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Tengo sed, poca paciencia, prisa, inquietud, ganas de comerme el mundo, hambre de revolución, nula tolerancia a injusticias, mucha energía para querer cambiar mi espacio, ansiedad… soy joven, pues. Quiero dedicar este escrito a una reflexión producto de un breve diálogo que tuve con el ixhuateco Adrián Morales poco tiempo atrás.

 

Cuando somos jóvenes no vemos más límites que el infinito, confiamos en que no hay muros que no caigan (a propósito de Kumamoto) y queremos ser nosotros quienes los derriben. Somos imprudentes con toda la intención y, en ocasiones, no sopesamos las consecuencias de nuestros actos con tal de alcanzar nuestros objetivos de libertad y justicia.

 

Me atrevo a pensar que toda acción que realizo contribuirá a mejorar mi entorno y el de quienes lo habitan. Por eso participo en esta plataforma. Pero ¿qué alcance puede tener escribir semanalmente, de manera individual, o cada día, a nivel colectivo? Quizá ninguno. Es más, ninguno. Las letras pueden deleitar por un momento a quien se encuentra con ellas, pero nada más. Difícilmente esa revolución con la que muchos soñamos pueda surgir de un espacio como este. Incluso llevar a cabo esta actividad puede denotar un estilo de vida pequeñoburguesa o sugerir que hay “activistas” de escritorio con MacBooks, iPhones o tablets que, después de “convocar a la revuelta”, bajan el telón y se van no solo a integrar, sino a construir ese monstruo rapaz que no en pocas ocasiones criticamos (sistema político, económico, social).

 

Y quizá no estemos muy lejanos a esta última descripción (si analizamos la concepción del pequeñoburgués contemporáneo, veremos que tal vez uno de los que integramos este equipo se escapa de ser encapsulado en él). Pero, así como hay burgueses oligarcas –la mayoría–, también hay burgueses demócratas –pocos, pero los hay–. Y desde nuestra contradictoria existencia podemos atrevernos a sobreponernos a ella y procurar mejorar nuestro pueblo.

 

Pero ¿quién soy yo para adjudicarme la tarea de tratar de mejorar Ixhuatán? Exacto: nadie. ¿Quién está a la expectativa de conocer nuestra postura sobre determinado tema que afecta a la comunidad? Más exacto aún: nadie. Pero para querer destruir un muro de problemas no se necesita pedir permiso ni autorización de cualquier tipo. Para exigir que la vieja historia que tiene temblando a nuestro municipio desde hace más de una década se venga abajo no precisamos de un visto bueno. Porque podemos darle sentido a esa vida contradictoria que tenemos. No para ser héroes ni alcaldes. No para pasar a la historia y que en lugar del reloj que suplantó a la carreta (terrible decisión, como bien lo apuntó aquí mismo Clemente Vargas) y que no sirve haya una placa con nuestros nombres. No. Ixhuatán se edifica entre todos y con tareas sincronizadas desde distintos ángulos. Desconfío de quien afirme tener una fórmula infalible para solucionar los problemas de nuestro poblado.

 

Reto nuestro es el de trascender la pantalla para aportar más que buenos versos –o muy malos–, como lo señaló un paisano de El Morro en el primer aniversario de este portal. De mi parte, toda la disposición. Vayámonos coordinando, pues, con una red de proyectos de todo tipo para formar un frente ciudadano capaz de mejorar Ixhuatán sin rencores.

 

Muchas gracias por tus palabras, pariente.

Tomada de www.kmarx.wordpress.com

Revolucionarios de escritorio

Michael Molina

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