudo en la garganta, respetuoso de la humildad de un hombre que quizá muchos tuvieron como muy soberbio o loco y no como un artista que se consumía en el infierno de la esterilidad creativa. Creo que el ingeniero, como El Payo, estuvo siempre solo contra el mundo, este hostil o banal.

 

La  desconfianza que le caracterizaba también me lo dejó patente el ingeniero Franco. Ocurrió que un día, y a petición mía, me trajo un casete con sus canciones grabadas, así como las letras escritas a máquina de dichas canciones. Yo ya había escuchado una o dos de sus melodías interpretadas, si mal no recuerdo, por la Orquesta de Roy Luis de Unión Hidalgo. Mi intención –y así se lo dije- era grabar un casete propio y fotocopiar o escribir a máquina las canciones para que formaran parte de mi archivo y así escribir más tarde su historia de artista. Pero no me dio el tiempo que mis ocupaciones no me dejaron tener. Así que, un día, repentinamente vino, se los llevó y me dejó solo las letras de seis de sus  canciones, a saber: “Creencia”, “Anabel”, “Imposible fingir”, “Santa Cecilia”, “Tarde o temprano” y “Maestro”. He aquí una de ellas, “Tarde o temprano”:

 

“Ya me has hecho sufrir / qué más quieres de mí / si todo te lo he dado.

 

“Por pagarme así / te vas a arrepentir / tarde o temprano.

 

“Me juraste a mí / quererme más y más / hasta la muerte.

 

“Me dijiste también / que serías para mí / eternamente.

 

“Qué ciego estaba yo / que no pude mirar / tantas mentiras.

 

“Por eso te entregué / confiado siempre en ti / toda mi vida.

 

“Pero ha de llegar / el día en que pagarás / lo que me ocasionaste.

 

“Y entonces ya verás / que no se debe amar / como me amaste”.

 

Antes del ingeniero Franco, pocos se atrevían a salir al claro con sus ambiciones artísticas; tampoco se atrevían a cantar en público sus composiciones. Él lo hizo, valiente, arriesgando que nadie lo comprendiera, cosa que se le agradece.

 

“Todo artista que pierde a su público es un alma en pena, y el ingeniero ya andaba como una sombra de lo que un día sintió ser”, pensé de inmediato el día que supe que Escobar murió en la Ciudad de México, lejos de su pueblo y su querencia. Me sorprendió y dolió su muerte porque sentí que con él había muerto un huérfano de amor y porque mi propia orfandad amorosa creció.

Tres pioneros ixhuatecos

Juan Henestroza Zárate

Tomada del sitio www.trestizas.wordpress.com

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