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17/12/2015

 

“Tienes, ¡está jodido! No tienes, ¡también está jodido! Este tiempo está de la chingada porque no puedes progresar, ya que luego luego te están chingando”, me responden muchos contemporáneos a la hora de comentar con ellos la situación que se vive en Ixhuatán. Añoran aquellos años pacíficos del pueblo en que la violencia –que siempre la ha habido– era selectiva, es decir, se daba entre enemigos sin importar que fuera entre familiares. Tiempos en que solía dejarse la puerta de la casa atravesada con un palo de escoba y se podía encargar la vivienda a cualquier conocido. Época en que éramos muy pocos, por lo que había mucho que comer, tanto que la gente acostumbraba a regalar las primicias de sus cosechas y a compartir sus alimentos en tiempos de extrema necesidad y en enfermedad.

 

La semana que acaba de pasar, junto a dos magníficas noticias –el ingeniero Carlos Santiago Carrasco fue nombrado secretario general de gobierno del estado de Oaxaca y Javier Aquino Carmona y su club de futbol, Tigres, ganaron el título del futbol mexicano– me dejó esta mala: que hay ixhuatecos/as que se han ido a vivir a otro lugar y que varios más están pensando seriamente en hacerlo.

 

No cabe duda de que los tiempos que corren no son halagüeños, pero, aun así, ¿realmente estamos muy mal?

 

Sé que no es bueno compararse, pero a diario me entero de que en otros pueblos de nuestra región también se viven situaciones un poco o un mucho peores de las que vivimos en el pueblo. Qué digo en nuestra región, el mundo vive sumergido en una ola de violencia como nunca antes. Y no me estoy refiriendo solo a países en donde se libran guerras, se padecen epidemias y hambrunas. No. Hablo de países como EE.UU y Francia, en donde su población teme que de un momento a otro sea víctima de un atentado terrorista no obstante que sus gobiernos invierten mucho dinero en proveerles de seguridad. Allá no solo temen a los forasteros, sino a sus connacionales –y esto es lo peor del asunto­–, ya que ignoran en qué momento estos enarbolarán la causa terrorista o el de la venganza social por estar resentidos.

 

En el pueblo hoy día existe pesimismo respecto del futuro. No es solo la pobreza la que preocupa, sino principalmente la inseguridad. Impotente, la gente siente que la situación no solo no mejora, sino que cada día empeora. De ahí que la alegría que antaño los pobladores comenzaban a sentir tan pronto entraba diciembre no se le ha visto esta vez. Muy contados han sido quienes han pintado su casa para dar un buen recibimiento a familiares y amigos ausentes al tiempo que se preparaban para las fiestas de la Candelaria, que ya se le mira a la vuelta de la esquina; asimismo, son pocos los prestadores de servicios que creen que este fin de año vaya a ser una buena temporada, con lo que se desvanece en los comerciantes la esperanza de poder recuperarse después de que en el último semestre las ventas han estado por los suelos. Y eso que la inflación, según cifras de INEGI, es menor al 3 %.

 

A pesar de ya estar a mediados de mes, el pueblo luce triste, apagado, sin las luces multicolores en los arbolitos, el jardín o el frente de la casa; sin juventud en la calle más allá de las 9:00 de la noche. Sí se oyen cuetitos en algunas casas o esquinas, lo que a muchos asusta porque los confunden con balazos. Y, a pesar de que las invitaciones para bodas, cumpleaños, bautizos, XV años y otros eventos han sido giradas oportunamente a familiares y amigos, a la gente se le nota no con el entusiasmo que tales eventos habitualmente producen.

 

Aunado a lo anterior nos sigue golpeando el fenómeno de El Niño: sequía y, como consecuencia, muy escasas cosechas en campo y mar. El calor persiste y hay días que amenaza con llover y solo llovizna. El mango está muy atrasado según se dice, la jamaica ni siquiera floreció. Proliferan hormigas y comejenes, y las ardillas alarman a algunos que las culpan de que los frutales no florezcan.

 

Aquí vienen como de molde las profecías de la señora Carmen Orozco, profeta del pueblo. Ella dijo que con el paso del tiempo en Ixhuatán se verían cosas nunca vistas que llenarían de asombro y espanto a sus pobladores. Dijo, apoyándose en el Apocalipsis de la Biblia, que llegaría el día en que el mar dejaría de proveer de peces, que la tierra no produciría por la sequía y que el hambre se enseñorearía en el pueblo. Indicó también que los hijos se irían contra sus padres; que proliferarían las enfermedades, los vicios, la inmoralidad en el vivir, así como escasearía –si no es que se perdería por completo– el respeto entre los habitantes. Cuando, en febrero de 1959, vio terminarse la carretera de terracería que conectaba al pueblo con la carretera Panamericana, manifestó que era el principio del fin porque llegarían al pueblo forasteros a sonsacar a la gente y a depredar los recursos y a robarse la riqueza. La maldad, resumía, sentaría sus reales.

 

Devota de Dios, católica, la señora Carmen sugería que para que todas sus profecías no se cumplieran la gente debía enderezar su camino, es decir, portarse como Dios lo manda: amarse los unos a los otros. En esta parte de su discurso era cuando más de uno sonreía sin darle crédito de que fuera verdad lo que decía e incluso llegaban a dudar de que estuviera en sus cabales. ¡Qué culpa tenía la pobre de que los ixhuatecos fuéramos poco creyentes!

