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Uno de los ejemplos más comunes de cómo se ha ido naturalizando la violencia en las redes sociales del internet es la cantidad de opiniones ofensivas, insidiosas y peyorativas que los usuarios vierten sobre toda información que es difundida en el espacio virtual.

 

Las redes sociales, Facebook y Twitter en el caso de nuestro país, se han ido convirtiendo en la primera oportunidad del desfogue del sentir visceral de la enorme mayoría de quienes las usan. Esto es el reflejo del nivel de opresión que el sistema ejerce sobre todas y todos nosotros y que no hemos definido cómo enfrentar y contrarrestar.

 

¿Cómo identificar que lo que se está ejerciendo en las redes sociales es violencia? De inicio, el comentario, post o información plasmada no propone, solo expone; cuestiona, pero no argumenta; las frases están conformadas de más adjetivos calificativos que de sustantivos o verbos, y, finalmente, al terminar de leerlas, no queda la satisfacción de haber aprendido algo, sino de más dudas y, por supuesto, sensación de rechazo y un entripado que dura días.

 

Una muestra gráfica de lo anterior son los popularísimos memes, es decir, las imágenes ya sea fotográficas o animadas que parodian alguna situación que en ese momento sea el tema de tendencia en las redes sociales y que muchas personas utilizan para expresar su opinión acerca del clima, la política, el arte o los nuevos zapatos que no se puede comprar.

 

Los memes, al ser una parodia, son de inicio una burda manera de expresión. La crítica ácida, razonada, pensada y profesional se hace a través de la caricatura política, que además es un género de opinión del periodismo. Los memes son basura y, en su mayoría, violentos; cualquiera los hace, cualquiera los comparte, y por lo general el 99 por ciento de estos gráficos ejerce violencia. No proponen nada, solo se mofan de algo o de alguien.

 

Las redes sociales son como el alcohol: no es que transformen a las personas, sino que son un detonador que potencializa el perfil de cada uno de los seres humanos y humanas con la facilidad de que permite interponer una barrera en tiempo y espacio en el proceso de comunicación.

 

Por ejemplo, si yo –varón, mujer, adolescente, anciana, quien sea- estoy en el recibidor de una oficina conversando con otra persona acerca de las malas decisiones de las autoridades de mi comunidad, difícilmente quienes vayan pasando o se encuentren cerca se van frente a mí a insultar mi postura, a cuestionar mis motivos, con gritos, manotazos, amenazas y demás agresiones.

 

En primer lugar, porque nadie se expone a parecer un enfermo mental por reaccionar así por nada que le incumba; en segundo lugar, porque se expone a que yo, mi acompañante o alguien más le propine una buena gritada o una agresión física para contrarrestar la agresión, y, por último, porque, con toda razón, el personal de seguridad o alguna autoridad policiaca podría detenerlo por agresiones en vía pública o en propiedad privada si solicito el apoyo policiaco porque me está agrediendo y ¡yo no!

 

El internet antepone esta conveniente barrera física que empodera la cobardía e ignorancia de quienes regularmente no tendrían acceso a un foro especializado o serio para opinar sobre cualquier asunto.

 

Esto que acabo de exponer es lo que leo a diario en los comentarios de cualquier post elegido al azar que exponga algún tema en el que se cuestionen los privilegios y el actuar inadecuado de algún sector o sistema. En mi caso y de mis compañeras feministas, la violencia naturalizada en las redes sociales en nuestra contra es una problemática que no cesa, por el contrario.

 

Y no somos las únicas, toda persona que cuestione -incluso con argumentos- el sistema que nos rige recibe a cambio violencia, cortesía del sistema patriarcal que oprime a quien no lo secunda o fortalece ciegamente.

 

Esto tenemos que frenarlo visibilizándolo. No sirve de nada alargar la confrontación respondiendo a la violencia con comentarios defensivos u ofensivos, porque lo único que se logra es alimentarla, y tampoco nos vamos a desgastar buscando personalmente a cada uno de los violentadores mediáticos para explicarles nuestros argumentos o pararlos en seco bajo advertencia de denuncia o cocotazo a puño limpio.

 

Ignorar la violencia tampoco dará resultado. Se calmarán por un momento, pero solo para recargar batería y continuar con los ataques, se trate de troles o personas reales. Lo que sí es un buen inicio es evidenciarlos, visibilizar la agresión, denunciar por la misma vía que la violencia vertida en las redes sociales no es natural, no es permisible, no debe tolerarse.

 

Lamentablemente, no existen acciones jurídicas que puedan contribuir a frenar con este tipo de violencia, y, aunque existieran, me atrevo a asegurar que la burocracia y la falta de sensibilidad en las y los servidores públicos obstaculizarían su denuncia y procuración de justicia, como en casi todos los casos en otro tipo de quejas por violencia.

 

El internet se está convirtiendo en el arma preferida del sistema patriarcal para seguir extendiendo su misión primordial: la opresión, y no podemos permitirlo. No es natural violentar a nadie, no es natural ser violentado. No es mínima ni inocua la violencia en cualquiera de sus tipos o modalidades.

 

Es necesario asumir la responsabilidad de frenar estos ataques en las redes sociales hacia quien sea y por lo que sea. Nadie está exento, pero sí tengo que subrayar que las mujeres siguen siendo las más violentadas, y los memes, por favor, por muy divertidos que parezcan, antes de compartirlos o festejarlos, analicen si solo son una imagen divertida o están violentando a alguien, a algún género, a una persona en específico, si no es discriminación disfrazada. Usemos un poco más el cerebro y el sentido común. Frenemos la violencia en las redes sociales.

La violencia en redes sociales no es natural ni permisible; asumamos la responsabilidad de frenarla

Cinthya Lorena Vasconcelos Moctezuma

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