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“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Qué razón tenía el poeta porque solo en la lucha diaria y constante nos vamos forjando un futuro. Pero no sé a cuántos les pase lo mismo que a mí. Ciertamente, ahora represento una visita en casa de mis papas, pero ¿qué pasa cuando me encuentro en este lugar? La verdad es que no encuentro gran diferencia, pues el trato de ellos hacia mí sigue siendo exactamente el mismo que hace ya varios años. Sigo siendo la niña de los mandados, aunque más floja que antes.

 

Este fin de semana, de no ser porque se descompuso mi bicicleta, no hubiera logrado medir la magnitud del cambio que ha venido a provocar la barda en las casas. Y, cuando me ordenaron ir a la tienda, recordé que tan cerca estaba hace algunos años y que en ese preciso momento estaba significando una verdadera fatiga para mí tener que dar una vuelta por la calle y no poder cortar camino por la casa de mi vecina.

 

Al regresar de la tienda, tomé mi hamaca, me acosté, bajé mi pie derecho y comencé a mecerme. En ese momento se vino a mi mente eso que ahora se volvía tan preocupante para mí y me dije: “¿Por qué los terrenos ahora tienen límites visibles?”.  Entonces me di cuenta de que una barda en un terreno no solo significa marcar el territorio, sino que va más allá de eso: representa un aislamiento de los miembros de una sociedad y, por supuesto, un tremendo individualismo que amenaza con romper de una vez por todas con la comunión y la solidaridad naturales de la comunidad.

 

Y es que antes se vivía un ambiente de paz y respeto, todos podíamos cruzar las propiedades sin impedimento, bastaba con dirigir un saludo o una sonrisa.

 

En el caso de los terrenos baldíos, pisoteábamos todo aquel monte para que se secara y de tal manera hacer una brechita que nos hiciera el camino más corto de un lugar a otro, justo por ahí pasaba el pastor con su montón de chivos. Cuidado y no te fijabas bien porque pisabas la caquita de esos inocentes animalitos, esas bolitas que más parecía que lo mandaban hacer en molde.  ¿Quién no fue víctima, por lo menos una vez, de  pisar una caquita de chivo? Lo bueno es que ahí mismo, en el monteral, nos limpiábamos.

 

¿Cómo pasa el tiempo, verdad? Y, sinceramente, el tiempo no nos mueve, nosotros nos movemos con él. Nadie está exento de sufrir cambios, solo que me preocupa que estos cambios sean para destrucción y no para creación.

Vamo cortar camino

Alhelí Ruiz Fuentes

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