 

Hasta este tiempo hemos vivido explotando sin ton ni son la tierra, el río y el mar y hemos permitido que otros ajenos a nosotros lo hagan. Primero terminamos con el río, en donde es más fácil hallar lagartos en su desembocadura que peces. Casi al mismo tiempo deforestamos nuestros bosques al introducir monocultivos y abandonar lo que se venía haciendo: rotación de cultivos. Ahora nos hallamos abalanzados sobre el mar muerto de la Laguna Inferior y el mar vivo, en donde se arriesga la vida.

 

La mentalidad que en todo tiempo nos ha dominado es la de explotar sin acordarnos de que no son recursos infinitos los naturales. Otro error que viene junto con pegado es creer que el gobierno –del nivel que este sea– es a quien le corresponde llevar a cabo las obras para nuestro beneficio. Hemos permanecido indiferentes a la depredación de los huevos de tortugas al consumirlos en las fiestas como si ello no tuviera consecuencias. Otro tanto hemos hecho con las iguanas, armadillos y venados. A nadie –ni autoridades, mucho menos la población civil– le ha importado tamaño ecocidio. Cuando ha sido necesario nos hemos justificado diciendo lo que dice la vieja canción: “El hambre es canija, pero no hay canijo que la aguante”. O decimos este otro argumento: “Si no me lo como yo, algún otro se lo va a comer”.

 

Nuestras tierras, las que aún no están estériles, ya están bien contaminadas. Hemos visto pasar en el río Ostuta, indolentes, millones de metros cúbicos de agua rumbo al mar creyendo que todo el tiempo contaremos con dicho recurso. Hemos dejado azolvar todas las lagunas naturales que desde tiempos inmemoriales tuvimos en vez de habilitarlas con especies de peces para nuestro consumo.

 

Más que dinero para llevar a cabo proyectos que tengan como fin aprovechar nuestros cuerpos de agua dulce, se requiere un esfuerzo comunitario, grupos organizados en cooperativas y emprendedores dispuestos a apostar al futuro. De lo contrario, el desastre nos alcanzará tarde o temprano. Y nos pasará factura el cambio climático.

 

No solo hay que crear iguanarios y criar más ganado menor –borregos, cabras, cerdos, etcétera–, sino volver a las granjas de aves de corral para que cada familia sea autosuficiente en ese rubro. Cultivar hortalizas –volver al jitomate, chiles, frijol, pepinos y añadir yuca, camote y cacahuate–, que no requieren mucha extensión de terreno, aunque sí mucho trabajo, lo que de por sí en este clima tropical cuesta más hacer, qué diremos si no se es buen trabajador.

 

Igualmente, hay que cultivar otros frutales además del mango. Una huerta familiar es lo que se requiere, ya que entonces todos se autoemplearían en ella y el ocio –madre de todos los vicios, dijeron los antiguos– se combatiría al crear un círculo virtuoso, que los hay. Un pueblo que no piensa en proveerse de sus propios alimentos es un pueblo tonto o soberbio, que para el caso significa lo mismo.

 

Se invocan mil y una causas de por qué no son viables algunos de los proyectos arriba citados. El principal, quizá, sea que no existe un mercado o que existiendo este en las ciudades está dominado por las mafias y la corrupción. El obstáculo mayor, pienso, es nuestra mentalidad, que está desfasada de la realidad que vivimos.

Nos hemos acostumbrado a actuar solo si las circunstancias nos obligan a ello. No somos muy dados a anticiparnos a los acontecimientos no obstante que estamos enterados de que el desastre se está instalando incontenible en otras regiones que no cuentan con la riqueza increíble que nosotros tenemos. Tan es cierto lo que digo que todo cuanto cultivamos fructifica, muchas veces solo –tal y como nos gustaría que siempre fuera–, qué diremos si le agregamos el plus del trabajo continuo y la dedicación amorosa.

 

En lo que llevo de vida he visto a muchas personas que viven de manera humilde trabajando todos los días. Ello no solo los dota de buena salud física, sino también espiritual, ya que las mantiene sin las mezquinas ambiciones. Es admirable verlos cómo sostienen su hogar cultivando en pocos metros cuadrados ejotes, elotes, caña, plátanos diversos, limones, chile, epazote, ruda, jitomate, flores, calabazas, papaya y algunas otras frutas, las cuales son muy demandadas en la población.

 

A una anciana le vi sostenerse vendiendo jícaras de guie’chachi’ y jazmines en el mercado; a otra, plantas de limones, papause, papaya o cualquier otra. Las ha habido quienes se mantienen vendiendo leña, olotes, totomoste y cintas de palma.

 

En fin, los ejemplos son para ilustrar que con humilde trabajo cotidiano se consigue salir adelante, al tiempo que se ahuyenta a quienes por envidia, maldad o enfermedad mental prefieren no trabajar y buscan a la mala que otros los mantengan en niveles de vida onerosos. Y miren que no hablo de la inmensa mayoría de los políticos, ¿eh?

Tener y no tener: el dilema

Juan Henestroza Zárate

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