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El día amaneció muy nublado, con un frío que quemaba hasta las orejas. Era la hora de partir, de agarrar camino, como dice la gente en mi terruño. Es una maravilla recorrer las carreteras de Georgia y las Carolinas, todo un espectáculo, con sus hermosos paisajes de interminables bosques rodeados de majestuosas montañas.

 

Habían pasado más de tres horas desde que inicié mi travesía hacia Virginia. En todo el camino, el sol no se había asomado ni por error y parecía que los paisajes se repetían como si estuviéramos dando vueltas por el mismo lugar. Llegó el momento de hacer una parada para cargar combustible y tomar un ligero receso. Había pensado en detenerme hasta llegar a una ciudad o población más o menos grande para no tener que hacerlo en una de esas gasolineras en medio de la nada, quizás porque me sentía extraño en ese país ajeno o porque la soledad de esas gasolineras me hacía recordar una que otra película de terror.

 

Sin embargo, ante la inminente agonía de las reservas de combustible de mi auto, no tuve otra opción que detenerme en la próxima gasolinera. La sorpresa que me llevé fue mayúscula cuando entré a la tienda y me acerqué al mostrador para pagar: “¡Buenos días, amigo!”, escuché, y ese acento inconfundible del español me permitió identificar al cajero como mexicano, y más aun porqué traía puesta una playera del América. Le sonreí y me sentí en confianza. No cabe duda de que los mexicanos estamos en todos lados, me dije a mí mismo.

 

Proseguí mi camino rumbo a Virginia con mucha más confianza, como sabiendo que, si hasta en esa gasolinera solitaria, alejada de la civilización, trabajaba un mexicano, cuantos más lo estarían haciendo en otros lugares. La emoción me embargaba cada vez más porque estaba a punto de visitar a un amigo ixhuateco a quien no había visto en muchos años.

 

Por fin llegué a mi destino, al estado norteamericano de Virginia,  y el frío comenzó a intensificarse con las ráfagas de viento que soplaban y los copos de nieve que hacían su aparición en el parabrisas de mi automóvil. En cuanto atravesé la línea divisoria entre Carolina del Norte y Virginia, me di cuenta de que la casa del paisano ixhuateco estaba cerca. Manejaba con precaución porque la carretera comenzaba a cubrirse de nieve. De pronto, ahí estaba el paisano esperándome. Lo saludé efusivamente y me dio una cálida bienvenida invitándome a pasar a su casa.

 

De repente, entre plática y plática, perdimos la noción del tiempo hablando a la usanza ixhuateca, como si el tiempo no hubiera pasado y como si estuviéramos platicando en algún punto del pueblo, olvidándonos del silbido estridente del viento frío que azotaba sin cesar. La plática se enriqueció cuando me ofrecieron degustar un caldo de camarones al estilo istmeño, el cual transportó mi conciencia desde Virginia hasta Ixhuatán. Esa tarde recorrimos el pueblo de Hilton, donde cada lugar o persona que veíamos era pretexto para hacer referencia a algún personaje o acontecimiento de nuestro terruño. Los paisajes blancos y gélidos del sur de Virginia pasaron a segundo término porque recordábamos historias y anécdotas de los cuales solo los ixhuatecos nos reímos.

 

En ese diminuto pueblo de Virginia reside uno de los tantos héroes ixhuatecos que se exiliaron de su ombligo terrenal. Ahí donde el tiempo pasa lentamente, donde  ningún rostro nos parece conocido y el frío humano de los anglosajones hace extrañar la calidez del ixhuateco. No importa la hora que sea ni el clima que azote en esas tierras, nada impide que el amigo Óscar “Tavera” se acuerde de sus raíces ixhuatecas. Cada día que pasa es un reto para demostrar que el progreso se puede ganar con el trabajo arduo, donde hay un antes y un después desde el último día que Óscar pisó el terruño ixhuateco.

 

Al día siguiente me despedí del amigo Tavera y de su esposa, a quienes prometí visitar en un futuro próximo y los admiro por la capacidad que han desarrollado para adaptarse hasta en los entornos más adversos, no importando si se tienen que levantar a las 5:00 de la mañana en un clima de -15 grados centígrados e iniciar su jornada de trabajo. No importa si tienen que conducir por las carreteras de uno de los estados más conservadores de los Estados Unidos, rodeados de red necks, donde casi nadie habla español y el inglés se aprende por supervivencia más que por necesidad.

 

El ímpetu de este ixhuateco, como el de muchos otros que se encuentran dispersos por la Unión Americana, le ha permitido conservar la ilusión de algún día volver a la tierra que lo vio nacer y abrazar a sus seres queridos, donde día a día escribe su propia historia, usando la pluma de la disciplina y la tinta de la esperanza.

Un ixhuateco en Virginia

Florentino Cabrera García

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