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La lengua representa uno de los elementos identitarios más fuertes dentro de una comunidad. El uso de las formas lingüísticas con significados y significantes determinados en función del bagaje cultural al que se refieren refleja la vida y cosmovisión de un pueblo. Uno de los factores de colonización más eficientes que las expediciones españolas en América Latina utilizaron fue la suplantación de las lenguas indígenas -relegándolas al nivel de balbuceos o producciones folclóricas- por el idioma castellano (nótese mi distinción, intencional, colonializada para diferenciar entre lenguas e idiomas).

 

El proceso de evangelización que inició hace más de 500 años en nuestro subcontinente ha ido adoptando formas distintas de operación a través de dispositivos de dominación diversos, pero bajo la misma lógica y con un mismo fin: la homogeneización y el sometimiento culturales.

 

México es un espacio con una riqueza cultural enorme, pues, según datos del Inegi, hasta 2010, 6 millones 695 mil 228 personas mayores de 5 años hablaban por lo menos una lengua indígena; sin embargo, bajo la idea de Estado-Nación y demás categorías provenientes de los paradigmas sociopolíticos de Occidente, nuestro país ha tratado de ser reducido a un ente unitario con signos y símbolos absolutos en los que recaen su historia y su cultura (símbolos patrios e idioma castellano, por ejemplo) y, a la vez, silencia dicha pluralidad. De Oaxaca, ni hablar, pues es una de las entidades con mayor diversidad en lo referente a existencia de hablantes de alguna de estas lenguas, con 1 165 186.

 

La globalización es el dispositivo más sofisticado que el imaginario dominante occidental ha diseñado y con el que, actualmente, opera a nivel mundial. A partir del “derrumbe” de las fronteras ha implantado nuevas formas de control social que le han permitido continuar un proceso neocolonizador  que siga haciendo posible las relaciones de opresión que son parte constitutiva de su núcleo epistemológico.

 

A pesar de lo anterior, hoy en día, México sigue caracterizándose por ser una espacio geográfico heterogéneo en el que, aunque se trate de estandarizar a través de programas sociales gubernamentales, han sobrevivido –con dificultad, eso sí- distintas culturas tan divergentes entre sí.

La región del Istmo de Tehuantepec se conforma por una multiplicidad de pueblos con determinadas herencias precolombinas, de las cuales algunas lenguas, a pesar de todo, han sobrevivido ante la avasallante alienación cultural. Juchitán, Tehuantepec, Unión Hidalgo… son algunos de los poblados donde el zapoteco se resiste a ceder ante la embestida globalizada de las lenguas imperiales y logra convivir en una actualidad heterogénea.

 

Lamentablemente, Ixhuatán no resalta dentro de la categorización de los pueblos en donde la lengua de sus ancestros, también el zapoteco, juegue un papel central en la vida de sus pobladores. Si bien es cierto que aún hay personas con el conocimiento y manejo de esta lengua, sobre todo quienes superan el  medio siglo de vida, estos comienzan a ser residuos lingüísticos, que, de seguir así, será cuestión de tiempo para que se extingan completamente en el pueblo de hojas.

 

Los medios de comunicación, el cine de Hollywood, la mercadotecnia, el neoliberalismo, estos y otros factores institucionalizan los modelos aspiracionales de muchos jóvenes y niños ixhuatecos y de todo el país. Todos quieren estar en la Torre Eiffel, pero pocos conocen Guiengola a pesar de tenerlo tan cerca; muchos son seducidos por Louis Vuitton y Armani y dejan de lado los trajes regionales y las guayaberas, y ni se diga del I’m polyglot que no incluye, en lo absoluto, al zapoteco.

 

Desgraciadamente, y en términos generales, pertenezco a una generación desinteresada por la preservación y difusión del zapoteco en Ixhuatán. Nuestros planes de estudios a nivel básico, medio superior y superior están repletos de conceptos modernos que nos preparan para las exigencias del mercado laboral y reafirman la misión civilizatoria del imaginario dominante. ¿Qué estamos haciendo para evitar esta catástrofe?

 

Como sujeto interesado en lo que pasa con mi pueblo, alerto de la emergencia epistémico-lingüístico-cultural suicida que estamos promoviendo con nuestra omisión de este asunto. Veo la necesidad de generar políticas educativas que puedan incorporar la lengua zapoteca a la enseñanza de todos los niveles académicos en Ixhuatán, donde sí tenemos incidencia inmediata. Así como las lenguas extranjeras forman parte de nuestra ruta de estudio, es menester reevaluar el papel de la lengua de nuestros antepasados para contribuir a un proceso descolonizador y de reafirmación de identidades locales para no ser cómplices de este fenómeno.

 

Dirijo estas reflexiones tanto a las autoridades de gobierno como educativas, así como a la sociedad en general, para que consideren la pertinencia y relevancia de tomar acciones que promuevan la difusión académica y social del zapoteco en Ixhuatán y podamos así recuperar parte importante de nuestra identidad perdida. Debe entenderse nuestra constitución mestiza para no caer en radicalismos absurdos que nos lleven a creer que tenemos que despojarnos de nuestras herramientas lingüísticas actuales.

 

Si, desde preescolar hasta el bachillerato, incluimos académicamente esta lengua, tendremos una base cultural sólida al momento de emigrar para continuar con nuestra preparación y poder pensar críticamente la cultura, la política y la sociedad.

 

Me doy por servido si por lo menos una mente concuerda con mi planteamiento y espero que no sea necesario esperar hasta que el último hablante del zapoteco muera para tener conciencia de la emergencia de este problema.

Zapoteco a todas las instituciones de educación ixhuatecas

Michael Molina

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